Espiritualidad católica
En entrevistas, crónicas y cartas de cristeros causa admiración comprobar la calidad doctrinal, bíblica y poética de sus expresiones. Todo lo cual contradice abiertamente el menosprecio de algunos pedantes acerca de la veracidad del cristianismo entre los indígenas de América.
Los cristeros, concretamente, tenían en sí toda la fuerza de quien sabe estar haciendo la voluntad de Dios. «Conscientes de hacer la voluntad de Dios, dice Meyer, los cristeros podían resistir todos los descalabros militares, todas las desdichas espirituales y hasta la más terrible de todas: los arreglos y el poco apoyo clerical» (289). Esa fidelidad a la voluntad de Dios providente les hacía inquebrantables.
Ezequiel Mendoza, por ejemplo, decía a su gente: «No, muchachos, acuérdense que aquí pedimos a Dios lo que más nos conviniera y por eso no digamos desatinados "ya ven que las cosas cambian de un momento a otro"; "la hoja del árbol no se mueve sin la gran voluntad de Dios", paciencia y resignación» (289). En cierta ocasión, según él mismo refiere, arengaba así a los suyos: «No queremos compañeros que traigan fines torcidos, queremos hombres que de todo corazón quieran agradar a Dios en todo, sin otro interés que defender a su Iglesia nuestra Madre; ya que sus feroces enemigos la quieren exterminar, aunque no lo conseguirán, porque fue dicho por Nuestro Señor Jesucristo que "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella"; y lo que Cristo ofreció lo cumple; también dijo que "pasarán los cielos y la tierra, pero sus palabras no pasarán". Además tenemos nuestra Reina y Madre la Virgen de Guadalupe, ella nos recomendará con su Padre, con su Hijo, y con su esposo, el Espíritu Santo. Todavía más contamos con todos los santos y santas del Cielo y de la tierra para que ellos rueguen a Dios por nosotros en todo tiempo y lugar, y si Dios está con nosotros no tengamos miedo de morir en defensa de la Iglesia y de la Patria, seremos mártires e iremos al cielo para siempre» (Testimonio 31).
Por su parte, Aurelio Acevedo, un simple ranchero de Zacatecas, animaba así a su tropa: «Vosotros, valientes sin tacha, siempre pensad que vais en camino del Calvario; pensad que vais al martirio cumbre donde se entra al Cielo de la Paz y eterno regocijo. Todo redentor debe ser crucificado para fin de que triunfe y sea glorificado. No olvidéis que esta lección es más clara que el sol que nos alumbra: ¡recordad a Jesús!» (Meyer III,275).
Y otro jefe, Pedro Quintanar, decía a sus tropas: «Todo lo bueno que en vosotros hay es sólo de Dios y... todo lo malo que en vuestro regimiento hay es vuestro. A Dios hay que atribuir todo lo bueno y toda la gloria y todo triunfo, pues vosotros sois instrumentos viles» (289).
Ezequiel Mendoza, por ejemplo, decía a su gente: «No, muchachos, acuérdense que aquí pedimos a Dios lo que más nos conviniera y por eso no digamos desatinados "ya ven que las cosas cambian de un momento a otro"; "la hoja del árbol no se mueve sin la gran voluntad de Dios", paciencia y resignación» (289). En cierta ocasión, según él mismo refiere, arengaba así a los suyos: «No queremos compañeros que traigan fines torcidos, queremos hombres que de todo corazón quieran agradar a Dios en todo, sin otro interés que defender a su Iglesia nuestra Madre; ya que sus feroces enemigos la quieren exterminar, aunque no lo conseguirán, porque fue dicho por Nuestro Señor Jesucristo que "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella"; y lo que Cristo ofreció lo cumple; también dijo que "pasarán los cielos y la tierra, pero sus palabras no pasarán". Además tenemos nuestra Reina y Madre la Virgen de Guadalupe, ella nos recomendará con su Padre, con su Hijo, y con su esposo, el Espíritu Santo. Todavía más contamos con todos los santos y santas del Cielo y de la tierra para que ellos rueguen a Dios por nosotros en todo tiempo y lugar, y si Dios está con nosotros no tengamos miedo de morir en defensa de la Iglesia y de la Patria, seremos mártires e iremos al cielo para siempre» (Testimonio 31).
Por su parte, Aurelio Acevedo, un simple ranchero de Zacatecas, animaba así a su tropa: «Vosotros, valientes sin tacha, siempre pensad que vais en camino del Calvario; pensad que vais al martirio cumbre donde se entra al Cielo de la Paz y eterno regocijo. Todo redentor debe ser crucificado para fin de que triunfe y sea glorificado. No olvidéis que esta lección es más clara que el sol que nos alumbra: ¡recordad a Jesús!» (Meyer III,275).
Y otro jefe, Pedro Quintanar, decía a sus tropas: «Todo lo bueno que en vosotros hay es sólo de Dios y... todo lo malo que en vuestro regimiento hay es vuestro. A Dios hay que atribuir todo lo bueno y toda la gloria y todo triunfo, pues vosotros sois instrumentos viles» (289).


