Tacubaya, D.F. 12 de Noviembre de 1926
Señorita R. M. R.
Apreciable señorita: Le escribo a usted con el corazón henchido de gratitud. Es esta la primera carta que escribo después de la muerte de mi hijo Manuel (Q.E.P.D.) -se alude al mártir Manuel Melgarejo y Nápoles-. Intencionalmente he dejado transcurrir estos dos meses prácticamente sin comunicación de mi parte con persona alguna de Zamora, para disfrutar en la intimidad y quietud de mi pobre hogar, a solas con mi esposa y los dos hijos que me quedan, la grandísima satisfacción, única, que nos ha proporcionado el sacrificio de nuestro heroico hijo, muerto en Zamora en aras de un ideal no sólo grande y noble, sino cristiano y muy santo. Orgulloso de mi dicha, la aprisioné en las cuatro paredes de mi humilde hogar, temeroso de que me la arrebataran la envidia o el egoísmo mundanos. Es ya tiempo de romper el silencio, y son las primeras líneas éstas que dirijo a usted, para que comparta conmigo mis alegrías y grandes satisfacciones, como compartió el dolor cuando, en una misión verdaderamente cristiana, piadosamente amortajó aquellos dos cuerpos ensangrentados… Ésta casa no se ha entregado al dolor; no ha habido entre nosotros ni alarde de sentimentalismos ni cacareos de dolor. Nuestras miradas van más allá de lo terreno. Claro está con los hechos, como estamos, de carne y hueso, a veces el dolor nos acomete y hace flaquear nuestras débiles fuerzas; pero en términos generales, no hemos dado cabida al dolor, porque sencillamente entendemos que el dolor no debe albergarse en el corazón del cristiano cuando la Providencia Divina -en todo grande y en todo magnífica- le ha deparado la enorme dicha de escoger entre sus hijos al más noble, al más bueno, al más piadoso para que le ofrende su vida -no manchada todavía con la impureza- en holocausto divino por la libertad de la Iglesia, que tanto necesita México.
Nosotros, sus padres, conocíamos la noble intención que lo llevaba, en compañía de Joaquín Silva, a aquellos lugares; sabíamos a lo que iba y los riesgos que correría; de todos sus planes y proyectos teníamos pleno conocimiento; y contaba el pobre, el abnegado muchacho, con nuestro entero y abierto conocimiento, con nuestra franca y decidida aprobación y también con la fuerza y el consuelo de nuestra humilde y espontánea bendición. Como padres creyentes y católicos, no podíamos hacer otra cosa; teniendo tres hijos varones, nos consideramos obligados a ofrendarle a Dios el mayor en momentos en que lo reclamaba la lucha en defensa de la libertad de la Iglesia. ¿Que mayor satisfacción podemos ambicionar? Por ello le estamos profundamente agradecidos a la Divina Providencia, y así como lo sentimos en lo íntimo del corazón, asimismo lo confesamos franca y públicamente.
Fracasados estos jóvenes en sus planes (en la parte material se entiende), por villanía o traición, por torpeza del grande o del chico, o por inexperiencia de los dos, manos criminales consumaron el sacrificio que enalteció la Fe de Cristo, cubrió de gloria a mi hijo y vino a poner un marco de inestimable valor, por lo honroso, al pobre cuadro de esta humilde familia; y fue usted, señorita, a la que tocó desempeñar el papel tan noble en la tarea de dar a los cuerpos de estos dignos Mártires su cristiana sepultura. Sé muy bien cuál fue su comportamiento con este motivo, debido a su gran corazón y a sus piadosos sentimientos -que mucho la honran-, estos cuerpos bajaron al seno de la tierra amortajados decorosamente. Esta acción de usted no necesita elogios, que opacarían el esplendor con que a usted la dejó aureolada. Por eso vengo sólo con estas palabras líneas a darle a usted cumplidamente las gracias y decirle, en mi nombre y en el de los míos, que el nombre de usted y el de los suyos ocupan un lugar preferente en nuestro corazón, en donde tendrán la perpetua guardia de nuestra gratitud. No soy nadie ni valgo nada. Cuento sólo con mi pobreza, creo tener el corazón bien puesto. Desde hace cerca de diecinueve años formé un hogar, en el que llevamos la vida de sosiego y gustamos todos la dulzura de la apacible tranquilidad. Por temperamento vivimos isladamente. No tenemos pretensiones ni abrigamos ambiciones bastardas. ¿Que más puedo desear en mi medio? Créalo usted, que desde el fondo de mí sólo bendigo de corazón el Santo Nombre de Dios. Teníamos ya resuelto el viaje de mi esposa y Alfredito (el hijo más chico de nueve años), a Zamora, para el día de Muertos, cuando un espíritu de esos pusilánimes y criminalmente cobardes, que por desgracia tanto abundan entre nosotros los católicos, lo hizo aplazarlo para más tarde, pero creo que muy pronto ella o yo tendremos el gusto de ir a decirle a usted en viva voz estas expresiones que ha ido dictando mi corazón. ¿Habría en Zamora alguna mano piadosa que el día 2 de noviembre se acordara de mi hijo Manuel?
Para terminar, cerrando con broche de oro esta carta, quiero estampar otra vez las palabras que espontáneamente brotaron de mi pecho al principio de éstas líneas: Le escribo a usted con el corazón henchido de gratitud.
Soy de usted con la mayor consideración y respeto, afectísimo y atento servidor, Manuel Melgarejo. (Padre)
sábado, 12 de noviembre de 2011
CON EL CORAZÓN HENCHIDO DE GRATITUD
jueves, 10 de noviembre de 2011
¡QUIÉN LE MANDA NO SER HOMBRE!
El General miró fijamente a las improvisadas milicias de Cristo. Con decisión alzó su voz:
“Debemos luchar, ¡debemos combatir por la libertad de la Iglesia!”
Este grito de guerra resonó en el límpido cielo de Caucentla. Era el General Dionisio Eduardo Ochoa1, jefe de las tropas cristeras del Volcán de Colima. Sus palabras eran también la de Cristo Rey que los llamaba a luchar por la Iglesia. Era un llamado para valientes, un llamado para hombres… Entonces una mujer intervino:
“Don Nicho, cuente con que todos nuestros hombres se irán con usted a la lucha. No quedará uno sólo sin que tome las armas. Si algún miedoso se queda, de ese nos encargaremos nosotras; no vale la pena que siga viviendo, ¡Quién le manda a no ser hombre!”
Junto a ella, miles de mexicanos respondieron valerosamente a este llamado dando su vida por Cristo y la Iglesia. Morían gritando ¡Viva Cristo Rey!, sabiendo que el hijo de Dios los recibiría en el cielo como premio a su martirio. Este grito era la respuesta y el eco de otro celestial, del ¡¿Quién como Dios?! del arcángel San Miguel. Era el seguimiento de los mexicanos guadalupanos a su Rey, que murió por dar testimonio de la Verdad.
1 Gral. Dionisio Eduardo Ochoa Santana fue un militar mexicano que participó en la Guerra Cristera. Fue uno de los iniciadores del movimiento cristero para la defensa de la libertad religiosa en el estado de Colima. Eduardo Ochoa encabezó a los cristeros del Volcán de Colima siendo presidente de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana del estado de Colima y director del Semanario “La Reconquista”. Ochoa y su hermano el sacerdote Enrique de Jesús Ochoa, mismo que fungía de capellán, se refugiaron en las cañadas, bosques, y escondites del volcán de Colima y del Nevado de Colima, cerca de los límites geográficos con el estado de Jalisco, con el motivo de resistir los ataques del Ejército federal. Ochoa murió cuando le explotaron unas bombas que se encontraban fabricando sus soldados en la Meseta de la Yerbabuena.
domingo, 9 de octubre de 2011
PARA QUE LA PATRIA SE SALVE
“Me voy confiado en las oraciones de todos los que me han dicho que ruegan por mí, pero en especial muy confiado en las oraciones de mi hermana y de mi madre, que son con toda seguridad las únicas que me ha salvado de tantas cosas. No quiero que pidan a Dios que me salve de las balas ni de los peligros, de hambre y de enfermedad, los cuales si acaso no vienen a redundar más que en la muerte.Quiero que pidan por la salvación de la Patria, despréndanse totalmente de un mocoso como yo que no sirve de nada, pidan que se salve la Patria y de esta manera han pedido por mí y por todos los que andamos con las manos en la masa.Para que la Patria se salve necesario es sacrificio y justicia: dar a cada quien lo que es suyo, y así dar a Dios lo que le toca, que sea Él quien mande y quien ordene. ¡Que jamás se cometan pecados! Pidiendo por la salvación de México han pedido para todos los luchadores, entre los que indignamente me cuento, fuerza física para luchar y sobre todo fuerza moral para obrar conforme a la voluntad de Dios y para reconocerlo por Rey sacrificándolo todo en bien de la causa.Esto es lo que se necesita para el triunfo. No se ocupen de bagatelas como de que salga o no con vida, que me enferme o no; esos son detallitos que Dios sabrá lo que ordena. A nosotros nos toca ponernos en sus manos y no ensuciar la lucha con egoísmos e interese mezquinos. Hay que darlo todo y con voluntad; y que Dios disponga porque es el Amo. Pidan pues por la causa, porque ningún luchador peque, que ningún luchador llegue a ser dominado por sus intereses mezquinos, que siempre se mire de nuestra parte el sacrificio y la lucha; de parte de Dios esperar todo lo demás “Alfonso de la Torre Uribarren.
En carta a su madre y hermana.
domingo, 2 de octubre de 2011
"SI ASÍ DIOS LO PIDE"
“No todas las rosas son de la misma fragancia y magnitud, ni todas las estrellas esplenden de la misma manera en la inmensa bóveda del firmamento. Esto mismo acaece en aquestotro cielo de la Iglesia, en donde los santos fulguran en perpetuas eternidades; algunos brillan como estrellas en noche serena; otros se asocian en inmensas nebulosas trazando como senderos en ese mismo cielo; otros irradian la luz apacible del astro de la noche; algunos, finalmente brillan como soles a la mitad del firmamento: todos a su manera, enarran la gloria de Dios y nos dicen ser obra de sus manos.En aqueste firmamento de la Iglesia Mexicana, entre la inmensa turba de jóvenes confesores de Cristo, se destaca como el sol la noble y gallarda figura de Anacleto González Flores, cuya grandeza moral desconcierta y cuya gloria supera a todo encomio”.Mons. José de Jesús Manriquez y Zárate, Obispo de Huejutla
Luis Padilla Gómez, los hermanos Jorge y Ramón Vargas González y Anacleto González Flores, fueron aprehendidos y llevados al Cuartel Colorado de la Perla de Occidente en donde habrían de ser martirizados.
Llegó el momento para Anacleto, fue herido con un marrazo en el costado izquierdo, cayendo al mismo tiempo que recibía una lluvia de balas, siendo sus últimas palabras antes de la postrera tortura que le asesinó:
“General, perdono a usted de corazón; muy pronto nos veremos ante el tribunal divino; el mismo Juez que me va a juzgar, será su Juez; entonces tendrá usted un intercesor en mí con Dios… Una sola cosa le diré, y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Vosotros me mataréis, pero sabed que conmigo no muere la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto desde el Cielo, el triunfo de la Religión y de mi Patria… Por la segunda vez oigan las Américas este santo grito: ¡Yo muero , pero Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!
A las dos de la tarde fueron los asesinatos de los mártires del Cuartel Colorado de Guadalajara, y a las ocho de la noche fueron entregados los cadáveres en la casa de los hermanos Vargas González: “Florencio Vargas acompañó por las calles los de sus hermanos” -había sido aprehendido junto con ellos , pero se salvó porque lo creyeron menor de edad, confundiéndolo con su hermano Ramón- y fué quien los entregó a su heroica madre. Cuando ésta los vió llegar, se adelantó a Florencio y le dijo “¡Ay, hijito!, que cerca estuviste de la corona y no la alcanzaste; ahora estás obligado a ser más bueno para merecerla”. El cadáver de Anacleto fué recibido por su esposa, y pronto aquella casa, testigo del buen padre, del apóstol, del inteligente abogado, del magnífico amigo, del elocuentísimo orador, del infatigable, del sublime Anacleto, se convirtió en un jardín de flores de toda la sociedad tapatía en profusión hizo llegar. Cuando todo estaba en silencio, la joven viuda acercó a sus hijos al cadáver de su padre, les mostró aquél rostro con las manchas moradas de los golpes alevosos, aquellos labios que tantas veces los habían besado, partidos y con las gotas de sangre coaguladas; aquellas manos que tantas veces los habían acariciado, desarticuladas por el martirio, aquel pecho abierto por las heridas, aquellos ojos inmóviles, como en un misterioso éxtasis, y ante esas santas reliquias, noblemente veneradas por ser padre y por ser santo:
“Mira -exclamó la viuda dirigiéndose al hijo mayor-, ese es tu padre; ha muerto por confesar la fe, promete sobre este cuerpo que tú harás lo mismo cuando seas grande, si así Dios lo pide”
lunes, 19 de septiembre de 2011
ANACLETO, LA CAUSA ES PRIMERO
Cuando la persecución se hizo más enconada, aquel esposo y padre cariñoso se vio precisado a visitar su hogar sólo de vez en cuando. Tal vez sentía su corazón traspasado por el dolor, pero su ideal, como el de todos los grandes hombres, la causa era primero.
Presintiendo su muerte, y unos días antes, asistió por última vez a su hogar. Parecía despedirse de los seres más queridos, les arrulló y les cantó su oración:
“La Virgen María es nuestra protectora,con tal defensora no hay nada que temer,vence al mundo, demonio y carne,guerra, guerra contra Lucifer”
Su hijo mayor, al recibir el Pan de los Ángeles por primera vez, le envía un saludo, ferviente, humano y sincero:
“Muy querido papacito:Te escribo para decirte que hoy hice mi Primera Comunión. El Niño Jesús me dijo que tú mandabas un abrazo y un beso.Yo te mandé con Él muchas gracias, mamacita y Rulito que te saludan. Hace un año que te fuiste, ahora yo te digo y me dices:“Muchos días de éstos”Le pedí a Cristo Rey que se hagan buenos los que te dieron los balazos y le prometí ser “hombre” como tú.Salúdame a mi madre del cielo y a mi tío Me (Salomé) y a todos, que ya no llore mi mamá, danos la bendición.Tu hijo Ancleto de Jesús”.
viernes, 16 de septiembre de 2011
INTOLERANCIA ILUSTRADA EN MÉXICO
(LA REVUELTA DE LOS CRISTEROS 1926-1929)
Para poder entender la revuelta de los cristeros hay que analizar primero las persecuciones que ha sufrido la Iglesia Católica por parte de los todos los regímenes influenciados por el liberalismo, la masonería y el comunismo internacional liderado por el judío-bolchevismo. Esos regímenes que se han considerados ilustrados o heredados de la ilustración tras la emancipación de la América española en el pasado siglo XIX, apoyados por las logias norteamericanas habidas de poder. Por ello, que analizar la situación de México desde su emancipación cuando la burguesía criolla americana –es decir, blanca—del siglo XIX, ansiosa de liberarse del poder de la Corona española y de la influencia de la Iglesia (para poder explotar sin trabas a los indígenas), se agruparon en logias masónicas locales, intervenidas por fracmasones del norte anglosajón, que ya entonces buscaban penetrar el solar patrio de nuestra América española. Acciones como las que efectuaron en 1810 y 1821, las veríamos recrudecidas en la Guerra hispano-norteamericana de 1898; cuando los ansiosos imperialistas americanos se lanzan a la conquista de un imperio ya muy debilitado, el Español. Perdiendo nuestras más preciadas posesiones de ultramar. Las joyas de la corona de España: Cuba, Puerto Rico y Filipinas, que pasaron a manos de EEUU y Guam, Las Carolinas y las Marianas que fueron vendidas a Alemania en 1899, por 25 millones de $ americanos.
En México las primeras leyes jacobinas y las primeras insurrecciones católicas abarcaron los años 1858-1862. Pero será a partir de 1910, con la irrupción en el panorama ilustrado de un socialismo y un marxismo rampantes cuando la situación alcance un punto crítico.
LAS PRIMERAS PERSECUCIONES RELIGIOSAS EN MÉXICO
La cristiada supone y pone de manifiesto cómo lo que permitió a cualquier hombre de nuestra tierra vivir en libertad perteneciendo a ese pueblo, que es la Iglesia. Los hombres que lucharon y murieron en la guerra cristera la hicieron para afirmar su pertenencia a Cristo, reafirmando que el hombre depende de Dios y no del poder. Durante la larga dictadura del general Porfirio Díaz (1876-1910) el conflicto entre la Iglesia y el Estado conoce un período de tregua. Bajo su gobierno la Iglesia Católica llevo a cabo una “segunda evangelización” desarrollando numerosos movimientos de acción cívica y social dentro del espíritu renovador de León XIII. Pero la caída del presidente demócrata Francisco Madero (febrero de 1913) volvió a atizar la revolución y el nuevo gobierno atacaría a la Iglesia Católica. El carrancismo, que agrupa a las facciones victoriosas de la revolución se distinguiría por su furioso anticlericalismo, al contrario del villismo (Pancho Villa) y el zapatismo (Zapata). Los carrancistas destruyeron iglesias, colgaron sacerdotes y cerraron conventos, considerando a la Iglesia el enemigo del Estado. El gobierno del general Venustiano Carranza que dirigió los infortunados designios de México (1916-1920)..llevó a cabo una dura represión contra los católicos. Durante las revueltas para conseguir el poder intensificó los ataques a la Iglesia Católica. Sus tropas hicieron auténticos desmanes y tropelías de actos inhumanos contra sacerdotes y religiosas quemándolos y mutilándolos. Aún hoy en día se conoce en México “carrancear” la acción de robar y atropellar. En 1917 consiguió que el Congreso mexicano (compuesto exclusivamente de carrancistas) apruebe la Constitución de Queretano, profundamente anticlerical y atea.
La reforma liberal de Juárez no se caracterizó solamente por su sectarismo antirreligioso, sino también porque justo a la desamortización de los bienes de la Iglesia, eliminó los ejidos comunales de los indígenas. El período de Juárez se vio interrumpido por un breve período en el que por imposición de Napoleón III, en la expedición militar franco-española, ocupó el poder Maximiliano de Austria (1864-1867), y fusilado en Quereteno, poco más tarde. A Juárez le sustituyó en el poder Sebastián Lerdo Tejada (1872-1876). Quien había estudiado en el Seminario de la Puebla, Tejada acentuó la persecución religiosa, permitiendo el incendio de iglesias y el asesinato de sacerdotes. Durante ese gobierno se expulsó de México a las –Hermanas de la Caridad— que sumaban unas 500 aprox. y atendían a unas 15.000 personas. Todos estos actos provocaron otro alzamiento armado llamado de los Religioneros (1873-1876) cuando el campesinado católico se armó y luchó contra el gobierno ateo de Tejada.
Durante el Gobierno del general Álvaro Obregón (1920-1924) las relaciones entre el Estado y la Iglesia fueron aún más tensas, sin poder llegar a un acuerdo conciliador. Los choques entre los miembros del CROM organización sindical de inspiración marxista-leninista y los de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) se convirtieron en noticia cotidiana. Aunque también hay que destacar que aquellos años fueron convulsos no tan sólo por el enfrentamiento militar y la guerra civil que sacudió el país durante años sino por el sinfín de asesinatos que pusieron fin a la vida de sus presidentes; el presidente Madero fue asesinado en 1913, Zapata es asesinado en 1919, el presidente Carranza en 1920, Villa en 1923, y el general Obregón, más tarde presidente, también sucumbirá ante las balas asesinado en 1928. Las revueltas campesinas, los golpes de Estado y el crimen se convierten en la norma política.
EL CONFLICTO ENTRE EL ESTADO Y LA IGLESIA
Desde los inicios del Cristianismo en México siempre ha habido problemas entre la Iglesia y el Estado, problemas que iban desde represalias como las hubo en la Nueva España (nombre antiguo de la República Mexicana) hasta grandes rebeliones y muertes como en la cristiada. El capítulo más virulento de este enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado duró tres años, desde 1926 hasta 1929, con el movimiento armado de los Cristeros.
El ejército federal esta compuesto en 1927 por unos 80.000 hombres, sin contar las milicias agraristas que son armadas para combatir a los cristeros y que en su mejor momento cuentan con 20.000 hombres. Además el gobierno cuenta con 8.000 hombres de tropa de los Estados y unos 6.000 policías rurales. El Estado Revolucionario cuenta con unos 115.000 efectivos para combatir a las Cristiada, además de un presupuesto importante del Estado que le dedica sus mejores partidas; cuenta con fábricas de armamento, con 14.000 oficiales, asesores norteamericanos, artillería y aviación, la fuerza aérea mexicana participará en la operación con más de 60 aeronaves. Por su contra, los cristeros movilizan a más de 200.000 efectivos..mal armados al principio, sin artillería, ni aviación, ni con suficientes municiones..pero con un aliado mucho más fuerte, su fe en Dios. La infantería federal fue ineficaz y sólo sirvió para defender las guarniciones o para proteger las líneas férreas. En cuanto a la caballería federal, fue ampliamente inferior a la cristera, que se caracterizaba por sus hábiles jinetes y conocedores del terreno. Los federales utilizan la técnica de las “concentraciones”, llevada a cabo por Weyler en Cuba. Es una táctica tan sencilla como cruel. Como característica a señalar en esta guerra, decir que el ejército federal no hace prisioneros: interroga y después fusila, degüella o ahorca a los cristeros. La guerra cristera se presenta como una guerra de desgaste donde ninguno de los bandos contendientes parece capaz de someter al otro. Un agregado militar norteamericano señala la ausencia de un jefe supremo entre los cristeros como factor de su posible derrota. La persona escogida es el general Enrique Gorostieta, un antiguo héroe militar mexicano. Los cristeros se especializan en los sabotajes y asaltos a trenes, de tal forma que el ejército federal se queda prácticamente bloqueado. Las deserciones en el ejército federal empiezan a ser muy frecuentes y preocupantes, llegando a la cifra de 30.000 en 1928. La guerra se desarrolló entre 1926-1929 y el gobierno tuvo que aceptar un compromiso debido al tremendo apoyo popular que levantaron los cristeros a su paso. El avance se vio frenado por la orden llegada de la Santa Sede de deponer inmediatamente las armas, y que, a pesar de los éxitos fue inmediatamente obedecido por las tropas cristeras. Hubo muchos fusilados que morían al grito de “¡¡Viva Cristo y Nuestra Señora de Guadalupe!!” Entre ellos estaba el padre Miguel Agustín Pro, beatificado por Juan Pablo II en 1988. El 22 de noviembre de 1992, en la solemnidad de Cristo Rey, Juan Pablo II beatifica a 22 sacerdotes mexicanos y a tres jóvenes laicos de la Acción Católica, martirizados durante la Guerra Cristera.
Los combatientes católicos son conocidos despectivamente durante la guerra cristera por sus enemigos como los Cristos Reyes o los Cristeros; ya que su signo es un crucifijo en el pecho, su bandera la mexicana con la Virgen de Guadalupe y sus gritos de guerra: ¡¡Viva Cristo Rey!! y ¡¡Viva la Virgen de Guadalupe!! Por ello, no se puede entender la historia de México, sin la labor evangelizadora de los españoles. Como el vasco Juan de Zumárraga, obispo de México en 1531. Pero para entender la situación convulsa que llevó al enfrentamiento eclesiástico en México, lo debemos a la mala política de los Borbones. Con los Austrias, sus gobernantes sabían respetar a la Iglesia. No así, los Borbones que entienden la modernidad como el sometimiento de la Iglesia al poder político. La persecución del Rey Carlos III y sus ministros masones contra los Jesuitas llega a Nueva España donde 500 padres de la Compañía de Jesús son expulsados. Ya en 1767 el pueblo mexicano se arma y se amotina contra la expulsión. Con esta no será ni la primera ni la última revuelta armada de los católicos mexicanos por defender su tradicionalismo religioso.
La paradoja es que, el único país moderno que mantiene una constitución atea en vigor es México. Que además es el país que acoge con más júbilo la llegada y visitas del Papa, y el que sostiene el santuario más visitado del mundo: Guadalupe.
En 1927 los principales jefes militares que combatieron a los cristeros fueron los generales Eulogio Ortiz, Anacleto López y Gonzalo Escobar, designándose a este último como jefe de la campaña. Y los héroes de la Cristiada, los campesinos armados que fueron dirigidos por hombres como los generales Fermín Gutiérrez, Enrique Gorostieta o Luis Ibarra; el coronel José Bejarano, o Anatolio Partida. Los capitanes; Sebastián Bañuelos, Miguel Anguiano, Sebastián Arroyo, Cisneros y Arreola entre otros. La revuelta que duró tres años, fue llevada a cabo por el movimiento campesino autónomo más importante de América Latina durante el siglo XX. El levantamiento supuso la reacción de una sociedad campesina, tradicional y católica contra el autoritarismo del Estado nacido de la Revolución de 1917. Además un evento de la historia de considerable importancia y que no es tratado en ningún libro de texto. Hay que tener en cuenta que los grandes movimientos contrarrevolucionarios de la historia moderna, y el de los cristeros en particular es un movimiento popular, que se alzó para defender un modo de vida contra una reforma anticatólica que pretendía borrar al Cristianismo de América Latina. Los Cristeros se alzaron como los antiguos Cruzados de la Edad Media para defender lo más sagrado de su existencia, la Fe en Dios. Y como tal deben ser recordados como héroes, y tratados como soldados. Porque como manda la Ordenanza del Requeté, los soldados de la Tradición, habrán de tener su puesto en el Reino de Dios. Los Cristeros al igual que los Requetés lucharon por la misma causa, su Fe en la Tradición. Y en consecuencia, no debemos olvidarnos de sus históricas hazañas y lamentablemente de las persecuciones, torturas y asesinatos a los que fueron sometidos los Cristeros por creer en Dios. Si hoy podemos hablar de existencia del cristianismo en México es gracias a los cristeros, que supieron ser fieles a Dios y a la Iglesia en todo momento y hasta las últimas consecuencias.
David Odalric de Caixal i Mata
D. DAVID ODALRIC DE CAIXAL I MATA
Historiador colaborador del Instituto de Historia y Cultura Militar del Ejército.
Historiador colaborador Foundation Ecole Militaire de Saint-Cyr.
Historiador colaborador US Army Military History Institute.
Historiador colaborador The Strategic Studies Institute of the Army War College.
Historiador colaborador del Aula de Cultura de Defensa.
Historiador Colaborador del Museo Nacional Militar del Dia-D (Universidad de Nueva Orleans-EEUU).
Miembro de la Real Hermandad de Veteranos de las Fuerzas Armadas y Guardia Civil.
Historiador colaborador del Instituto de Historia y Cultura Militar del Ejército.
Historiador colaborador Foundation Ecole Militaire de Saint-Cyr.
Historiador colaborador US Army Military History Institute.
Historiador colaborador The Strategic Studies Institute of the Army War College.
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