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sábado, 9 de marzo de 2013

OBISPO JOSÉ DE JESÚS MANRÍQUEZ Y ZÁRATE


José de Jesús Manríquez y Zarate
1er. Obispo de Huejutla, Hidalgo.
“El Obispo Hombre”.

Nace en León de los Aldama, Guanajuato el 9 de noviembre de 1884, hijo del Maestro Joaquín Manríquez y María de Jesús Zarate. En 1896 ingresó al Seminario Conciliar de León donde cursó Humanidades, Filosofía y los dos primeros años de Teología, trasladándose a la ciudad de Roma el 15 de agosto de 1903 para ingresar en el Pontificio Colegio Pío Latinoamericano.

Recibió la ordenación sacerdotal de manos del Cardenal Gasparri, Vicario General de Roma, el 28 de octubre de 1907, celebrando su primer misa en la Basílica de San Pedro el 1 de noviembre de ese mismo año, usando una casullos del Papa Pío IX. En 1909, alcanzó el grado de Doctor en Derecho Canónico.

En el libro de sus recuerdos, escrito en 1927, señala:

«Lleno de Bríos y de santas ilusiones para trabajar por la causa de Jesucristo, llegue a México procedente de la Ciudad Eterna en julio de 1909. Fui recibido muy fríamente por las autoridades Eclesiásticas de aquel entonces. La sede episcopal de León estaba vacante y al frente del gobierno estaba el Sr. Canónigo don Pablo Torres. Este señor me sujetó a examen sinodal y los Canónigos que me examinaron me pusieron a traducir latín, no obstante haber conquistado en Roma las tres borlas de Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Estas humillaciones no dejaron de abatir un tanto mi sensibilidad, máxime cuando en lugar de darme un cargo honorífico en el orden humano, se me nombró simplemente coadjutor de la Parroquia del Sagrario. Sin embargo, habiendo aprendido en Roma a obedecer, pronto me rehíce y me entregué completamente en las manos de Dios, sin violentar en nada las trazas de su amadísima Providencia»

De la parroquia del Sagrario, pasa en noviembre de 1909 al Seminario Conciliar como Prefecto del Clerical. Posteriormente en enero de 1911 es nombrado cura de la parroquia de Guanajuato, cargo que ocupó durante 10 años, ya que en enero de 1921 fue nombrado Canónigo Doctoral en la Catedral de León.

El 11 de diciembre de 1922 es preconizado primer Obispo de Huejutla, Hidalgo y el 4 de febrero de 1923 se consagra Obispo en la Catedral de León. Toma posesión de su Diócesis el 8 de julio de 1923.

Huejutla se erigió Diócesis por la Bula “Inter Negotia” del 24 de noviembre de 1922, ejecutada el 1 de julio de 1923. Abarcando parte de Hidalgo, Veracruz y San Luis Potosí, en la Huasteca. Lo que más abundaba en ese territorio era la pobreza. Desde luego se propuso la evangelización de esos pueblos abandonados y alejados de la civilización.

Le tocó organizar el gobierno eclesiástico de Huejutla excepcionalmente, pues fue Prelado, párroco, vicario, sacristán, campanero y hasta barrendero.

Mons. Manríquez y Zarate fue el primer Obispo en denunciar públicamente la política de Calles desde 1925. En su sexta Carta Pastoral publicada el 10 de marzo de 1926 declaró que los artículos de la Constitución violaban los derechos humanos. Y añadía:

«Reprobamos, condenamos y anatemizamos todos y cada uno de los crímenes cometidos por el Gobierno mexicano en contra de la Iglesia Católica en los últimos días, sobre todo su no bien disimulada intención de acabar de una vez para siempre con la religión Católica en México… Ha declarado (también) últimamente el señor Presidente de la República que considera que de la aplicación de los artículos atentatorios de la Constitución en materia religiosa, no ha surgido ningún problema de importancia en el país, y que todo se ha reducido a protestas más o menos escandalosas en que actúan solamente mujeres, sin tener los individuos del sexo masculino el valor suficiente para presidirlas y capitanearlas en sus heroicas empresas. Miente el Sr. Presidente de la República al asentar tal afirmación… Debe saber que acá, en estas lejanas tierras sumidas perpetuamente en la barbarie, y bañadas por un sol africano, existe un hombre, un cristiano, que tendrá el valor, con la gracia divina, de sufrir el martirio, si es necesario, por la causa sacrosanta de Jesucristo y de su Iglesia. Solo pide una gracia al jacobinismo, si es que el jacobinismo puede conceder favores: de que no se le asesine por la espalda. Si el gobierno jacobino exige de los católicos mexicanos el verdadero valor cristiano, nosotros tenemos derecho de pedir, de exigir de nuestros verdugos siquiera el valor y la osadía de los Cesares de la Roma pagana…».


La reacción del gobierno no se hizo esperar, en seguida fue consignado por el Secretario de Gobernación al Procurador General de la Nación, quien turnó el asunto al Juez de Distrito del Estado de Hidalgo, que giró una orden para que se presentara ante el a declarar pero no le obedeció. El 13 de mayo de 1926 llega a Huejutla el coronel Enrique López Leal al frente de 500 soldados con la consigna de tomar preso a Mons. Manríquez, quien es conducido a Pachuca al juzgado donde declaró “Que comparecía por la fuerza, ya que no reconocía competencia a los tribunales civiles para juzgar a las autoridades eclesiásticas”. Se le fijó como prisión los anexos del templo de La Asunción en Pachuca, donde estuvo preso por 11 meses hasta abril de 1927, cuando fue conducido a la Ciudad de México, concretamente a la Inspección de Policía. Durante su traslado le conminó un oficial militar a que se despojara de sus ropas episcopales a lo que Mons. Manríquez se negó y le pregunta al militar:

- ¿Por qué no se quita usted su uniforme?
- Porque este es mi uniforme militar
- Pues este es mi vestido de Obispo. – Repuso el prisionero.

El 22 de abril de 1927 fue subido en un tren con rumbo a la frontera de los Estados Unidos donde fue desterrado. No volvió a la Patria sino hasta 1944. Se estableció primero en Laredo, después en Los Ángeles, California y finalmente en San Antonio, su lugar definitivo.

Uno de los puntos para que los arreglos se llevaran a cabo el 21 de junio de 1929 fue que se le pidió a los obispos mediadores, Leopoldo Ruíz y Pascual Díaz que los obispos Manríquez y Zarate y González y Valencia no regresaran al País y que el Arzobispo Orozco y Jiménez saliera del mismo.

Nunca estuvo de acuerdo con los Arreglos con el Gobierno. Dirigiéndose al comité Directivo de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, en la persona de Miguel Palomar y Vizcarra, el 25 de junio de 1929, desde Los Ángeles, al tener noticia de los Arreglos del 29 les dice: “Esto es terrible, señores; y yo ahora me encuentro embargado de un tedio profundo y de una tristeza mortal… Quisiera que esta carta fuera una elegía, algo así como una lamentación inmensa que resonase en los ámbitos del mundo, semejante a la de Jeremías, llorando y gimiendo amargamente sobre las ruinas y escombros de la antes dichosa Jerusalén… Yo deseo que todos ustedes que aman a Jesucristo y a la Patria, desahoguen su inmenso dolor llorando también y con gemidos inenarrables, deplorando las desdichas de la Religión y de la Patria”.

El 24 de octubre de 1929 el Papa Pío XI lo recibe en audiencia especial. Durante la prolongada entrevista el Papa escucha con especial atención a Mons. Manríquez quien da detalles pormenorizados de la situación de la Iglesia en México, oprimida y atribulada.

El 6 de julio de 1939 renuncia al gobierno Diocesano de Huejutla y recibe el nombramiento como obispo titular de Verbe. Regresa por fin al País el 8 de marzo de 1944. Estuvo en el Arzobispado de México como Obispo Auxiliar y el 7 de septiembre fue nombrado Vicario General del Mismo Arzobispado. Murió el 28 de junio de 1951.

Monseñor Manríquez y Zarate fue el primer promotor de la causa de Beatificación de Juan Diego.


sábado, 25 de diciembre de 2010

Carta de Luis Navarro Origel a su esposa. CRISTEROS

25 de Diciembre de 1926
Querida esposa:


¿También te angustia y te acongoja el pensamiento de la utilidad o inutilidad de mis pobres esfuerzos, la posibilidad o la probabilidad del éxito en el negocio? -del triunfo de la epopeya cristera- ¿O al menos la seguridad de contar con lo necesario, en efectivo y mercancías?... ¡Es muy natural y muy humana y racional tal angustia y preocupación!... ¡Pero recuerda que en este asunto, la salvación y salud de una Nación, mucho más todavía que en los individuos, no entra en juego solo lo natural y humano, sino también y principalmente lo sobrehumano, lo sobrenatural y divino!... Y si Dios Nuestro Señor quiere que venga la salvación por medio de los esfuerzos humanos y obrando al parecer solamente los acontecimientos naturales y ordinarios, ¡bien sabemos que éstos, es decir, los acontecimientos aún los puramente humanos y naturales que han de salvar a nuestra Patria y a nuestro pueblo, no son puramente las victorias que no lo transformarían sino superficialmente y quizá políticamente! Dios quiere más, mucho más de este pueblo: quiere hacer de él un modelo en el mundo, quiere enseñar al universo; ¡qué gloria tan grande puede darle un pueblo que en verdad sea suyo y quiera alabarlo y glorificarlo! Y bien sabes que esto no lo harán jamás, no podrán nunca esa transformación las victorias solas, sino los sacrificios, las víctimas, la sangre que todo lo fecundiza, que todo lo engrandece, que todo lo santifica, desde que fue derramada aquella Sangre Divina y que aún se inmola y seguirá inmolándose hasta la consumación de los siglos. ¡Porque el valor de la sangre es insustituible, porque el clamor de la sangre es un clamor terrible, que siempre llega y conmueve el Corazón de Dios!... Por lo mismo aquí sólo hacen falta sacrificios; nuestra Patria para salvarse sólo necesita vidas inmolada, cuya inmolación esté santificada por el amor de Cristo. Para lavarse de tanto horror, de tanta abominación de crímenes que van siendo ya seculares, este suelo necesita sangre, pues las afrentas y las ofensas terribles hechas a Dios por un pueblo, sólo con sangre se limpian. por otra parte, que la hora de la Misericordia, y de la Clemencia y del Perdón y del Amor ha sonado ya para México: ¿Dime tú  misma si no es evidente que ha sonado ya? ¿No es la hora del amor la que ha sonado para nuestra querida Patria si vemos que el Dolor ha llamado a todos los hogares que son verdaderamente mexicanos? ¿No es la hora del Perdón y de la Clemencia y de la Misericordia la que ha sonado si vemos que las víctimas se multiplican; que ha empezado a verterse la sangre generosamente derramada, la amada y santa sangre mexicana, la sangre mexicana, la sangre nuestra, de nuestros queridísimos hermanos? Y apenas ayer empezó a derramarse y es tanta y tan generosamente ofrecida la que estaba y está dispuesto a derramar nuestro Pueblo que amenaza inundar este suelo y salpicarlo todo; esto es lo que hacía falta, que no quede rincón de este suelo amado que no se lave con sangre, que no se santifique con el sacrificio. Por lo mismo ninguna vida sacrificada es inútil, ningún sacrificio es estéril. Por lo contrario, sólo es necesario, indispensable, insustituible; sólo eso no puede ser reemplazado; porque sólo eso pide el Señor para hacer grande y feliz a este pueblo. Las victorias vendrán después seguramente; pero ahora sólo sangre, solamente vidas inmoladas se necesitan"




Luis Navarro Origel


Es considerado el primer cristero de renombre levantado en armas, nació en Pénjamo, Guanajuato, México el 15 de febrero de 1897.

Fue alcalde de su natal Pénjamo, electo por el pueblo y proclamaba su fe desde el Salón de Cabildos de la Casa Municipal. Se inscribió desde el primer día en las listas de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa, miembro prominente de la ACJMy fue uno de sus más relevantes y valiosos adalides. Fundó comités de la liga en Pénjamo, Abasolo, Irapuato, La Piedad y Zacapu.

Al no estar de acuerdo con las políticas gubernamentales, finalmente resolvió empuñar las armas el 29 de septiembre de 1926 tomando la ciudad de Pénjamo, aniquilando a la defensa local y apoderándose de los elementos de guerra de que disponía el gobierno.

Sostuvo un combate en Cuerámaro y otro en Barajas y pudo protegerse de la retirada cerca de Corralejo. El campo de operaciones de Luis Navarro fue la costa de Michoacán, faja de territorio que yace entre los Estados de Guerrero y Colima. Al llegar a Coalcomán se cambió de nombre haciéndose llamar Fermín Guitiérrez. Murió en combate el día 9 de agosto de 1928 en Las Higuerillas sector Tuxpan.

sábado, 13 de noviembre de 2010

¡NON OMNIS MORIAR! ANTONIO ACUÑA RODRIGUEZ

Rancho “El Cedrito” en el estado de Coahuila, un frío amanecer del 13 de enero de 1927. Antonio Acuña y su asistente, un joven de nombre Teodoro Segovia, van a ser fusilados por manos de soldados federales. ¿El motivo? Se trata de dos jóvenes cristeros, defensores de la causa de Cristo Rey en México, caídos prisioneros.

Antonio cuenta sólo con 20 años de edad y es uno de aquellos generosos muchachos como José Sánchez del Río, Tomás de la Mora, Zenaida Llerenas, Salvador Vargas, José Valencia Gallardo o Manuel Bonilla, entre otros muchos, que son auténticos héroes y orgullo de la Patria, porque les tocó vivir una etapa histórica especialmente difícil y ellos respondieron con una altura de ánimo admirable, ya que no dudaron en sacrificar sus vidas en aras de los más nobles ideales que puede proteger un ser humano, la defensa de la libertad religiosa y el honor debido sólo a Dios.

Antonio Acuña Rodríguez era un joven coahuilense que vivía en la capital, Saltillo. Para todos sus conocidos se trataba de un muchacho ejemplar, afable y lleno de vitalidad. Era muy querido por sus amigos y por los adultos, pues todos admiraban su noble comportamiento en el que destacaban varias virtudes, como la nobleza de carácter, la valentía y la fidelidad a la palabra dada.

El secreto de Antonio consistía en que desde muy joven se había afiliado a la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), de la cual había abrazado sus altos ideales, ya que dicha organización buscaba la formación varonil y cristiana de los jóvenes mexicanos al servicio de la Patria.

Desde los tiempos de la revolución de Carranza, 1914 y en adelante, la tempestad de la persecución religiosa se había abatido sobre México. Los sacerdotes y los católicos se veían penalizados en el sagrado derecho de su libertad religiosa por ciertas leyes gubernamentales. La constitución de 1917, promulgada en Querétaro, se mostraba abiertamente hostil contra la Iglesia católica y la libertad religiosa de los ciudadanos, que es un derecho humano primario.

Para colmo, desde que entrara a la presidencia, en 1924, el gobierno persecutor de Plutarco Elías Calles se había hecho oídos sordos al diálogo y con su intransigencia logró exasperar los ánimos de la buena gente, provocando con su irresponsable actuación el levantamiento popular de los católicos en defensa de la Patria y de sus valores más sagrados.

Los alzamientos populares comenzaron a mediados de 1926 en diversas zonas rurales de los estados centrales de Jalisco, Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas, Michoacán, y rápidamente los ecos llegaron también a las regiones del norte del país. Como muchos otros jóvenes coahuilenses, Antonio se estremeció de indignación al saber que el ejército federal se lanzaba contra los defensores de la causa de Cristo Rey. ¡No, él no podía quedarse con los brazos cruzados cuando en torno a él aumentaban las profanaciones de los templos, los sacrilegios y se dilataba la violenta persecución que amenazaba segar la fuente del valor cristiano en los pechos de los buenos creyentes de todas las edades!

El patrimonio histórico de una nación

La memoria histórica de una nación es un componente esencial de su identidad y un elemento que ayuda a explicar mejor el presente. Quien se olvida de la memoria histórica, o peor aún, quien desea cancelarla se ve en el difícil dilema de vivir en el presente sin saber interpretarlo.

Pretender borrar la historia –ciertamente algo peor es deformarla o manipularla alevosamente– significa el rechazo a juzgar la actualidad con la experiencia de los hechos pasados para olvidar los errores cometidos, o no preocuparse de conocer los ejemplos de personajes históricos dignos de reconocimiento.

Por el contrario, recuperar y valorar la memoria histórica de la nación es un modo de imbuirse en el pasado, mas no con la vana ilusión de reproducirlo anacrónicamente, sino para aportar enseñanzas valiosas que sirvan para iluminar el presente y el porvenir que se debe construir. Es la verdad de los hechos históricos junto con las enseñanzas obtenidas, la luz que ilumina los pasos de una nación y de su porvenir.

En este sentido, los hechos históricos de la Cristiada son todavía poco conocidos en el México moderno, pero hay que advertir que con frecuencia han sido silenciados deliberadamente, y otro tanto manipulados para ocultar la verdad. Pero los nombres de los héroes y de los mártires están ahí y no pueden ser silenciados o ignorados. Por eso es muy oportuno rescatar su memoria del olvido para conocer lo que hicieron y para sacar lecciones civilizadoras que puedan motivar a las jóvenes generaciones.


Dios es primero

Ante la vista de los atropellos que se cometían, Antonio comprendió que había llegado el momento de actuar. ¿Por qué, si no para esa ocasión, se había estado alimentando to-dos los días desde chico, cuando hizo su primera comunión con el Pan eucarístico? ¿Qué era lo que había aprendido como entusiasta miembro de la ACJM, sino que es preciso defender el honor de Dios antes que claudicar delante de los hombres?

El año 1926 tocaba a su fin cuando Acuña, al igual que otros jóvenes de corazón generoso, se alistó en la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, dispuesto a afrontar los sacrificios que esto le supusiera. Desde el inicio su entusiasmo, su deseo de servir a los compañeros de ideal, su valor sereno y su ejemplo bastante conocido en la sociedad saltillense, le designaban para un puesto de mando en el estado mayor de la Liga. Así fue; pronto resultó nombrado delegado por Saltillo, a pesar de su juventud, y se entregó con todas sus energías a desarrollar las actividades pacíficas, que primero ensayó la Liga, pero que no quedaban exentas de peligros para su misma persona, en caso de ser descubierto como miembro de la LDLR.

Antonio soñaba con estudiar en la universidad para capacitarse entre los mejores y poder adquirir un título profesional, que el día de mañana le permitiera ser un hombre de provecho en la sociedad. Pero las circunstancias difíciles que le tocaban vivir y los deberes sagrados con Dios y con la Patria estaban en primer lugar que sus intereses personales, así que no dudó cuando tuvo que elegir. Sabía muy bien todo lo que arriesgaba, pues su activa filiación católica en aquella Liga sería más tarde quizá un obstáculo para terminar su carrera y alcanzar las metas que se había propuesto. Claro, todo esto suponiendo que saliera con vida de la empresa en que se había metido.

Mas ahora no importaba eso delante del deber imperioso de salir en defensa de Cristo Rey y de la Iglesia que veía sus derechos ultrajados en aquel pobre México sometido a la prueba por sus perseguidores. Ese era el presente y ese era el reto y noble ideal por el que apostaría generoso sus veinte años cargados de vitalidad. Pero, ¿y si moría? Pues él estaba dispuesto a dejar la vida sirviendo a la Patria, quien tiene el derecho de esperar que sus mejores hijos la sirvan, poniendo en el empeño los dones de inteligencia y de corazón que Dios les da.

Los jóvenes mexicanos de aquella generación no dudaron en dar su vida para hacerla progresar en la verdad y darle a México un nombre entre las demás naciones libres de la tierra. En cambio, ¡cuántos jóvenes y adultos vagan hoy sin esperanza, sin ideales altos, sin ley ni amor a Dios, cuyo santo temor es el principio de una vida recta y feliz! Hoy parece que los mercenarios del alma, gentes sin escrúpulos ni valores morales, se los arrebatan y les hablan de falsas libertades, les aturden los oídos con derechos inexistentes y contrarios a la naturaleza humana.

Antonio no deseaba morir para servir de ejemplo a las futuras generaciones de jóvenes, ni para que se hablara de él con admiración o tal vez con recelo. Nada de esto le importaba. Él quería sencillamente ofrendar su juventud por Cristo, acudiendo a la llamada de la Patria que estaba siendo vejada y deshonrada en su misma alma católica, en la que radica la esencia de su misma identidad mexicana. Si moría por defender los derechos sagrados de la libertad religiosa de las personas, entonces lo hacía basándose en el ideal puro en su mente y por un fuego de amor que ardía en su corazón. Para ello se había enlistado en la LDRL.

El Ejército liberador de Cristo Rey
Las actividades de resistencia pacífica de la Liga, como el boicot que organizaron contra la compra de los artículos de consumo producidos por el Estado no prosperaron, pues salvo en Jalisco y en algunas regiones del centro, en el resto del país no encontraron la misma resonancia civil. Mientras 1926 llegaba a su fin, la persecución religiosa en México aumentaba de tono. Los asaltos a los templos y parroquias por parte de grupos comunistas denominados “camisas rojas”, las vejaciones y también los asesinatos de católicos, se multiplicaban en diversos puntos de la geografía nacional.

Estaba al orden del día la expulsión fuera del territorio nacional de sacerdotes y de obispos, por el mínimo pretexto. El gobierno de Calles creía que gozaba de total impunidad y libertad para imponer por la fuerza sus leyes inicuas en una nación que veía cómo le pisoteaban sus derechos más sagrados.

También el episcopado mexicano había actuado, pero para ordenar el 31 de julio de 1926 el cese temporal del culto religioso y el consecuente cierre de los templos, iglesias y oratorios de todo el país; lo hacían con el fin de proteger a los sacerdotes que vivían perseguidos y para evitar los actos sacrílegos en los lugares sagrados. Los sagrarios de los templos e iglesias quedaron entonces vacíos y en muchos de ellos la gente había puesto carteles con la leyenda “NO ESTÁ AQUÍ”.

Fue entonces que los buenos católicos no pudieron permanecer más tiempo impasibles ante la vista de tantos desastres e injusticias, y, comenzando por el centro, se levantaron los primeros núcleos de defensores que tomaron las armas para hacer valer sus derechos sagrados. Eran hombres y jóvenes, campesinos en su mayoría, tal vez mal vestidos y pobres de caballos, de armamento y de otros bienes materiales indispensables, pero riquísimos en los más nobles sentimientos de amor a Jesucristo, a la Virgen de Guadalupe, a la Iglesia y al Papa, y llegarían a formar el Ejército Libertador de Cristo Rey.

Antonio Acuña no tardó en alistarse dentro de sus filas, en su tierra natal. Siempre había sido un valiente muchacho y ahora ya era un soldado de Cristo Rey. Por su resolución y su valor, desde el primer momento se colocó al frente de uno de aquellos núcleos, y también se esforzó por reclutar a más defensores. Los jefes de la Liga admiraban el valor y la decisión del joven Acuña, de manera que le dieron el grado de mayor, en el incipiente ejército libertador.

Soldado de Cristo Rey

Como soldado de Cristo Rey su trayectoria resultó muy breve. En Coahuila eran pocos los núcleos alzados en armas y por este motivo, la resistencia fue menor que en otros lugares de México. En realidad hay muy pocos datos acerca de las actividades de estos jóvenes cristeros saltillenses. El caso es que Antonio cayó prisionero, junto con su asistente, Teodoro Segovia, a inicios de 1927. Se les condujo ante las autoridades militares y se decretó la pena máxima contra ellos, y esta disposición debería llevarse a cabo en la mayor brevedad posible, sin previo juicio y sin la posibilidad de la intervención de algún abogado a su favor. Los soldados federales que recibieron la orden sintieron una profunda pena por tener que fusilar a un joven tan amable, tan atractivo por su gentileza y su bondad de corazón, además de tan valiente y conocido en la sociedad.

Alguno le rogó que tuviera consideración de su propia juventud y de su futuro, que se truncaba de modo tan triste; que pensara en los miembros de su familia, en sus amigos. Le prometieron que si renunciaba a la defensa cristera y se unía a los federales, le perdonarían la vida y que hasta podría conservar su mismo grado militar en el ejército. Pero a los ojos y oídos de Antonio todo aquello equivalía únicamente a traicionar a Cristo y la santa causa que defendía, por la que estaba dispuesto a sacrificar su misma vida.

—¡Morir! No crean que eso me apena. Moriré en la tierra, pero viviré eternamente en el cielo con Cristo Rey, a quien he querido servir siempre. ¡Soldados, cumplid con este encargo! También ustedes son católicos y dan muerte a un hermano en la fe. No los culpo, porque sirven al ejército nacional y obedecen las órdenes de sus jefes. Adelante pues, que los perdono de corazón.

Así fue como Antonio y su asistente Teodoro Segovia, dos jóvenes valientes, cayeron fusilados en el rancho llamado “El Cedrito”, en un triste amanecer del 13 de enero de 1927.





¡NON OMNIS MORIAR!

Aquel gallardo joven de veinte abriles,
encanto y esperanza de un noble hogar,
al sentirse hecho blanco de los fusiles,
afirmó sus hermosos rasgos viriles
y miró a sus verdugos sin pestañear.

"Soldados" -Dijo luego con voz entera-:
"Es mi última palabra... voy a morir...
pero no muero todo, Cristo me espera...
ya, teñida en mi sangre, ved su bandera
flotar sobre la Patria y el Porvenir...
En México sus iras vuelca el Infierno,
el tirano se encumbra, gime la ley.
Y yo muero... no importa...Cristo es eterno...
Ustedes son soldados de un mal gobierno,
pero yo soy soldado de Cristo Rey".

Una pausa suprema... brilla la hoja
de una espada desnuda... signo fatal...
Un cadáver encharca la tierra roja, 
y estremece las ramas una congoja:
es el viento que bate su funeral.

Duerme en paz en tu fosa, joven soldado,
con la tierra sangrienta por ataúd...
No dormirá tu nombre, será el sagrado
grito de las batallas, pues ha jurado
salvar a nuestra Patria, la juventud.

Cuando por fin, vencido, ceda el Infierno,
el tirano sucumba, triunfe la Ley,
sonará, son de bronce, tu grito eterno:

"Ustedes son soldados de un mal gobierno, 
pero yo soy soldado de Cristo Rey"

viernes, 18 de junio de 2010

MIGUEL GÓMEZ LOZA.

Nació en Paredones, en la región de Los Altos, Jalisco, México el 11 de agosto de 1888. Pasó la infancia en su pueblo natal y frecuentó la primaria en la parroquia del lugar. Posteriormente emigró a Guadalajara para estudiar derecho. Participó en muchas iniciativas para promover la formación humana y cristiana de los trabajadores y fue de los socios fundadores de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. En 1922 se casó con María Guadalupe Sánchez Barragán, con la cual tuvo tres hijas. Siempre defendió en sus actividades de abogado y notario a los más pobres y a los católicos tratados injustamente. Por esta actividad esforzada muchas veces sufrió cárcel. En 1925 fue honrado por la Santa Sede con la Cruz «pro Ecclesia et Pontifice». El 21 de marzo de 1928 fue capturado y asesinado después de sufrir crueles tormentos.





LUIS MAGAÑA SERVÍN.


Nació en Arandas, Jalisco, México, el 24 de agosto de 1902 y frecuentó la primaria en la escuela parroquial del lugar. Trabajó con su padre en el taller de curtiduría de la familia. Fue miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento. En 1926 se casó con Elvira Camarena Méndez, con quien tuvo dos hijos. Durante la persecución contra la Iglesia se entregó a los soldados para salvar la vida de su hermano. El día 9 de febrero de 1928, mientras elevaba, en sus últimos momentos, himnos a Cristo Rey, fue fusilado.



SALVADOR HUERTA GUTIÉRREZ.


Nació en Magdalena, Jalisco, México el 17 de marzo de 1880 y todavía niño se trasladó con su familia a Guadalajara. En 1907 casó con Adelina Jiménez, con quien tuvo 11 hijos. En 1921 se inscribió a la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento. El 2 de abril de 1927 fue hecho prisionero y torturado. El siguiente día fue fusilado.






RAMÓN VARGAS GONZÁLEZ


Nació en Ahualulco de Mercado, Jalisco, México, el 22 de enero de 1905. De joven emigró a Guadalajara con su familia, se inscribió en la Asociación Católica de la Juventud Mexicanae ingresó a la Universidad de la ciudad para estudiar medicina. Fue diligente en cumplir sus propias obligaciones y sobresalió por su espíritu de oración. Se entregó a los perseguidores en lugar de su hermano mayor. Junto con su hermano Jorge fue fusilado la noche del 1º de abril de 1927.





JORGE VARGAS GONZÁLEZ


Nació en Ahualulco de Mercado, Jalisco, México el 28 de septiembre de 1899. Emigró a Guadalajara en compañía de su familia. Se inscribió en la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. Sobresalió por su ferviente devoción a la Santísima Virgen María. Al recrudecerse la persecución contra la Iglesia, fue aprehendido. No temió ante la muerte: su único dolor fue no poder comulgar antes de dar el testimonio supremo de su fe, pero lo animó su hermano ,el siervo de Dios Ramón, con estas palabras: «No temas, si morimos nuestra sangre limpiará los pecados». Fue asesinado la noche del 1º de abril de 1927.



LUIS PADILLA GÓMEZ.


Nació en Guadalajara, Jalisco, México, el 9 de diciembre de 1899. Terminada la instrucción primaria en el Colegio de don Tomás Fregoso y en el Instituto de la Compañía de Jesús, como a los 18 años ingresó al Seminario Conciliar de Señor San José, en Guadalajara, en donde permaneció hasta 1921. Habiendo comprendido que Dios no lo llamaba al sacerdocio, abandonó los estudios eclesiásticos, se dedicó a un apostolado laborioso, alimentado espiritualmente en la Eucaristía y la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe. Fue el presidente diocesano de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. Al desatarse la persecución contra la Iglesia, no tuvo temor, sino que con más vigor ejerció su diligencia apostólica. En la noche del 1º de abril de 1927 fue aprehendido, torturado y finalmente asesinado por los soldados.




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