lunes, 14 de noviembre de 2011

LA GÉNESIS


POR: ANACLETO GONZÁLEZ FLORES

El ojo penetrante de un observador profundo y conocedor de las leyes de la Historia, al percibir los nubarrones que obscurecieron el cielo de la Patria en los comienzos de la Revolución iniciada por Don Francisco I. Madero, pudo descubrir a través de la superficie de los hechos entonces desarrollados y de las cosas entonces sacudidas el fondo obscuro y aterrador de una tragedia que llevaría el temblor de la catástrofe a las leyes, a las instituciones y a todas partes. En efecto, todo estaba magníficamente preparado para un sacudimiento que lo había de conmover y ensangrentar todo: el poder público, el hogar, el templo, la escuela, en una palabra, todo.
Que ¿quién fue el obrero que realizó tan acertadamente la labor de preparación, el cíclope que con sus nervudos brazos acumuló en las entrañas del organismo nacional la fuerza explosiva que agrietaría las construcciones más sólidas y pasaría después, como oleada de fuego y de exterminio, sobre nuestros campos y ciudades?
La ceguera de algunos señala a los caudillos que alzaron la bandera de la rebelión; la miopía de otros la intervención de los católicos en la política; el odio sectario de no pocos la actuación del Clero y, la desorientación y casi todos, las ansias pujantes de libertad de las muchedumbres. La crítica serena, imparcial y profunda alza su mano sobre todos los prejuicios y sobre la estrechez de miras, vuelve su rostro hacia el pasado, germen fecundo e inagotable del presente y del porvenir, y con la majestad imperturbable de la verdad, que es luz y de la justicia, que algunas veces es galardón y que en este caso es anatema implacable, señala a un hombre, al viejo dictador y a su obra que fue un mausoleo gigantesco donde fueron sepultadas todas las libertades y donde juntamente con todos los rebajamientos y degradaciones, incubaron los gérmenes de una disolución que, al desbordarse sobre la superficie, nos ha llenado de estupor y asombro. Parece esto un sarcasmo y es indudablemente una paradoja, pero al mismo tiempo una realidad innegable. Augusto abrió con sus propias manos la tumba de todas las libertades del pueblo romano y más tarde los bárbaros danzaron en torno del coloso herido en la mitad del corazón por sus orgías y por su molicie. El viejo dictador apuntaló el edificio que levantó con su espada, con los despojos de la libertad profanada en todas sus manifestaciones y, a trueque de un progreso material que a muchos deslumbró y a no pocos hizo renunciar a las prerrogativas del hombre y del ciudadano, lo empujó todo hacia el abismo.
Los gobiernos ante todo necesitan prevenir y echar en las regiones del pensamiento y de las costumbres los cimientos sólidos del orden y de la paz; la dictadura, que siempre ofreció una ayuda decidida y entusiasta a todo lo que es corrupción de las costumbres y anarquía en el pensamiento, preparó la anarquía en todos los órdenes y consiguientemente la hecatombe que acabamos de presenciar. De aquí que los que habían sabido ahondar en el andamiaje de la dictadura y llegaron a convencerse de que tarde o temprano haría erupción el volcán de apetitos, de pasiones, de odios y de errores sobre que reposaba el régimen dictatorial, pudieron muy bien comprender que la cuestión política y electoral de 1910, tendría que ser muy poco después una cuestión más trascendental, más profunda y que abarcaría en su conjunto todas las cuestiones que pesan sobre nosotros. Así se explica que bien pronto haya sido planteada la cuestión religiosa en una forma sangrienta, brutal, espantosa, en pocas palabras, en la forma que fue planteada en la revolución francesa: la persecución.
D. Francisco I. Madero llegó a hablar muy seriamente, al parecer, de la derogación de las Leyes de Reforma, que fueron un yugo que el liberalismo hacía pesar sobre la libertad de conciencia; pero seguramente se trataba de un recurso y nada más. Y es muy posible que el resurgimiento de los católicos en política hubiera llevado al vencedor de Díaz, hasta empuñar la espada del perseguidor. Sea de esto lo que fuere, lo incuestionable es que so pretexto de que el Clero y los católicos prestaron su apoyo a Huerta, el movimiento constitucionalista hizo formal juramento de perseguir de un modo ciego e implacable a la Iglesia Mexicana. Que este propósito existía lo demuestra, además de la persecución y destierro de sacerdotes y la clausura de templos en toda la República, el aplauso unánime, entusiasta con que recibieron los convencionistas de Aguascalientes el discurso que pronunció el general Antonio I. Villarreal después de jurar la bandera en la sesión del día catorce de octubre de 1914. “Aniquilados nuestros tres enemigos: el privilegio, el clericalismo y el militarismo, podremos entrar de lleno en el período constitucional que todos anhelamos”. Esta amenaza, que es un programa de persecución desarrollado en todo el país, fue aplaudido estruendosamente por todos los militares que asistieron a la Convención de Aguascalientes y revela muy claramente que la revolución constitucionalista fue y es antirreligiosa. Es verdad que se ha querido esgrimir como arma de defensa el argumento gastado de que el Clero y la Religión son cosas perfectamente distintas y el de que se ha querido perseguir a los sacerdotes y no la libertad de cultos. Este argumento fue el arma que esgrimió, sobre todo en la ciudad de Guadalajara, el Boletín Militar, hoja periódica pésimamente escrita y que fue el portavoz de las ideas revolucionarias por espacio de algún tiempo. Sin embargo, la Constitución de 1917, monumento de estulticia jurídica, política y social y código en que condensaron los revolucionarios sus ansias y sus aspiraciones, se alza delante de nosotros como una prueba irrefutable de las tendencias antirreligiosas del constitucionalismo.
Y hay que convenir en que la consigna, en que el programa de persecución implacable, tal como lo formuló Villarreal en la Convención, fue realizado con verdadero lujo de crueldad y de barbarie. Ya con alguna anterioridad a la celebración de la Asamblea que se reunió en Aguascalientes y donde fueron a chocar estrepitosamente las ruines y feroces ambiciones d los caudillos, Villarreal había expedido un decreto en que ordenó la expulsión de los sacerdotes, la clausura de los templos y la prohibición de la confesión sacramental. Y en el manifiesto publicado por Carranza para contestar a Villa, cuando éste se separó del Constitucionalismo, el entonces Primer Jefe transcribe una felicitación que el mencionado Villa le dirigió a Villarreal por el decreto de persecución. El mismo Carranza al contestar los cargos que se le hacen por haber permitido a los jefes principales la persecución, no desmiente esto categóricamente y se limita a afirmar que Villa no se halla limpio de la mancha de perseguidor.
La persecución religiosa, por más que en apariencia reconoce otras causas, arranca, como de su verdadera y genuina raíz, no de este o aquél hecho aislado y que en todo caso no reviste más que el carácter de pretexto; sino de la enorme dosis de laicismo que la dictadura inyectó en el cuerpo de la patria esclavizada y escarnecida. Se trabajó con una tenacidad digna de una noble y santa causa en arrancar de lo íntimo, de las entrañas de la sociedad las tesis salvadoras del Evangelio, en arraigar en lo profundo del alma del pueblo los principios demoledores del positivismo enseñado y sostenido en la cátedra, en la prensa, en la apoteosis de los maestros y en los espectáculos públicos. Y así se formó una generación que por instinto, por un impulso espontáneo, ciego y pujante ha tenido, primero, que hacer oír el célebre grito del jacobinismo agudo y devorador que pronunció Gambetta: “El clericalismo, he ahí el enemigo”; y después que ir a descargar sus iras sobre el altar, sobre el templo, sobre el dogma y sobre el sacerdote. ¿Que se quiere, que se desea respetar todos los cultos? Sí, todos, menos el Católico, menos lo que es la verdadera religión en nuestro país, lo que puede despertar muy vivamente los odios de la generación laica amamantada por la dictadura.
Por tanto, si la revolución maderista, de cuestión política tuvo que transformarse en sacudimiento social profundo que aún no termina y que cuando mucho solamente nos dará una tregua, y vino a plantear un problema religioso amplio, trascendental y de carácter jurídico o legal, no es porque hayan aparecido en la escena estos o aquellos hombres o este o aquel partido; sino porque la lógica de los hechos, incontenible, ciega, inexorable ha seguido su camino y ha llegado por ahora a una de las escarpaduras que se hallan en la pendiente por donde empezamos a caer; ya llegaremos, si antes no se tuerce el curso de los acontecimientos bajo el influjo de laProvidencia y del esfuerzo de los hombres de acción, a dar de cara en lo más hondo del abismo. Preciso es, pues, convenir en que la explosión de odios que ha agrietado el edificio y que nos ha sorprendido y después nos ha azotado y herido, tuvo su punto de partida en la trabazón poco perceptible, pero real, innegable de los hechos, pues ante esa corriente que se desborda y se precipita y lo inunda todo, un hombre es un accidente, un factor que bien puede desaparecer sin que lo sustancial de las cosas se modifique; un partido es una fuerza que puede revestir una forma cualquiera; un sistema, una fórmula que sin el conjunto de los acontecimientos carecerá de sentido. Fue Bossuet, uno de los primeros oradores de Francia, quien afirmó que el hombre se agita y Dios lo conduce; ante el cuadro de nuestros desastres y el punto obscuro de donde han arrancado y han tomado sus ímpetus, se puede afirmar que el hombre se revuelve y los hechos lo arrastran. Con esto no se pretende suprimir la responsabilidad humana reconocida siempre por la Historia y consecuencia natural de la libertad del hombre, sino que se desea muy vivamente orientar los espíritus hacia el rumbo por donde es posible descubrir las hondas y ocultas raíces de nuestros males políticos y sociales, y señalar o hacer presentir siquiera el remedio supremo de esa enfermedad vieja, rebelde e ignorada, pues nuestros estadistas han preferido tener a sus pies el alma envilecida del esclavo a encontrarse frente al gesto imperturbable de Catón.
Por tanto, tengamos el valor y la serenidad suficiente para confesar que detrás de esta catástrofe que nos ha herido con el vértigo del abismo se halla un sistema, una serie de ideas, un pensamiento y sobre todo un hecho o conjunto de hechos: la dictadura, con la significación honda y fuerte que tiene esta palabra y con las consecuencias que hoy nos hacen abrir los ojos sobre la ruina que se interpone a nuestro paso, y que nos habla de un pasado de ignominia y de un porvenir incierto, pavoroso, pero que puede entrar bajo el dominio de nuestro brazo conquistador.

sábado, 12 de noviembre de 2011

CON EL CORAZÓN HENCHIDO DE GRATITUD



Tacubaya, D.F. 12 de Noviembre de 1926
Señorita R. M. R.

Apreciable señorita: Le escribo a usted con el corazón henchido de gratitud. Es esta la primera carta que escribo después de la muerte de mi hijo Manuel (Q.E.P.D.) -se alude al mártir Manuel Melgarejo y Nápoles-. Intencionalmente he dejado transcurrir estos dos meses prácticamente sin comunicación de mi parte con persona alguna de Zamora, para disfrutar en la intimidad y quietud de mi pobre hogar, a solas con mi esposa y los dos hijos que me quedan, la grandísima satisfacción, única, que nos ha proporcionado el sacrificio de nuestro heroico hijo, muerto en Zamora en aras de un ideal no sólo grande y noble, sino cristiano y muy santo. Orgulloso de mi dicha, la aprisioné en las cuatro paredes de mi humilde hogar, temeroso de que me la arrebataran la envidia o el egoísmo mundanos. Es ya tiempo de romper el silencio, y son las primeras líneas éstas que dirijo a usted, para que comparta conmigo mis alegrías y grandes satisfacciones, como compartió el dolor cuando, en una misión verdaderamente cristiana, piadosamente amortajó aquellos dos cuerpos ensangrentados… Ésta casa no se ha entregado al dolor; no ha habido entre nosotros ni alarde de sentimentalismos ni cacareos de dolor. Nuestras miradas van más allá de lo terreno. Claro está con los hechos, como estamos, de carne y hueso, a veces el dolor nos acomete y hace flaquear nuestras débiles fuerzas; pero en términos generales, no hemos dado cabida al dolor, porque sencillamente entendemos que el dolor no debe albergarse en el corazón del cristiano cuando la Providencia Divina -en todo grande y en todo magnífica- le ha deparado la enorme dicha de escoger entre sus hijos al más noble, al más bueno, al más piadoso para que le ofrende su vida -no manchada todavía con la impureza- en holocausto divino por la libertad de la Iglesia, que tanto necesita México.
Nosotros, sus padres, conocíamos la noble intención que lo llevaba, en compañía de Joaquín Silva, a aquellos lugares; sabíamos a lo que iba y los riesgos que correría; de todos sus planes y proyectos teníamos pleno conocimiento; y contaba el pobre, el abnegado muchacho, con nuestro entero y abierto conocimiento, con nuestra franca y decidida aprobación y también con la fuerza y el consuelo de nuestra humilde y espontánea bendición. Como padres creyentes y católicos, no podíamos hacer otra cosa; teniendo tres hijos varones, nos consideramos obligados a ofrendarle a Dios el mayor en momentos en que lo reclamaba la lucha en defensa de la libertad de la Iglesia. ¿Que mayor satisfacción podemos ambicionar? Por ello le estamos profundamente agradecidos a la Divina Providencia, y así como lo sentimos en lo íntimo del corazón, asimismo lo confesamos franca y públicamente.

Fracasados estos jóvenes en sus planes (en la parte material se entiende), por villanía o traición, por torpeza del grande o del chico, o por inexperiencia de los dos, manos criminales consumaron el sacrificio que enalteció la Fe de Cristo, cubrió de gloria a mi hijo y vino a poner un marco de inestimable valor, por lo honroso, al pobre cuadro de esta humilde familia; y fue usted, señorita, a la que tocó desempeñar el papel tan noble en la tarea de dar a los cuerpos de estos dignos Mártires su cristiana sepultura. Sé muy bien cuál fue su comportamiento con este motivo, debido a su gran corazón y a sus piadosos sentimientos -que mucho la honran-, estos cuerpos bajaron al seno de la tierra amortajados decorosamente. Esta acción de usted no necesita elogios, que opacarían el esplendor con que a usted la dejó aureolada. Por eso vengo sólo con estas palabras líneas a darle a usted cumplidamente las gracias y decirle, en mi nombre y en el de los míos, que el nombre de usted y el de los suyos ocupan un lugar preferente en nuestro corazón, en donde tendrán la perpetua guardia de nuestra gratitud. No soy nadie ni valgo nada. Cuento sólo con mi pobreza, creo tener el corazón bien puesto. Desde hace cerca de diecinueve años formé un hogar, en el que llevamos la vida de sosiego y gustamos todos la dulzura de la apacible tranquilidad. Por temperamento vivimos isladamente. No tenemos pretensiones ni abrigamos ambiciones bastardas. ¿Que más puedo desear en mi medio? Créalo usted, que desde el fondo de mí sólo bendigo de corazón el Santo Nombre de Dios. Teníamos ya resuelto el viaje de mi esposa y Alfredito (el hijo más chico de nueve años), a Zamora, para el día de Muertos, cuando un espíritu de esos pusilánimes y criminalmente cobardes, que por desgracia tanto abundan entre nosotros los católicos, lo hizo aplazarlo para más tarde, pero creo que muy pronto ella o yo tendremos el gusto de ir a decirle a usted en viva voz estas expresiones que ha ido dictando mi corazón. ¿Habría en Zamora alguna mano piadosa que el día 2 de noviembre se acordara de mi hijo Manuel?
Para terminar, cerrando con broche de oro esta carta, quiero estampar otra vez las palabras que espontáneamente brotaron de mi pecho al principio de éstas líneas: Le escribo a usted con el corazón henchido de gratitud.
Soy de usted con la mayor consideración y respeto, afectísimo y atento servidor, Manuel Melgarejo. (Padre)

jueves, 10 de noviembre de 2011

¡QUIÉN LE MANDA NO SER HOMBRE!



El General miró fijamente a las improvisadas milicias de Cristo. Con decisión alzó su voz:
“Debemos luchar, ¡debemos combatir por la libertad de la Iglesia!”
Este grito de guerra resonó en el límpido cielo de Caucentla. Era el General Dionisio Eduardo Ochoa1, jefe de las tropas cristeras del Volcán de Colima. Sus palabras eran también la de Cristo Rey que los llamaba a luchar por la Iglesia. Era un llamado para valientes, un llamado para hombres… Entonces una mujer intervino:
“Don Nicho, cuente con que todos nuestros hombres se irán con usted a la lucha. No quedará uno sólo sin que tome las armas. Si algún miedoso se queda, de ese nos encargaremos nosotras; no vale la pena que siga viviendo, ¡Quién le manda a no ser hombre!”
Junto a ella, miles de mexicanos respondieron valerosamente a este llamado dando su vida por Cristo y la Iglesia. Morían gritando ¡Viva Cristo Rey!, sabiendo que el hijo de Dios los recibiría en el cielo como premio a su martirio. Este grito era la respuesta y el eco de otro celestial, del ¡¿Quién como Dios?! del arcángel San Miguel. Era el seguimiento de los mexicanos guadalupanos a su Rey, que murió por dar testimonio de la Verdad.

1 Gral. Dionisio Eduardo Ochoa Santana fue un militar mexicano que participó en la Guerra Cristera. Fue uno de los iniciadores del movimiento cristero para la defensa de la libertad religiosa en el estado de Colima. Eduardo Ochoa encabezó a los cristeros del Volcán de Colima siendo presidente de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana del estado de Colima y director del Semanario “La Reconquista”. Ochoa y su hermano el sacerdote Enrique de Jesús Ochoa, mismo que fungía de capellán, se refugiaron en las cañadas, bosques, y escondites del volcán de Colima y del Nevado de Colima, cerca de los límites geográficos con el estado de Jalisco, con el motivo de resistir los ataques del Ejército federal. Ochoa murió cuando le explotaron unas bombas que se encontraban fabricando sus soldados en la Meseta de la Yerbabuena.

domingo, 9 de octubre de 2011

PARA QUE LA PATRIA SE SALVE


“Me voy confiado en las oraciones de todos los que me han dicho que ruegan por mí, pero en especial muy confiado en las oraciones de mi hermana y de mi madre, que son con toda seguridad las únicas que me ha salvado de tantas cosas. No quiero que pidan a Dios que me salve de las balas ni de los peligros, de hambre y de enfermedad, los cuales si acaso no vienen a redundar más que en la muerte.
Quiero que pidan por la salvación de la Patria, despréndanse totalmente de un mocoso como yo que no sirve de nada, pidan que se salve la Patria y de esta manera han pedido por mí y por todos los que andamos con las manos en la masa. 
Para que la Patria se salve necesario es sacrificio y justicia: dar a cada quien lo que es suyo, y así dar a Dios lo que le toca, que sea Él quien mande y quien ordene. ¡Que jamás se cometan pecados! Pidiendo por la salvación de México han pedido para todos los luchadores, entre los que indignamente me cuento, fuerza física para luchar y sobre todo fuerza moral para obrar conforme a la voluntad de Dios y para reconocerlo por Rey sacrificándolo todo en bien de la causa. 
Esto es lo que se necesita para el triunfo. No se ocupen de bagatelas como de que salga o no con vida, que me enferme o no; esos son detallitos que Dios sabrá lo que ordena. A nosotros nos toca ponernos en sus manos y no ensuciar la lucha con egoísmos e interese mezquinos. Hay que darlo todo y con voluntad; y que Dios disponga porque es el Amo. Pidan pues por la causa, porque ningún luchador peque, que ningún luchador llegue a ser dominado por sus intereses mezquinos, que siempre se mire de nuestra parte el sacrificio y la lucha; de parte de Dios esperar todo lo demás “
Alfonso de la Torre Uribarren.

En carta a su madre y hermana.

domingo, 2 de octubre de 2011

"SI ASÍ DIOS LO PIDE"


“No todas las rosas son de la misma fragancia y magnitud, ni todas las estrellas esplenden de la misma manera en la inmensa bóveda del firmamento. Esto mismo acaece en aquestotro cielo de la Iglesia, en donde los santos fulguran en perpetuas eternidades; algunos brillan como estrellas en noche serena; otros se asocian en inmensas nebulosas trazando como senderos en ese mismo cielo; otros irradian la luz apacible del astro de la noche; algunos, finalmente brillan como soles a la mitad del firmamento: todos a su manera, enarran la gloria de Dios y nos dicen ser obra de sus manos.
En aqueste firmamento de la Iglesia Mexicana, entre la inmensa turba de jóvenes confesores de Cristo, se destaca como el sol la noble y gallarda figura de Anacleto González Flores, cuya grandeza moral desconcierta y cuya gloria supera a todo encomio”.
Mons. José de Jesús Manriquez y Zárate, Obispo de Huejutla
Luis Padilla Gómez, los hermanos Jorge y Ramón Vargas González y Anacleto González Flores, fueron aprehendidos y llevados al Cuartel Colorado de la Perla de Occidente en donde habrían de ser martirizados.
Llegó el momento para Anacleto, fue herido con un marrazo en el costado izquierdo, cayendo al mismo tiempo que recibía una lluvia de balas, siendo sus últimas palabras  antes de la postrera tortura que le asesinó:
“General, perdono a usted de corazón; muy pronto nos veremos ante el tribunal divino; el mismo Juez que me va a juzgar, será su Juez; entonces tendrá usted un intercesor en mí con Dios… Una sola cosa le diré, y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Vosotros me mataréis, pero sabed que conmigo no muere la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto desde el Cielo, el triunfo de la Religión y de mi Patria… Por la segunda vez oigan las Américas este santo grito: ¡Yo muero , pero Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!
A las dos de la tarde fueron los asesinatos de los mártires del Cuartel Colorado de Guadalajara, y a las ocho de la noche fueron entregados los cadáveres en la casa de los hermanos Vargas González: “Florencio Vargas acompañó por las calles los de sus hermanos” -había sido aprehendido junto con ellos , pero se salvó porque lo creyeron menor de edad, confundiéndolo con su hermano Ramón- y fué quien los entregó a su heroica madre. Cuando ésta los vió llegar, se adelantó a Florencio y le dijo “¡Ay, hijito!, que cerca estuviste de la corona y no la alcanzaste; ahora estás obligado a ser más bueno para merecerla”. El cadáver de Anacleto fué recibido por su esposa, y pronto aquella casa, testigo del buen padre, del apóstol, del inteligente abogado, del magnífico amigo, del elocuentísimo orador, del infatigable, del sublime Anacleto, se convirtió en un jardín de flores de toda la sociedad tapatía en profusión hizo llegar. Cuando todo estaba en silencio, la joven viuda acercó a sus hijos al cadáver de su padre, les mostró aquél rostro con las manchas moradas de los golpes alevosos, aquellos labios que tantas veces los habían besado, partidos y con las gotas de sangre coaguladas; aquellas manos que tantas veces los habían acariciado, desarticuladas por el martirio, aquel pecho abierto por las heridas, aquellos ojos inmóviles, como en un misterioso éxtasis, y ante esas santas reliquias, noblemente veneradas por ser padre y por ser santo:
“Mira -exclamó la viuda dirigiéndose al hijo mayor-, ese es tu padre; ha muerto por confesar la fe, promete sobre este cuerpo que tú harás lo mismo cuando seas grande, si así Dios lo pide”

lunes, 19 de septiembre de 2011

ANACLETO, LA CAUSA ES PRIMERO



Anacleto Gonzalez Flores
Cuando la persecución se hizo más enconada, aquel esposo y padre cariñoso se vio precisado a visitar su hogar  sólo de vez en cuando. Tal vez sentía su corazón traspasado por el dolor, pero su ideal, como el de todos los grandes hombres, la causa era primero.
Presintiendo su muerte, y unos días antes, asistió por última vez a su hogar. Parecía despedirse de los seres más queridos, les arrulló y les cantó su oración:
“La Virgen María es nuestra protectora,
con tal defensora no hay nada que temer,
vence al mundo, demonio y carne,
guerra, guerra contra Lucifer”

Su hijo mayor, al recibir el Pan de los Ángeles por primera vez, le envía un saludo, ferviente, humano y sincero:
“Muy querido papacito:
Te escribo para decirte que hoy hice mi Primera Comunión. El Niño Jesús me dijo que tú mandabas un abrazo y un beso.
Yo te mandé con Él muchas gracias, mamacita y Rulito que te saludan. Hace un año que te fuiste, ahora yo te digo y me dices:
“Muchos días de éstos”
Le pedí a Cristo Rey que se hagan buenos los que te dieron los balazos y le prometí ser “hombre” como tú. 
Salúdame a mi madre del cielo y a mi tío Me (Salomé) y a todos, que ya no llore mi mamá, danos la bendición.
Tu hijo Ancleto de Jesús”. 

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