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lunes, 14 de noviembre de 2011

LA GÉNESIS


POR: ANACLETO GONZÁLEZ FLORES

El ojo penetrante de un observador profundo y conocedor de las leyes de la Historia, al percibir los nubarrones que obscurecieron el cielo de la Patria en los comienzos de la Revolución iniciada por Don Francisco I. Madero, pudo descubrir a través de la superficie de los hechos entonces desarrollados y de las cosas entonces sacudidas el fondo obscuro y aterrador de una tragedia que llevaría el temblor de la catástrofe a las leyes, a las instituciones y a todas partes. En efecto, todo estaba magníficamente preparado para un sacudimiento que lo había de conmover y ensangrentar todo: el poder público, el hogar, el templo, la escuela, en una palabra, todo.
Que ¿quién fue el obrero que realizó tan acertadamente la labor de preparación, el cíclope que con sus nervudos brazos acumuló en las entrañas del organismo nacional la fuerza explosiva que agrietaría las construcciones más sólidas y pasaría después, como oleada de fuego y de exterminio, sobre nuestros campos y ciudades?
La ceguera de algunos señala a los caudillos que alzaron la bandera de la rebelión; la miopía de otros la intervención de los católicos en la política; el odio sectario de no pocos la actuación del Clero y, la desorientación y casi todos, las ansias pujantes de libertad de las muchedumbres. La crítica serena, imparcial y profunda alza su mano sobre todos los prejuicios y sobre la estrechez de miras, vuelve su rostro hacia el pasado, germen fecundo e inagotable del presente y del porvenir, y con la majestad imperturbable de la verdad, que es luz y de la justicia, que algunas veces es galardón y que en este caso es anatema implacable, señala a un hombre, al viejo dictador y a su obra que fue un mausoleo gigantesco donde fueron sepultadas todas las libertades y donde juntamente con todos los rebajamientos y degradaciones, incubaron los gérmenes de una disolución que, al desbordarse sobre la superficie, nos ha llenado de estupor y asombro. Parece esto un sarcasmo y es indudablemente una paradoja, pero al mismo tiempo una realidad innegable. Augusto abrió con sus propias manos la tumba de todas las libertades del pueblo romano y más tarde los bárbaros danzaron en torno del coloso herido en la mitad del corazón por sus orgías y por su molicie. El viejo dictador apuntaló el edificio que levantó con su espada, con los despojos de la libertad profanada en todas sus manifestaciones y, a trueque de un progreso material que a muchos deslumbró y a no pocos hizo renunciar a las prerrogativas del hombre y del ciudadano, lo empujó todo hacia el abismo.
Los gobiernos ante todo necesitan prevenir y echar en las regiones del pensamiento y de las costumbres los cimientos sólidos del orden y de la paz; la dictadura, que siempre ofreció una ayuda decidida y entusiasta a todo lo que es corrupción de las costumbres y anarquía en el pensamiento, preparó la anarquía en todos los órdenes y consiguientemente la hecatombe que acabamos de presenciar. De aquí que los que habían sabido ahondar en el andamiaje de la dictadura y llegaron a convencerse de que tarde o temprano haría erupción el volcán de apetitos, de pasiones, de odios y de errores sobre que reposaba el régimen dictatorial, pudieron muy bien comprender que la cuestión política y electoral de 1910, tendría que ser muy poco después una cuestión más trascendental, más profunda y que abarcaría en su conjunto todas las cuestiones que pesan sobre nosotros. Así se explica que bien pronto haya sido planteada la cuestión religiosa en una forma sangrienta, brutal, espantosa, en pocas palabras, en la forma que fue planteada en la revolución francesa: la persecución.
D. Francisco I. Madero llegó a hablar muy seriamente, al parecer, de la derogación de las Leyes de Reforma, que fueron un yugo que el liberalismo hacía pesar sobre la libertad de conciencia; pero seguramente se trataba de un recurso y nada más. Y es muy posible que el resurgimiento de los católicos en política hubiera llevado al vencedor de Díaz, hasta empuñar la espada del perseguidor. Sea de esto lo que fuere, lo incuestionable es que so pretexto de que el Clero y los católicos prestaron su apoyo a Huerta, el movimiento constitucionalista hizo formal juramento de perseguir de un modo ciego e implacable a la Iglesia Mexicana. Que este propósito existía lo demuestra, además de la persecución y destierro de sacerdotes y la clausura de templos en toda la República, el aplauso unánime, entusiasta con que recibieron los convencionistas de Aguascalientes el discurso que pronunció el general Antonio I. Villarreal después de jurar la bandera en la sesión del día catorce de octubre de 1914. “Aniquilados nuestros tres enemigos: el privilegio, el clericalismo y el militarismo, podremos entrar de lleno en el período constitucional que todos anhelamos”. Esta amenaza, que es un programa de persecución desarrollado en todo el país, fue aplaudido estruendosamente por todos los militares que asistieron a la Convención de Aguascalientes y revela muy claramente que la revolución constitucionalista fue y es antirreligiosa. Es verdad que se ha querido esgrimir como arma de defensa el argumento gastado de que el Clero y la Religión son cosas perfectamente distintas y el de que se ha querido perseguir a los sacerdotes y no la libertad de cultos. Este argumento fue el arma que esgrimió, sobre todo en la ciudad de Guadalajara, el Boletín Militar, hoja periódica pésimamente escrita y que fue el portavoz de las ideas revolucionarias por espacio de algún tiempo. Sin embargo, la Constitución de 1917, monumento de estulticia jurídica, política y social y código en que condensaron los revolucionarios sus ansias y sus aspiraciones, se alza delante de nosotros como una prueba irrefutable de las tendencias antirreligiosas del constitucionalismo.
Y hay que convenir en que la consigna, en que el programa de persecución implacable, tal como lo formuló Villarreal en la Convención, fue realizado con verdadero lujo de crueldad y de barbarie. Ya con alguna anterioridad a la celebración de la Asamblea que se reunió en Aguascalientes y donde fueron a chocar estrepitosamente las ruines y feroces ambiciones d los caudillos, Villarreal había expedido un decreto en que ordenó la expulsión de los sacerdotes, la clausura de los templos y la prohibición de la confesión sacramental. Y en el manifiesto publicado por Carranza para contestar a Villa, cuando éste se separó del Constitucionalismo, el entonces Primer Jefe transcribe una felicitación que el mencionado Villa le dirigió a Villarreal por el decreto de persecución. El mismo Carranza al contestar los cargos que se le hacen por haber permitido a los jefes principales la persecución, no desmiente esto categóricamente y se limita a afirmar que Villa no se halla limpio de la mancha de perseguidor.
La persecución religiosa, por más que en apariencia reconoce otras causas, arranca, como de su verdadera y genuina raíz, no de este o aquél hecho aislado y que en todo caso no reviste más que el carácter de pretexto; sino de la enorme dosis de laicismo que la dictadura inyectó en el cuerpo de la patria esclavizada y escarnecida. Se trabajó con una tenacidad digna de una noble y santa causa en arrancar de lo íntimo, de las entrañas de la sociedad las tesis salvadoras del Evangelio, en arraigar en lo profundo del alma del pueblo los principios demoledores del positivismo enseñado y sostenido en la cátedra, en la prensa, en la apoteosis de los maestros y en los espectáculos públicos. Y así se formó una generación que por instinto, por un impulso espontáneo, ciego y pujante ha tenido, primero, que hacer oír el célebre grito del jacobinismo agudo y devorador que pronunció Gambetta: “El clericalismo, he ahí el enemigo”; y después que ir a descargar sus iras sobre el altar, sobre el templo, sobre el dogma y sobre el sacerdote. ¿Que se quiere, que se desea respetar todos los cultos? Sí, todos, menos el Católico, menos lo que es la verdadera religión en nuestro país, lo que puede despertar muy vivamente los odios de la generación laica amamantada por la dictadura.
Por tanto, si la revolución maderista, de cuestión política tuvo que transformarse en sacudimiento social profundo que aún no termina y que cuando mucho solamente nos dará una tregua, y vino a plantear un problema religioso amplio, trascendental y de carácter jurídico o legal, no es porque hayan aparecido en la escena estos o aquellos hombres o este o aquel partido; sino porque la lógica de los hechos, incontenible, ciega, inexorable ha seguido su camino y ha llegado por ahora a una de las escarpaduras que se hallan en la pendiente por donde empezamos a caer; ya llegaremos, si antes no se tuerce el curso de los acontecimientos bajo el influjo de laProvidencia y del esfuerzo de los hombres de acción, a dar de cara en lo más hondo del abismo. Preciso es, pues, convenir en que la explosión de odios que ha agrietado el edificio y que nos ha sorprendido y después nos ha azotado y herido, tuvo su punto de partida en la trabazón poco perceptible, pero real, innegable de los hechos, pues ante esa corriente que se desborda y se precipita y lo inunda todo, un hombre es un accidente, un factor que bien puede desaparecer sin que lo sustancial de las cosas se modifique; un partido es una fuerza que puede revestir una forma cualquiera; un sistema, una fórmula que sin el conjunto de los acontecimientos carecerá de sentido. Fue Bossuet, uno de los primeros oradores de Francia, quien afirmó que el hombre se agita y Dios lo conduce; ante el cuadro de nuestros desastres y el punto obscuro de donde han arrancado y han tomado sus ímpetus, se puede afirmar que el hombre se revuelve y los hechos lo arrastran. Con esto no se pretende suprimir la responsabilidad humana reconocida siempre por la Historia y consecuencia natural de la libertad del hombre, sino que se desea muy vivamente orientar los espíritus hacia el rumbo por donde es posible descubrir las hondas y ocultas raíces de nuestros males políticos y sociales, y señalar o hacer presentir siquiera el remedio supremo de esa enfermedad vieja, rebelde e ignorada, pues nuestros estadistas han preferido tener a sus pies el alma envilecida del esclavo a encontrarse frente al gesto imperturbable de Catón.
Por tanto, tengamos el valor y la serenidad suficiente para confesar que detrás de esta catástrofe que nos ha herido con el vértigo del abismo se halla un sistema, una serie de ideas, un pensamiento y sobre todo un hecho o conjunto de hechos: la dictadura, con la significación honda y fuerte que tiene esta palabra y con las consecuencias que hoy nos hacen abrir los ojos sobre la ruina que se interpone a nuestro paso, y que nos habla de un pasado de ignominia y de un porvenir incierto, pavoroso, pero que puede entrar bajo el dominio de nuestro brazo conquistador.

lunes, 19 de septiembre de 2011

ANACLETO, LA CAUSA ES PRIMERO



Anacleto Gonzalez Flores
Cuando la persecución se hizo más enconada, aquel esposo y padre cariñoso se vio precisado a visitar su hogar  sólo de vez en cuando. Tal vez sentía su corazón traspasado por el dolor, pero su ideal, como el de todos los grandes hombres, la causa era primero.
Presintiendo su muerte, y unos días antes, asistió por última vez a su hogar. Parecía despedirse de los seres más queridos, les arrulló y les cantó su oración:
“La Virgen María es nuestra protectora,
con tal defensora no hay nada que temer,
vence al mundo, demonio y carne,
guerra, guerra contra Lucifer”

Su hijo mayor, al recibir el Pan de los Ángeles por primera vez, le envía un saludo, ferviente, humano y sincero:
“Muy querido papacito:
Te escribo para decirte que hoy hice mi Primera Comunión. El Niño Jesús me dijo que tú mandabas un abrazo y un beso.
Yo te mandé con Él muchas gracias, mamacita y Rulito que te saludan. Hace un año que te fuiste, ahora yo te digo y me dices:
“Muchos días de éstos”
Le pedí a Cristo Rey que se hagan buenos los que te dieron los balazos y le prometí ser “hombre” como tú. 
Salúdame a mi madre del cielo y a mi tío Me (Salomé) y a todos, que ya no llore mi mamá, danos la bendición.
Tu hijo Ancleto de Jesús”. 

sábado, 23 de julio de 2011

¡VENID A VER COMO MUEREN LOS CRISTIANOS!


El Pbro. Gumersindo Sedano y Placencia, párroco de La Punta, población del estado de Jalisco perteneciente a la Diócesis de Colima, iba a hacerse cargo de una Capellanía Castrense en las fuerzas Cristeras del General Dionisio Eduardo Ochoa que operaban en Colima, yendo acompañado de los demás jóvenes que morirían con él, quienes marchaban a unirse con los Libertadores. Delatado por una pordisera fue encarcelado, y en la prisión respondió al jefe de los verdugos que le ordenaba se callara y le llamó bellaco:
“¿Callar?…Mientras tenga un átomo de vida no dejaré de gritar. ¡VIVA CRISTO REY!… Los católicos no somos bellacos: usted mismo lo sabe. Si mis compañeros de prisión no hicieron fuego al ser arrestados, fue porque no tenían armas; dénselas a estos Cruzados y veréis si son bellacos o héroes. Vosotros sóis bellacos y cobardes.  Podéis matarme como queráis. ¡VIVA CRISTO REY!”
Al ser conducido a la estación de la población para asesinarlo, el sacerdote iba gritando con todas sus fuerzas a los transeúntes. ¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE! ¡Venid a ver como mueren los Cristianos! Y cantaba: “Corazón Santo: Tú reinarás; México tuyo siempre será”. En la estación fueron fusilados primero PEDRO TREJO, EDUARDO UGALDE y los otros tres Cristeros, colgándose luego sus cadáveres de unos árboles que allí había. El sacerdote se dirigió entonces a los católicos que tristemente presenciaban la matanza sin poder impedirla:
“Hermanos: la muerte no es lo que me arredra y atormenta, supuesto que dentro de breves momentos estaré gozando de Aquel en quien siempre he esperado y a quién siempre he servido con todas mis fuerzas en el Santo ministerio sacerdotal; lo que me arredra y atormenta es el temor de que no vaya  a ser un verdadero mártir, es decir un verdadero soldado que sepa desprenderse de esta vida mortal y perecedera. Mi delito no es otro, lo confieso, sino ser del número de los que en esta vida son los encargados de llevar las almas a Cristo nuestro Redentor. Mas tengo la satisfacción de haber cumplido mi deber hasta los últimos momentos  en que Dios me va a llamar a su tribunal sagrado, en donde tengo que dar cuenta de todos y cada uno de los fieles que me han sido confiados en mi Parroquia. Espero en la infinita misericordia de Dios que sabe perdonar y olvidar las ofensas de sus hijos, y que sabe absolver a los que se entregan en sus manos. No os pido otra cosa sino que siempre confeséis a Cristo en todo lugar y en todo momento: “Todo lo podemos en Aquel que nos conforta”, como dice el Espíritu Santo. Animo hermanos, y si sabéis luchar hasta el fin, nos veremos en el Cielo… Ya terminé Capitán”.
Este ordenó al mártir que se descalzara y le fueran desolladas las plantas de los pies, se le intentó ahorcar dos veces, desgajándose otras tantas la rama de que se le suspendió; entonces, apoyando su cuerpo en una grieta del árbol al que se le colgaba, se le volvió a  ahorcar y se le hizo blanco para ejercitarse al tiro sus asesinos, quienes pusieron este letrero en el cuerpo inerte del sacerdote:
“ESTE ES EL CURA SEDANO”

miércoles, 13 de julio de 2011

“MIS CONFIDENCIAS AL HÉROE DESCONOCIDO”


En realidad no te conocen, nunca se habla de tus proezas, ni se nombran tus hazañas. No has figurado en esa pléyade de nombres grandes, heroicos que valerosamente supieron dar su vida por Cristo, y que se llaman mártires.
Has permanecido oculto, no te conocen, no saben que fuiste un héroe. No es justo, pues, que quedes en el olvido, quiero que seas conocido, no por ostentación ni vanidad, sino para que Dios sea glorificado y su Iglesia, hoy tan perseguida, sea exaltada y colocarte a la vez , en el lugar que a ti te corresponde.
No saben que fuiste un héroe, porque ignoran que fuiste uno de los primeros luchadores; que cuando la Iglesia estaba amenazada y perseguida por sus ingratos hijos; cuando ya Dios se había ausentado de los Sagrarios, y las lámparas de los templos se apagaron y no tenían ya vida; cuando las multitudes agobiadas por el sufrimiento con los ojos llenos de lágrimas buscaban como la esposa lo cantares al Dios ausente; cuando la confusión reinaba en los hogares y corazones de los Católicos estaban poseídos de infinita amargura, entonces tú lleno de santa indignación, dijiste: “yo iré a defender a Cristo y a su Iglesia, ofrendaré mi vida por conquistar nuestras libertades, y sabré cumplir con mi deber como cristiano, aunque para eso tenga que sacrificar lo más querido y grande para mí en la tierra”; y sin pensar que dejabas a la esposa amada, y a los hijos queridos, te lanzaste al campo de batalla, empuñaste el arma y te fuiste a engrosar el núcleo luchador, y henchido de amor santo, al incorporarte en las filas, el primer saludo que diste, ritual entre vosotros, fue el ¡VIVA CRISTO REY!
Entonces cual león rugiente te abalanzaste sobre tu presa, combatiendo tres días muy cerca del pueblo que te vió nacer. Allí, derramaste las primeras gotas de tu sangre. He aquí el triunfo. Fueron las primicias que dieras al Divino perseguido. Tu esposa y tus hijos cuando tuvimos conocimiento de que ya tu cuerpo tenía cicatrices, lloramos de ternura y de orgullo santo. ¡Cuánto sufriste entonces!, y el cielo es testigo de que nosotros no sufrimos menos.
Combatiste en varios puntos de Michoacán y Jalisco, sufriendo además de la persecución constante del enemigo, hambres, falta de ropa… Fuiste removido a una región tropical, cuyos desiertos se asemejan a los del Sahara. Era la arena tan candente que tus pies al pisarla se quemaban. Largos dos años luchaste con denuedo, siendo tu martirio más grande que el de los Mártires del Circo Romano, porque el de ellos consistía en unas cuantas horas y el tuyo fue muy prolongado. Pero nada te hizo desistir, ni ofrecimientos pingües, ni las lágrimas de tu esposa, ni los sollozos de tus hijos.
“No puedo -decías, con frases que en nuestro corazón quedarían grabadas-, dejar de considerar el sufrir de los seres que amo; pero hay una cosa más grande que supera ese amor y es Cristo, por quien lucho y por quien he dejado cuanto poseía”. No tuviste más que un ideal: vencer o morir. “De no ser, -decías- como lo hemos pretendido, que Dios me quite la existencia”. Y así fue: como no se consiguió lo que deseabas, oyó Dios tu plegaria, y por permisión de Él fuiste removido al lugar donde los ángeles te esperaban con tu palma y tu corona. Ya habías cumplido tu misión, ya habías dado pruebas de hombre y de cristiano; si no obtuviste tus deseos, la culpa no fue tuya. Ya habías terminado y ¡oh designios de Dios! precisamente al ofrecer el sacerdote la Víctima del Holocausto, en esos mismos momentos tu cuerpo hizo blanco a las balas enemigas, y al pie del Sacrificio del Altar, tú también ofreciste tu vida y diste tu sangre. Tu cuerpo, pues, cayó sin vida sobre el frío pavimento en un lago de sangre. Ya habías dejado escritas tus instrucciones, y como no tenías herencia que legarnos, nos dejaste bellísimos consejos que en nuestro corazón quedarán grabados con caracteres de oro y jamás se borrarán.
¡Sangre bendita! Yo quisiera cubrir de besos la tierra que te sostuvo. Moriste tan pobre, que aún en ésto imitaste a tu Divino Maestro y como Él, no tuviste en los instantes supremos dónde reclinar tu cabeza. Ahora yo quiero preguntarte: ¿Que el sacrificio tuyo y de millares de mártires será estéril? ¿No ves cómo la Iglesia se halla nuevamente encadenada y sus ministros perseguidos con más furia? ¿No sabes que quieren extinguir el nombre de Aquel por quien moriste? ¿No sabes que quieren corromper el corazón del niño evitando ya que en las escuelas se pronuncie el nombre de Dios? ¿No te acuerdas que tus hijos también son niños? Levántate, pues, y anda al solio donde se halla la Divina Esencia, preséntale tus llagas que aún chorrean de sangre y dile: que la tome para que con ella inyecte a los hombres para que vigorizados con ella, sepan defender sus derechos, tengan valor para aprestar a la lucha y vayan también sin miedo, sin cobardía al campo de batalla. No olvides a tus hijos, también hostilizados por los mismos tuyos. ¡Quién lo creyera! Vela por ellos, pues por sus venas también corre sangre guerrera, y mañana, cuando el clarín llame a la lucha, cuando las huestes del Divino Maestro se apresten a la defensa, también ellos, tus hijos, seguirán tu ejemplo y saldrán a la defensa de su Dios y de su Patria. No te olvides, como lo ofreciste, de pedir por todos los que nos hicieran bien, para todos, un lugar en la gloria.
+María Trinidad Martínez Viuda de Fernández, habiendo dirigido estas palabras a su esposo +José María Fernández muerto en campaña.  (aquí)
Epístola que fue publicada en el número del semanario católico La Palabra correspondiente al 18 de Octubre de 1931.

sábado, 29 de enero de 2011

¡No digas hijo, no digas!

"Un 29 de enero cerca de Guadalajara, Jalisco; un niño de doce años fue cogido porque andaba repartiendo hojitas del boicot. Pregúntanle quién se las han dado; pero no le sacan palabra. Le amenazan con azotes y con la muerte; pero no cede. Azótanle de veras, y el niño no profiere sino gemidos de dolor. Esperan con plan diabólico, a que su pobre madre, que le busca desolada, vaya a ver si está en la cárcel. Llega, en efecto, la infeliz mujer con alimento para su hijito. Allí delante de ella azotan cruelmente al valeroso niño; pero la madre como la de los Macabeos, lo alienta a cumplir con su deber, repitiéndole entre sollozos: ¡NO DIGAS, HIJO, NO DIGAS! Acometidos de rabia infernal los sayones al verse vencidos por una mujer y un niño, quiebran los brazos al héroe de doce años, que de resultas murió". Pbro. Nicolás Marín Neguerela

viernes, 19 de noviembre de 2010

Armando J. Ayala,miembro del “Círculo Jaime Balmes”, Grupo Local de la ACJM , de la población de Coyoacán, de la Jefatura Local de la LNDLR, en el mismo lugar,y del Ejército Nacional Libertador, siendo clarín de órdenes del General Enrique Gorostieta Velarde, entonces Jefe de ese Ejército en el Estado de Jalisco, muerto en combate en Palmira, lugar del Estado de Zacatecas el 17 de Noviembre de 1927.

sábado, 13 de noviembre de 2010

¡NON OMNIS MORIAR! ANTONIO ACUÑA RODRIGUEZ

Rancho “El Cedrito” en el estado de Coahuila, un frío amanecer del 13 de enero de 1927. Antonio Acuña y su asistente, un joven de nombre Teodoro Segovia, van a ser fusilados por manos de soldados federales. ¿El motivo? Se trata de dos jóvenes cristeros, defensores de la causa de Cristo Rey en México, caídos prisioneros.

Antonio cuenta sólo con 20 años de edad y es uno de aquellos generosos muchachos como José Sánchez del Río, Tomás de la Mora, Zenaida Llerenas, Salvador Vargas, José Valencia Gallardo o Manuel Bonilla, entre otros muchos, que son auténticos héroes y orgullo de la Patria, porque les tocó vivir una etapa histórica especialmente difícil y ellos respondieron con una altura de ánimo admirable, ya que no dudaron en sacrificar sus vidas en aras de los más nobles ideales que puede proteger un ser humano, la defensa de la libertad religiosa y el honor debido sólo a Dios.

Antonio Acuña Rodríguez era un joven coahuilense que vivía en la capital, Saltillo. Para todos sus conocidos se trataba de un muchacho ejemplar, afable y lleno de vitalidad. Era muy querido por sus amigos y por los adultos, pues todos admiraban su noble comportamiento en el que destacaban varias virtudes, como la nobleza de carácter, la valentía y la fidelidad a la palabra dada.

El secreto de Antonio consistía en que desde muy joven se había afiliado a la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), de la cual había abrazado sus altos ideales, ya que dicha organización buscaba la formación varonil y cristiana de los jóvenes mexicanos al servicio de la Patria.

Desde los tiempos de la revolución de Carranza, 1914 y en adelante, la tempestad de la persecución religiosa se había abatido sobre México. Los sacerdotes y los católicos se veían penalizados en el sagrado derecho de su libertad religiosa por ciertas leyes gubernamentales. La constitución de 1917, promulgada en Querétaro, se mostraba abiertamente hostil contra la Iglesia católica y la libertad religiosa de los ciudadanos, que es un derecho humano primario.

Para colmo, desde que entrara a la presidencia, en 1924, el gobierno persecutor de Plutarco Elías Calles se había hecho oídos sordos al diálogo y con su intransigencia logró exasperar los ánimos de la buena gente, provocando con su irresponsable actuación el levantamiento popular de los católicos en defensa de la Patria y de sus valores más sagrados.

Los alzamientos populares comenzaron a mediados de 1926 en diversas zonas rurales de los estados centrales de Jalisco, Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas, Michoacán, y rápidamente los ecos llegaron también a las regiones del norte del país. Como muchos otros jóvenes coahuilenses, Antonio se estremeció de indignación al saber que el ejército federal se lanzaba contra los defensores de la causa de Cristo Rey. ¡No, él no podía quedarse con los brazos cruzados cuando en torno a él aumentaban las profanaciones de los templos, los sacrilegios y se dilataba la violenta persecución que amenazaba segar la fuente del valor cristiano en los pechos de los buenos creyentes de todas las edades!

El patrimonio histórico de una nación

La memoria histórica de una nación es un componente esencial de su identidad y un elemento que ayuda a explicar mejor el presente. Quien se olvida de la memoria histórica, o peor aún, quien desea cancelarla se ve en el difícil dilema de vivir en el presente sin saber interpretarlo.

Pretender borrar la historia –ciertamente algo peor es deformarla o manipularla alevosamente– significa el rechazo a juzgar la actualidad con la experiencia de los hechos pasados para olvidar los errores cometidos, o no preocuparse de conocer los ejemplos de personajes históricos dignos de reconocimiento.

Por el contrario, recuperar y valorar la memoria histórica de la nación es un modo de imbuirse en el pasado, mas no con la vana ilusión de reproducirlo anacrónicamente, sino para aportar enseñanzas valiosas que sirvan para iluminar el presente y el porvenir que se debe construir. Es la verdad de los hechos históricos junto con las enseñanzas obtenidas, la luz que ilumina los pasos de una nación y de su porvenir.

En este sentido, los hechos históricos de la Cristiada son todavía poco conocidos en el México moderno, pero hay que advertir que con frecuencia han sido silenciados deliberadamente, y otro tanto manipulados para ocultar la verdad. Pero los nombres de los héroes y de los mártires están ahí y no pueden ser silenciados o ignorados. Por eso es muy oportuno rescatar su memoria del olvido para conocer lo que hicieron y para sacar lecciones civilizadoras que puedan motivar a las jóvenes generaciones.


Dios es primero

Ante la vista de los atropellos que se cometían, Antonio comprendió que había llegado el momento de actuar. ¿Por qué, si no para esa ocasión, se había estado alimentando to-dos los días desde chico, cuando hizo su primera comunión con el Pan eucarístico? ¿Qué era lo que había aprendido como entusiasta miembro de la ACJM, sino que es preciso defender el honor de Dios antes que claudicar delante de los hombres?

El año 1926 tocaba a su fin cuando Acuña, al igual que otros jóvenes de corazón generoso, se alistó en la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, dispuesto a afrontar los sacrificios que esto le supusiera. Desde el inicio su entusiasmo, su deseo de servir a los compañeros de ideal, su valor sereno y su ejemplo bastante conocido en la sociedad saltillense, le designaban para un puesto de mando en el estado mayor de la Liga. Así fue; pronto resultó nombrado delegado por Saltillo, a pesar de su juventud, y se entregó con todas sus energías a desarrollar las actividades pacíficas, que primero ensayó la Liga, pero que no quedaban exentas de peligros para su misma persona, en caso de ser descubierto como miembro de la LDLR.

Antonio soñaba con estudiar en la universidad para capacitarse entre los mejores y poder adquirir un título profesional, que el día de mañana le permitiera ser un hombre de provecho en la sociedad. Pero las circunstancias difíciles que le tocaban vivir y los deberes sagrados con Dios y con la Patria estaban en primer lugar que sus intereses personales, así que no dudó cuando tuvo que elegir. Sabía muy bien todo lo que arriesgaba, pues su activa filiación católica en aquella Liga sería más tarde quizá un obstáculo para terminar su carrera y alcanzar las metas que se había propuesto. Claro, todo esto suponiendo que saliera con vida de la empresa en que se había metido.

Mas ahora no importaba eso delante del deber imperioso de salir en defensa de Cristo Rey y de la Iglesia que veía sus derechos ultrajados en aquel pobre México sometido a la prueba por sus perseguidores. Ese era el presente y ese era el reto y noble ideal por el que apostaría generoso sus veinte años cargados de vitalidad. Pero, ¿y si moría? Pues él estaba dispuesto a dejar la vida sirviendo a la Patria, quien tiene el derecho de esperar que sus mejores hijos la sirvan, poniendo en el empeño los dones de inteligencia y de corazón que Dios les da.

Los jóvenes mexicanos de aquella generación no dudaron en dar su vida para hacerla progresar en la verdad y darle a México un nombre entre las demás naciones libres de la tierra. En cambio, ¡cuántos jóvenes y adultos vagan hoy sin esperanza, sin ideales altos, sin ley ni amor a Dios, cuyo santo temor es el principio de una vida recta y feliz! Hoy parece que los mercenarios del alma, gentes sin escrúpulos ni valores morales, se los arrebatan y les hablan de falsas libertades, les aturden los oídos con derechos inexistentes y contrarios a la naturaleza humana.

Antonio no deseaba morir para servir de ejemplo a las futuras generaciones de jóvenes, ni para que se hablara de él con admiración o tal vez con recelo. Nada de esto le importaba. Él quería sencillamente ofrendar su juventud por Cristo, acudiendo a la llamada de la Patria que estaba siendo vejada y deshonrada en su misma alma católica, en la que radica la esencia de su misma identidad mexicana. Si moría por defender los derechos sagrados de la libertad religiosa de las personas, entonces lo hacía basándose en el ideal puro en su mente y por un fuego de amor que ardía en su corazón. Para ello se había enlistado en la LDRL.

El Ejército liberador de Cristo Rey
Las actividades de resistencia pacífica de la Liga, como el boicot que organizaron contra la compra de los artículos de consumo producidos por el Estado no prosperaron, pues salvo en Jalisco y en algunas regiones del centro, en el resto del país no encontraron la misma resonancia civil. Mientras 1926 llegaba a su fin, la persecución religiosa en México aumentaba de tono. Los asaltos a los templos y parroquias por parte de grupos comunistas denominados “camisas rojas”, las vejaciones y también los asesinatos de católicos, se multiplicaban en diversos puntos de la geografía nacional.

Estaba al orden del día la expulsión fuera del territorio nacional de sacerdotes y de obispos, por el mínimo pretexto. El gobierno de Calles creía que gozaba de total impunidad y libertad para imponer por la fuerza sus leyes inicuas en una nación que veía cómo le pisoteaban sus derechos más sagrados.

También el episcopado mexicano había actuado, pero para ordenar el 31 de julio de 1926 el cese temporal del culto religioso y el consecuente cierre de los templos, iglesias y oratorios de todo el país; lo hacían con el fin de proteger a los sacerdotes que vivían perseguidos y para evitar los actos sacrílegos en los lugares sagrados. Los sagrarios de los templos e iglesias quedaron entonces vacíos y en muchos de ellos la gente había puesto carteles con la leyenda “NO ESTÁ AQUÍ”.

Fue entonces que los buenos católicos no pudieron permanecer más tiempo impasibles ante la vista de tantos desastres e injusticias, y, comenzando por el centro, se levantaron los primeros núcleos de defensores que tomaron las armas para hacer valer sus derechos sagrados. Eran hombres y jóvenes, campesinos en su mayoría, tal vez mal vestidos y pobres de caballos, de armamento y de otros bienes materiales indispensables, pero riquísimos en los más nobles sentimientos de amor a Jesucristo, a la Virgen de Guadalupe, a la Iglesia y al Papa, y llegarían a formar el Ejército Libertador de Cristo Rey.

Antonio Acuña no tardó en alistarse dentro de sus filas, en su tierra natal. Siempre había sido un valiente muchacho y ahora ya era un soldado de Cristo Rey. Por su resolución y su valor, desde el primer momento se colocó al frente de uno de aquellos núcleos, y también se esforzó por reclutar a más defensores. Los jefes de la Liga admiraban el valor y la decisión del joven Acuña, de manera que le dieron el grado de mayor, en el incipiente ejército libertador.

Soldado de Cristo Rey

Como soldado de Cristo Rey su trayectoria resultó muy breve. En Coahuila eran pocos los núcleos alzados en armas y por este motivo, la resistencia fue menor que en otros lugares de México. En realidad hay muy pocos datos acerca de las actividades de estos jóvenes cristeros saltillenses. El caso es que Antonio cayó prisionero, junto con su asistente, Teodoro Segovia, a inicios de 1927. Se les condujo ante las autoridades militares y se decretó la pena máxima contra ellos, y esta disposición debería llevarse a cabo en la mayor brevedad posible, sin previo juicio y sin la posibilidad de la intervención de algún abogado a su favor. Los soldados federales que recibieron la orden sintieron una profunda pena por tener que fusilar a un joven tan amable, tan atractivo por su gentileza y su bondad de corazón, además de tan valiente y conocido en la sociedad.

Alguno le rogó que tuviera consideración de su propia juventud y de su futuro, que se truncaba de modo tan triste; que pensara en los miembros de su familia, en sus amigos. Le prometieron que si renunciaba a la defensa cristera y se unía a los federales, le perdonarían la vida y que hasta podría conservar su mismo grado militar en el ejército. Pero a los ojos y oídos de Antonio todo aquello equivalía únicamente a traicionar a Cristo y la santa causa que defendía, por la que estaba dispuesto a sacrificar su misma vida.

—¡Morir! No crean que eso me apena. Moriré en la tierra, pero viviré eternamente en el cielo con Cristo Rey, a quien he querido servir siempre. ¡Soldados, cumplid con este encargo! También ustedes son católicos y dan muerte a un hermano en la fe. No los culpo, porque sirven al ejército nacional y obedecen las órdenes de sus jefes. Adelante pues, que los perdono de corazón.

Así fue como Antonio y su asistente Teodoro Segovia, dos jóvenes valientes, cayeron fusilados en el rancho llamado “El Cedrito”, en un triste amanecer del 13 de enero de 1927.





¡NON OMNIS MORIAR!

Aquel gallardo joven de veinte abriles,
encanto y esperanza de un noble hogar,
al sentirse hecho blanco de los fusiles,
afirmó sus hermosos rasgos viriles
y miró a sus verdugos sin pestañear.

"Soldados" -Dijo luego con voz entera-:
"Es mi última palabra... voy a morir...
pero no muero todo, Cristo me espera...
ya, teñida en mi sangre, ved su bandera
flotar sobre la Patria y el Porvenir...
En México sus iras vuelca el Infierno,
el tirano se encumbra, gime la ley.
Y yo muero... no importa...Cristo es eterno...
Ustedes son soldados de un mal gobierno,
pero yo soy soldado de Cristo Rey".

Una pausa suprema... brilla la hoja
de una espada desnuda... signo fatal...
Un cadáver encharca la tierra roja, 
y estremece las ramas una congoja:
es el viento que bate su funeral.

Duerme en paz en tu fosa, joven soldado,
con la tierra sangrienta por ataúd...
No dormirá tu nombre, será el sagrado
grito de las batallas, pues ha jurado
salvar a nuestra Patria, la juventud.

Cuando por fin, vencido, ceda el Infierno,
el tirano sucumba, triunfe la Ley,
sonará, son de bronce, tu grito eterno:

"Ustedes son soldados de un mal gobierno, 
pero yo soy soldado de Cristo Rey"

viernes, 18 de junio de 2010

MIGUEL GÓMEZ LOZA.

Nació en Paredones, en la región de Los Altos, Jalisco, México el 11 de agosto de 1888. Pasó la infancia en su pueblo natal y frecuentó la primaria en la parroquia del lugar. Posteriormente emigró a Guadalajara para estudiar derecho. Participó en muchas iniciativas para promover la formación humana y cristiana de los trabajadores y fue de los socios fundadores de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. En 1922 se casó con María Guadalupe Sánchez Barragán, con la cual tuvo tres hijas. Siempre defendió en sus actividades de abogado y notario a los más pobres y a los católicos tratados injustamente. Por esta actividad esforzada muchas veces sufrió cárcel. En 1925 fue honrado por la Santa Sede con la Cruz «pro Ecclesia et Pontifice». El 21 de marzo de 1928 fue capturado y asesinado después de sufrir crueles tormentos.





LUIS MAGAÑA SERVÍN.


Nació en Arandas, Jalisco, México, el 24 de agosto de 1902 y frecuentó la primaria en la escuela parroquial del lugar. Trabajó con su padre en el taller de curtiduría de la familia. Fue miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento. En 1926 se casó con Elvira Camarena Méndez, con quien tuvo dos hijos. Durante la persecución contra la Iglesia se entregó a los soldados para salvar la vida de su hermano. El día 9 de febrero de 1928, mientras elevaba, en sus últimos momentos, himnos a Cristo Rey, fue fusilado.



SALVADOR HUERTA GUTIÉRREZ.


Nació en Magdalena, Jalisco, México el 17 de marzo de 1880 y todavía niño se trasladó con su familia a Guadalajara. En 1907 casó con Adelina Jiménez, con quien tuvo 11 hijos. En 1921 se inscribió a la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento. El 2 de abril de 1927 fue hecho prisionero y torturado. El siguiente día fue fusilado.






RAMÓN VARGAS GONZÁLEZ


Nació en Ahualulco de Mercado, Jalisco, México, el 22 de enero de 1905. De joven emigró a Guadalajara con su familia, se inscribió en la Asociación Católica de la Juventud Mexicanae ingresó a la Universidad de la ciudad para estudiar medicina. Fue diligente en cumplir sus propias obligaciones y sobresalió por su espíritu de oración. Se entregó a los perseguidores en lugar de su hermano mayor. Junto con su hermano Jorge fue fusilado la noche del 1º de abril de 1927.





JORGE VARGAS GONZÁLEZ


Nació en Ahualulco de Mercado, Jalisco, México el 28 de septiembre de 1899. Emigró a Guadalajara en compañía de su familia. Se inscribió en la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. Sobresalió por su ferviente devoción a la Santísima Virgen María. Al recrudecerse la persecución contra la Iglesia, fue aprehendido. No temió ante la muerte: su único dolor fue no poder comulgar antes de dar el testimonio supremo de su fe, pero lo animó su hermano ,el siervo de Dios Ramón, con estas palabras: «No temas, si morimos nuestra sangre limpiará los pecados». Fue asesinado la noche del 1º de abril de 1927.



LUIS PADILLA GÓMEZ.


Nació en Guadalajara, Jalisco, México, el 9 de diciembre de 1899. Terminada la instrucción primaria en el Colegio de don Tomás Fregoso y en el Instituto de la Compañía de Jesús, como a los 18 años ingresó al Seminario Conciliar de Señor San José, en Guadalajara, en donde permaneció hasta 1921. Habiendo comprendido que Dios no lo llamaba al sacerdocio, abandonó los estudios eclesiásticos, se dedicó a un apostolado laborioso, alimentado espiritualmente en la Eucaristía y la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe. Fue el presidente diocesano de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. Al desatarse la persecución contra la Iglesia, no tuvo temor, sino que con más vigor ejerció su diligencia apostólica. En la noche del 1º de abril de 1927 fue aprehendido, torturado y finalmente asesinado por los soldados.




sábado, 12 de junio de 2010

José Sánchez del Río Mártir Cristero


Nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Michoacán. Al decretarse la suspensión del culto público, José tenía 13 años y 5 meses. Su hermano Miguel decidió tomar las armas para defender la causa de Cristo y de su Iglesia. José, viendo el valor de su hermano, pidió permiso a sus padres para alistarse como soldado; su madre trató de disuadirlo pero él le dijo:  "Mamá, nunca había sido tan fácil ganarse el cielo como ahora, y no quiero perder la ocasión". Su madre le dio permiso, pero le pidió que escribiera al jefe de los Cristeros de Michoacán para ver si lo admitía. José escribió al jefe cristero y la respuesta fue negativa. No se desanimó y volvió a insistir pidiéndole que lo admitiera, si no como soldado activo, sí como un asistente. En el campamento se ganó el cariño de sus compañeros que lo apodaron "Tarsicio". Su alegría endulzaba los momentos tristes de los cristeros y todos admiraban su gallardía y su valor. Por la noche dirigía el santo rosario y animaba a la tropa a defender su fe. 
El 5 de febrero de 1928, tuvo lugar un combate, cerca de Cotija. El caballo del general cayó muerto de un balazo, José bajó de su montura con agilidad y le dijo:  "Mi general, aquí está mi caballo, sálvese usted, aunque a mí me maten. Yo no hago falta y usted sí" y le entregó su caballo. En combate fue hecho prisionero y llevado ante el general callista quien le reprendió por combatir contra el Gobierno y, al ver su decisión y arrojo, le dijo:  "Eres un valiente, muchacho. Vente con nosotros y te irá mejor que con esos cristeros". "¡Jamás, jamás! ¡Primero muerto! ¡Yo no quiero unirme con los enemigos de Cristo Rey! ¡Yo soy su enemigo! ¡Fusíleme!".

El general lo mandó encerrar en la cárcel de Cotija, en un calabozo oscuro y maloliente. José pidió tinta y papel y escribió una carta a su madre en la que le decía: 


"Cotija, 6 de febrero de 1928.
Mi querida mamá:  Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte... haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre...". 

 
El 10 de febrero de 1928, como a las 6 de la tarde, lo sacaron del templo y lo llevaron al cuartel del Refugio. A las 11 de la noche llegó la hora suprema. Le desollaron los pies con un cuchillo, lo sacaron del mesón y lo hicieron caminar a golpes hasta el cementerio. Los soldados querían hacerlo apostatar a fuerza de crueldad, pero no lo lograron. Dios le dio fortaleza para caminar, gritando vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe. Ya en el panteón, preguntó cuál era su sepultura, y con un rasgo admirable de heroísmo, se puso de pie al borde de la propia fosa, para evitar a los verdugos el trabajo de transportar su cuerpo. Acto seguido, los esbirros se abalanzaron sobre él y comenzaron a apuñalarlo. A cada puñalada gritaba de nuevo:  "¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!". En medio del tormento, el capitán jefe de la escolta le preguntó, no por compasión, sino por crueldad, qué les mandaba decir a sus padres, a lo que respondió José:  "Que nos veremos en el cielo. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!". Mientras salían de su boca estas exclamaciones, el capitán le disparó a la cabeza, y el muchacho cayó dentro de la tumba, bañado en sangre, y su alma volaba al cielo. Era el 10 de febrero de 1928. Sin ataúd y sin mortaja recibió directamente las paladas de tierra y su cuerpo quedó sepultado, hasta que años después, sus restos fueron inhumados en las catacumbas del templo expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús. Actualmente reposan en el templo parroquial de Santiago Apóstol, en Sahuayo, Michoacán. 


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