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sábado, 13 de abril de 2013

LA RESISTENCIA CRISTERA



Cuando ya había iniciado la segunda etapa de la Epopeya Cristera, el acejotamero de la vieja guardia Alfonso De la Torre Uribarren, radicado en Magdalena, Sonora, dirigió a Mons. Juan María Navarrete, Obispo de Sonora, en cuya Diócesis era tremenda la persecución, por obra del cacique Rodolfo Elías Chacón, hijo de Plutarco Elías Calles, un ocurso que fue firmado por buen número de católicos sonorenses, en el que éstos pedían a su Pastor les indicara la actitud que “como católicos y mexicanos” debían asumir en aquél Estado ante la tiranía existente, “pues por el silencio de V.R.I. y la inacción nuestra, más parecemos de la misma tiranía que defensores de nuestra Santa Religión”. A eso respondió el Prelado haciendo referencia a lo dicho por el Delegado Apostólico el 12 de diciembre de 1934 y añadiendo por cuenta propia:

«… es honesto sentir que el deber de los católicos ante la situación actual es presentar por lo menos una consistente y organizada resistencia pasiva… Si además de esto hay quien quiera resistir en otra forma, siempre que además de estar de acuerdo con los prescritos de la ley natural, ofrezca sólida probabilidad de buen éxito, juzgo que no haría más que usar de sus derechos naturales inalienables… Hay que hacer entender a los que no lo entienden que el socialismo, como se trata de imponerlo a nuestras conciencias, es un error anticristiano, antisocial y anti patriótico  que por ende, como cristianos, como hombres y como mexicanos estamos obligados en conciencia a resistir dicha imposición no sólo en nosotros sino también en los demás, en la medida de nuestras fuerzas, y que delante de Dios y delante de la sociedad seremos culpables si seguimos dejándonos arrastrar hacia el abismo como hasta aquí lo hemos hecho… ; la resistencia pasiva… es el mínimum del cumplimiento de nuestro deber… Pueden ustedes hacer el uso que gusten de esta mi contestación a su ocurso… Ruego al Señor los bendiga y llene de gracia para estar a la altura de su deber en las presentes circunstancias…»

Y los católicos firmantes de la solicitud se levantaron en armas capitaneados por De la Torre, quien murió peleando en defensa y por la reimplantación del Reinado Temporal de Cristo en México, el 13 de noviembre de 1935.

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domingo, 30 de diciembre de 2012

LOS ARREGLOS: LA DESTRUCCIÓN DE LA CONCIENCIA CATÓLICA




El 21  de junio de 1929, se hicieron las declaraciones públicas del jefe oficial de la tiranía revolucionaria, licenciado Emilio Portes Gil, que detentaba el Poder, y de Mons. Leopoldo Ruiz y Flores, Arzobispo de Morelia y Delegado Apostólico, que pusieron fin a la Epopeya Cristera iniciada en 1926 y que desde entonces se le conoce con el nombre de “Arreglos” o “Modus Vivendi”, las que son tema de análisis en la obra titulada El Caso Ejemplar Mexicano”, por lo que aquí sólo se reproducen algunos de los fragmentos de los escritos de Mons. Leopoldo Lara y Torres, Obispo de Tacámbaro, quien expresó en documentos que en ese libro se citaran con mayor amplitud:

«La personalidad de la Iglesia no ha sido reconocida por el Gobierno Mexicano de derecho ni de hecho»… «Arriba dije que más bien debería decirse que las negociaciones entre la Delegación Apostólica y Portes Gil, que entre la Delegación Apostólica y el Gobierno de México; porque aunque en esa época y fecha de los Arreglos era Presidente de la República el Lic. Portes Gil, en ese asunto ni obró ni pudo obrar en su calidad de Presidente, sino de simple particular, aunque distinguido por el puesto que ocupaba, y su gestión y sus arreglos no han sido jamás reconocidos siquiera de hecho como actos oficiales, ni mucho menos como legales o constitucionales»…

«Que con los Arreglos se evitaría el derramamiento y se ahorrarían sacrificios a las víctimas de la persecución. No sé de ninguno  de los que sufrieron persecuciones por la causa de la religión o la fe, que se haya lamentado de sufrir o que haya pedido la cesación del sacrificio. Los que menos sufrieron, fueron los que suspiraron por sus comodidades y abogaron por la cesación del Conflicto, aún sin conseguir la reforma de las leyes. Los que más sufrieron ultrajes, vejaciones y amenazas de muerte, fueron los que más firmes estuvieron en su noble actitud de no ceder a las proposiciones del Gobierno, si no se obtenían las garantías que se pedían y la plena libertad de la Iglesia. Por otra parte, estos males eran de orden inferior, que podían permitirse y tolerarse para alcanzar otros bienes superiores, cuales eran de conservar la fe y los principios de la moral cristiana, injertos durante siglos en nuestra vida social y patria. Esos sacrificios eran una bendición para esta tierra, en que sin duda se verificaría el apotegma de Tertuliano. Sangis Martyrum Semen Christanorum.

Jesucristo expresamente nos enseñó que no deberíamos temer a los que mataran el cuerpo, sino a los que pudieran echar alma y cuerpo a los infiernos. Pero, sobre todo, tampoco con la apertura de los cultos, ni con los Arreglos se evitó el derramamiento de sangre; porque, como no quedó suficientemente garantizada la vida de los que se habían levantado en armas por defender su religión, el Gobierno ha seguido segando vidas de nuestros mejores católicos y ha dejado a sus familias huérfanas y en la mayor miseria, con la decepción y el sufrimiento en el fondo del alma. De los jefes, han muerto más ahora, después de los Arreglos, que en los campos de batalla, y, según los últimos datos que me han suministrado, van como cuatrocientos Cristeros sacrificados villanamente en la región de Jalisco y Colima, quedando otras tantas familias en la mayor desolación y miseria. Y como el Conflicto Religioso se ha quedado en pie, sin resolverse definitivamente, resulta que sólo se ha aplazado la solución, que puede costar mayor sangre y mayores sacrificios; pues que, ahondándose las divisiones y haciéndose el enemigo más fuerte, los católicos tendrán más dificultad de obtener las libertades perdidas. El choque será más terrible y sangriento.

Las guerras religiosas, nos enseña la historia, han sido siempre las más crueles y desastrosas; si no es por la fuerza, nuestros enemigos nunca cejarán, porque no obran por la razón sino por capricho, tenacidad y ceguera voluntaria, para sostener su posición, defender sus intereses y satisfacer sus pasiones. Esta razón -la de que los Arreglos evitaron males mayores- la verían seguramente los Excmos. Sres. Arzobispos que intervinieron en el Arreglo del Modus Vivendi, con algunos más que los rodean; pero en la conciencia de la mayor parte de los Obispos que nos quedamos en contacto con el pueblo, de los sacerdotes que más sufrieron durante la persecución y de los fieles más sensatos  de toda la república, está asentada esta verdad: Que no fueron mayores los males que se siguieron a la clausura de los cultos, que los que se han seguido de la aceptación del Modus Vivendi; sino que son palpablemente mayores los males que se han seguido de esta aceptación, que los que se estaban siguiendo de la clausura de los cultos, durante la persecución.

Parecerá osadía sentar esta proposición; pero si la Santa Sede me lo permitiera o autorizara, podría recoger miles y miles de firmas de muchos sacerdotes y fieles que están dispuestos a respaldar mi afirmación. Porque en la clausura de los cultos, no faltó, como algunos tal vez pudieran figurarse, la administración de los sacramentos, ni a los pobres; ni faltó la instrucción religiosa, aunque con muchas dificultades, ni disminuyó la piedad de los fieles, sino que antes bien se sentía una atmósfera de fe cristiana verdaderamente admirable, como en los primeros siglos cristianos, cuando éstos vivían en las Catacumbas.

Por eso los que pudimos permanecer aquí y fuimos testigos de este movimiento religioso estábamos dispuestos a seguir sufriendo, hasta que Dios quisiera enviarnos la verdadera paz con la libertad religiosa y todas las demás libertades que tanto necesitamos. Los que comenzaron a flaquear fueron los que estuvieron fuera de la República y estaban, como decía el Excmo. Sr. De la Mora, Obispo de San Luis Potosí, desconectados de nosotros y sin sentir esta fe y devoción exuberantes.

El culto mismo era más fervoroso en nuestras Catacumbas que lo es actualmente en nuestros templos»… «Pero lo que sí no queremos suprimir en esta “ennumeración de males” -producidos por los Arreglos- “es el mayor de todos”, aún el de la supresión de las iglesias y del culto: la clausura y obstrucción de nuestras escuelas, colegios o institutos católicos; y por otra parte, la propaganda verdaderamente diabólica del mal divulgada por todas partes, principalmente en las escuelas, colegios e institutos, así oficiales como particulares, porque el Gobierno para esta propaganda no respeta ningunos.

Permítame V. E. Emma. que le diga, siquiera para descargar este peso que traigo dentro del pecho: que en mi concepto, el mayor desacierto que se cometió al pactar los Arreglos de 1929 y que es el fundamentos de nuestros males y desgracias presentes, porque nos ha dejado sin defensa posible, fue: «El aceptar, aunque sin aprobar  la ley sino aún condenándola, que la Iglesia no fuera reconocida en su personalidad jurídica ni tuviera ningunos derechos dentro de la Legislación Mexicana».

Y como consecuencia de todos estos males, el mayor, si es posible, de todos los enunciados: La destrucción de la conciencia católica; esto es: la desorientación que ha sufrido la conciencia colectiva del pueblo mexicano, el decaimiento, la flojedad la indiferencia para moverse a conseguir la libertad religiosa, al ver nuestra conducta variable y nuestro acomodamiento para aceptar esta situación con menos peligros y dificultades.
«No culpo a nadie de los que se han engañado en la solución de este problema y cuya buena fe es indiscutible; pero si creo que es insensatez no reconocer el yerro, para estar más advertidos y prevenidos en ulterior proceder. Pretender acallar el clamor popular y responder a sus lágrimas con censuras y excomuniones para obligarlo a decir que es de noche cuando estamos viendo el sol resplandeciente en el cenit, es cometer una iniquidad y no tener la caridad con los que sufren. ¡Callar! La piedra del silencio es a veces más pesada que la de un sepulcro. Sobre todo, que no se pretenda que no veamos los males evidentes que han surgido, siniestros, de nuestra amarga y dolorosa situación.

¿Estaremos equivocados los que así juzgamos? Puede ser; pero el hecho es que sentimos acá en nuestro corazón estos dardos que nos punzan; sus males los que nos afligen; su amor el que nos hace estallar estas explosiones de congoja, que nos atosiga y nos mata. No buscamos ninguna ventaja temporal, al declarar estas cosas, y antes bien puede ser que las perdamos todas, por no ocultar la verdad a quien debe saberla».


miércoles, 16 de mayo de 2012

EXHIBEN EN LOS ÁNGELES RELIQUIAS DE SACERDOTES DE LA GUERRA CRISTERA



Las reliquias de sacerdotes asesinados en la Guerra Cristera del siglo pasado en México, serán exhibidas a partir de hoy en la catedral de Los Ángeles.
La exhibición, que estará abierta al público hasta el 24 de este mes en la catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, presenta la historia de los religiosos asesinados por la persecución religiosa en México en la década de 1920.
"Los mártires mexicanos nos ayudan a entender el valor de vivir nuestra fe y nuestra vida diaria", expresó el arzobispo de la arquidiócesis de Los Ángeles, José Gómez.
"Fueron sacerdotes y gente que llamó a defender su fe y el derecho a practicarla. Es una bendición tener estas reliquias. Su sacrificio es un ejemplo de la importancia de la libertad religiosa", resaltó.
La muestra ha aprovechado el estreno en cines de Estados Unidos a partir del 1 de junio de la película "Por una Gloria mayor", estrenada en México bajo el título de "Cristeros", protagonizada por Andy García, Eva Longoria y Eduardo Verástegui.
Los seis sacerdotes mártires que fallecieron en aquella guerra fueron canonizados por el Papa Juan Pablo II en 2000.
La visita de las reliquias, organizada por los Caballeros de Colón, ha incluido Houston, Chicago, Nueva York, Tucson y Phoenix, y proseguirá por Miami y San Antonio.
Los seis sacerdotes ejecutados son José María Robles Hurtado, Pedro de Jesús Maldonado Lucero, Miguel de la Mora de la Mora, Luis Batiz Sainz, Rodrigo Aguilar Alemán y Mateo Correa Magallanes.
"Por muchos años este periodo de la historia había sido olvidado en ambos lados de la frontera", comentó Carl Anderson, líder de los Caballeros de Colón.
"Con el estreno de la película y el lanzamiento de un libro sobre esta lucha por la libertad religiosa en México empezará a contar esa verdad", apuntó.

sábado, 21 de abril de 2012

MEXICANOS AL GRITO DE ¡VIVA CRISTO REY!


CORREO DE NUESTROS LECTORES

Sr. Salvador I. Reding Vidaña
“La Cristiada”, una película en estreno que relata, en lenguaje cinematográfico, tres años de la historia mexicana conservada en la oscuridad. En la historia del siglo XX de este país, después de terminado el conflicto o más bien conflictos sucesivos armados de la Revolución Mexicana, hubo un nuevo conflicto, de 1926 al 29, del cual prácticamente no se habla, fue “la cristiada”.
La Cristiada fue una lucha armada de católicos mexicanos, contra un gobierno dictatorial que atentaba de palabra, legislación y hechos concretos, en contra de la vida religiosa de México. En la historia oficial este hecho ha sido ignorado intencionalmente, aunque grupos armados con más de 20,000 hombres se enfrentaron con las fuerzas gubernamentales. A ellos se sumaban miles de personas, hombres y también mujeres, que de diversas maneras apoyaron logísticamente el movimiento cristero.
La película “La Cristiada” nos relata los hechos de ese trienio antirreligioso de la historia mexicana, en cuanto a los antecedentes de la ofensiva del Presidente Plutarco Elías Calles, sus atrocidades en asesinatos, destrucción de bienes y otras formas de aterrorizar a los católicos practicantes.
De allí pasa la película a mostrar la lucha armada, el nombramiento y acción de su personaje principal, el Gral. Enrique Gorostieta, y de cómo terminó el conflicto armado por los llamados “arreglos” entre algunos obispos, con el apoyo de Roma, y el gobierno de Calles. Finalmente en la manera en que intervino –para variar-, el gobierno de Estados Unidos, para concluir la lucha por medio de esos “arreglos”.
La historia se centra en la persona del Gral. Gorostieta, gran estratega y excelente líder, cuya carrera militar provenía de la Revolución Mexicana, en diversos éxitos militares, Fue ascendido a General de División a los 24 años.
Al Gral. Gorostieta le contrata, profesionalmente, la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa, “la Liga” popularmente, para que sea el jefe militar de los diversos grupos armados cristeros, teniendo así un control central bajo su único mando. Para ello debería ganarse precisamente el respeto militar y humano de los diversos caudillos que encabezaban grupos armados, como el Padre José Reyes Vega y Victoriano Ramírez, “El Catorce”. Efectivamente, Gorostieta lo logró.
La cinta presenta bastante bien la personalidad del General, que no era católico practicante, y que decide aceptar ser él la cabeza de la rebelión cristera por ser partidario de la libertad en general y de la religiosa en lo particular.
La historia escrita del movimiento cristero, que por cierto debió su nombre a que operaban bajo el lema, el grito, de “¡viva Cristo Rey!”, nos enseñaba que el Gral. Gorostieta se fue convirtiendo en católico convencido gracias a sus vivencias como comandante de los cristeros. A su vez, la película narra también, cinematográficamente, esta conversión.
Habiendo tenido yo, hace ya muchos años, la oportunidad de conversar largamente con su viuda y una de sus hijas en la ciudad natal de Gorostieta, Monterrey, así como con quien fuera su asistente personal, Heriberto Navarrete (tras los “arreglos” ingresó a la Compañía de Jesús), puedo afirmar que esa conversión del General, fue cierta.
Narra de paso la cinta también algunos pasajes de un distinguido líder social tapatío de esa época, un partidario de la resistencia pacífica, a quien se le llamaba entonces “el Gandhi mexicano”, el Licenciado Anacleto González Flores.
Anacleto, como cabeza de “la Liga”, insistía en no recurrir a la lucha armada, pero otros participantes de la misma lo rebasaron y la apoyaron. Gonzáles Flores fue asesinado por el gobierno federal y, aunque la película no incluye este hecho, su sepelio que un evento de enorme importancia de la historia de Guadalajara, con multitudes enfurecidas por el crimen, Anacleto es ahora beato de la Iglesia.
Se incluyen también otros casos de martirios realizados por el gobierno callista contra católicos, sacerdotes y laicos, ajenos al movimiento armado en general.
Considero que esta película cumple su cometido ampliamente: dar a conocer ese trienio antirreligioso en México y la defensa armada. Tal como advierte uno de sus productores, no es un documental, es una historia hecha en lenguaje cinematográfico, por lo que parte de sus escenas no son necesariamente tal como ocurrieron, pero como película cumple su función de narrar los hechos.
Hay concordancia de esos hechos, en general, con la historia real, tal como fue narrada precisamente por algunos de sus protagonistas en libros que leí en mi juventud acejotaemera, como “Por Dios y por la Patria” y “Entre las Patas de los Caballos”, cuyos autores, el Padre Navarrete y Luis Rivero Del Val, tuve el honor de conocer. También leí testimoniales en la revista cristera “David”, en su segunda época post-movimiento, editada por un cristero, Aurelio Acevedo Robles (a quien conocí sólo epistolarmente).
Vale realmente la pena ver esta excelente película, no sólo por la historia que narra, sino por su magnífica presentación, que en sus dos horas y media de duración, mantiene al público interesado, por la agilidad de la misma.
Dentro de las muchas ocasiones en que la Iglesia Católica (y otras cristianas) ha sido perseguida cruelmente, esta es una que, como ya dije, es prácticamente desconocida en sus hechos. Es una de las ocasiones en que el derecho a la rebelión ha sido plenamente justificado.
Es más, hay gente que ni siquiera ha tenido ocasión de escuchar o leer sobre “los cristeros”, la “Cristiada” y menos aún sobre su gran líder, el General Enrique Gorostieta. El general fue muerto en una emboscada poco antes de que “los arreglos” pusieran fin al conflicto armado. Su muerte impidió que continuara la lucha armada tras “los arreglos”, aún en contra de la orden episcopal.
Quienes vean esta película tan reveladora, tan bien realizada y actuada, sin duda recomendarán a otras personas que no dejen de verla, Yo mismo lo estoy haciendo ahora, y… ¡que Viva Cristo Rey!

viernes, 16 de septiembre de 2011

INTOLERANCIA ILUSTRADA EN MÉXICO



(LA REVUELTA DE LOS CRISTEROS 1926-1929)

Para poder entender la revuelta de los cristeros hay que analizar primero las persecuciones que ha sufrido la Iglesia Católica por parte de los todos los regímenes influenciados por el liberalismo, la masonería y el comunismo internacional liderado por el judío-bolchevismo. Esos regímenes que se han considerados ilustrados o heredados de la ilustración tras la emancipación de la América española en el pasado siglo XIX, apoyados por las logias norteamericanas habidas de poder. Por ello, que analizar la situación de México desde su emancipación cuando la burguesía criolla americana –es decir, blanca—del siglo XIX, ansiosa de liberarse del poder de la Corona española y de la influencia de la Iglesia (para poder explotar sin trabas a los indígenas), se agruparon en logias masónicas locales, intervenidas por fracmasones del norte anglosajón, que ya entonces buscaban penetrar el solar patrio de nuestra América española. Acciones como las que efectuaron en 1810 y 1821, las veríamos recrudecidas en la Guerra hispano-norteamericana de 1898; cuando los ansiosos imperialistas americanos se lanzan a la conquista de un imperio ya muy debilitado, el Español. Perdiendo nuestras más preciadas posesiones de ultramar. Las joyas de la corona de España: Cuba, Puerto Rico y Filipinas, que pasaron a manos de EEUU y Guam, Las Carolinas y las Marianas que fueron vendidas a Alemania en 1899, por 25 millones de $ americanos.
En México las primeras leyes jacobinas y las primeras insurrecciones católicas abarcaron los años 1858-1862. Pero será a partir de 1910, con la irrupción en el panorama ilustrado de un socialismo y un marxismo rampantes cuando la situación alcance un punto crítico.
LAS PRIMERAS PERSECUCIONES RELIGIOSAS EN MÉXICO
En 1810 con el grito del cura Miguel Hidalgo: “¡¡Viva Fernando VII y muera el mal gobierno!!”, se inicia el proceso que culminaría con la independencia de México. Aunque en 1821, el “Plan de Iguala” decide la independencia completa de México como monarquía constitucional que al ser ofrecida sin éxito a Fernando VII, queda a la designación de las cortes mexicanas. Tras el breve gobierno del Emperador Agustín de Itúrbide (1821-1824), rechazado por la masonería y fusilado en Padilla, donde se proclamó la República en 1824. Algunos historiadores han visto la inusitada colaboración del clero mexicano en la independencia de México, como una forma de liberarse de la política afrancesada y anticatólica de los gobiernos españoles y, así, mantener íntegra la Fe Católica que en Europa que parece pronto a desaparecer tras el triunfo de la Revolución francesa. En 1833, siendo presidente Santa Ana, el Vicepresidente Gómez Farias, da inicio a un programa de secularización del Estado Católico mexicano, arremetiendo contra los católicos. El programa incluye leyes de prohibición de ventas y herencias de bienes eclesiásticos, desamortizaciones, desligación de monjas y frailes de su voto de obediencia. Esta política causa una reacción de motines populares que propicia la caída de Gómez Farias. Ya en 1855 se desata la revolución liberal con toda su virulencia anticristiana, cuando se hace con el poder Benito Juárez (1855-1872). Benito Juárez recibe influencia de la logia norteamericana de Nueva Orleáns, la cual impondrá la constitución de 1857, de orientación liberal, y las leyes de reforma de 1859, tanto una como la otra hostiles a la Iglesia. Aquella constitución establecía la nacionalización de los bienes eclesiásticos, supresión de las órdenes religiosas, la secularización de cementerios, hospitales y centros benéficos. En conclusión la cristiada de 1926-1931 tuvo un precedente muy parecido en los años 1858 1861. En 1857, bajo el gobierno de Juárez se determina en el artículo 3º de la Constitución, impuesta en aquel año, previendo la eliminación de la enseñanza católica. El artículo 13º pone fin a los tribunales de la Iglesia, y el artículo 123º permitiría al Estado intervenir en materia de culto religioso. El Papa condena esta Constitución anticristiana y con ello se desencadenará la Guerra de los Tres Años o llamada Guerra de la Reforma (1857-1860)
La cristiada supone y pone de manifiesto cómo lo que permitió a cualquier hombre de nuestra tierra vivir en libertad perteneciendo a ese pueblo, que es la Iglesia. Los hombres que lucharon y murieron en la guerra cristera la hicieron para afirmar su pertenencia a Cristo, reafirmando que el hombre depende de Dios y no del poder. Durante la larga dictadura del general Porfirio Díaz (1876-1910) el conflicto entre la Iglesia y el Estado conoce un período de tregua. Bajo su gobierno la Iglesia Católica llevo a cabo una “segunda evangelización” desarrollando numerosos movimientos de acción cívica y social dentro del espíritu renovador de León XIII. Pero la caída del presidente demócrata Francisco Madero (febrero de 1913) volvió a atizar la revolución y el nuevo gobierno atacaría a la Iglesia Católica. El carrancismo, que agrupa a las facciones victoriosas de la revolución se distinguiría por su furioso anticlericalismo, al contrario del villismo (Pancho Villa) y el zapatismo (Zapata). Los carrancistas destruyeron iglesias, colgaron sacerdotes y cerraron conventos, considerando a la Iglesia el enemigo del Estado. El gobierno del general Venustiano Carranza que dirigió los infortunados designios de México (1916-1920)..llevó a cabo una dura represión contra los católicos. Durante las revueltas para conseguir el poder intensificó los ataques a la Iglesia Católica. Sus tropas hicieron auténticos desmanes y tropelías de actos inhumanos contra sacerdotes y religiosas quemándolos y mutilándolos. Aún hoy en día se conoce en México “carrancear” la acción de robar y atropellar. En 1917 consiguió que el Congreso mexicano (compuesto exclusivamente de carrancistas) apruebe la Constitución de Queretano, profundamente anticlerical y atea.
En efecto, “la Cristiada” tuvo un precedente muy parecido en los años 1858-1861. También entonces la catolicidad mexicana sostuvo una lucha de tres años contra los Sin Dios de la época, aquellos laicistas de la Reforma, también jacobinos, que habían impuesto la libertad para todos los cultos excepto para los católicos. Como dato importante a destacar, tenemos que tener en cuenta que entre el siglo XIX y XX, tras la emancipación de la América española, el único presidente de México que fue Católico, ni masón ni ateo, fue Victoriano Huerta, que gobernó México entre 1913 y 1914.
La reforma liberal de Juárez no se caracterizó solamente por su sectarismo antirreligioso, sino también porque justo a la desamortización de los bienes de la Iglesia, eliminó los ejidos comunales de los indígenas. El período de Juárez se vio interrumpido por un breve período en el que por imposición de Napoleón III, en la expedición militar franco-española, ocupó el poder Maximiliano de Austria (1864-1867), y fusilado en Quereteno, poco más tarde. A Juárez le sustituyó en el poder Sebastián Lerdo Tejada (1872-1876). Quien había estudiado en el Seminario de la Puebla, Tejada acentuó la persecución religiosa, permitiendo el incendio de iglesias y el asesinato de sacerdotes. Durante ese gobierno se expulsó de México a las –Hermanas de la Caridad— que sumaban unas 500 aprox. y atendían a unas 15.000 personas. Todos estos actos provocaron otro alzamiento armado llamado de los Religioneros (1873-1876) cuando el campesinado católico se armó y luchó contra el gobierno ateo de Tejada.
Durante el Gobierno del general Álvaro Obregón (1920-1924) las relaciones entre el Estado y la Iglesia fueron aún más tensas, sin poder llegar a un acuerdo conciliador. Los choques entre los miembros del CROM organización sindical de inspiración marxista-leninista y los de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) se convirtieron en noticia cotidiana. Aunque también hay que destacar que aquellos años fueron convulsos no tan sólo por el enfrentamiento militar y la guerra civil que sacudió el país durante años sino por el sinfín de asesinatos que pusieron fin a la vida de sus presidentes; el presidente Madero fue asesinado en 1913, Zapata es asesinado en 1919, el presidente Carranza en 1920, Villa en 1923, y el general Obregón, más tarde presidente, también sucumbirá ante las balas asesinado en 1928. Las revueltas campesinas, los golpes de Estado y el crimen se convierten en la norma política.
EL CONFLICTO ENTRE EL ESTADO Y LA IGLESIA
Desde los inicios del Cristianismo en México siempre ha habido problemas entre la Iglesia y el Estado, problemas que iban desde represalias como las hubo en la Nueva España (nombre antiguo de la República Mexicana) hasta grandes rebeliones y muertes como en la cristiada. El capítulo más virulento de este enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado duró tres años, desde 1926 hasta 1929, con el movimiento armado de los Cristeros.
La Cristiada empezó cuando por decreto nacional, el presidente de aquel entonces Plutarco Elías Calles hizo valer los artículos de la Constitución Mexicana, que eran el 3º, el 5º, 24º, 27º y 130º, que atentaban contra las libertades y derechos de enseñanza, asociación y propiedad de los derechos religiosos. En el período en que gobernó México Elías Calles, tuvo que luchar, a su entender contra tres enemigos; los latifundistas nacionales, los inversionistas extranjeros y la Iglesia. La rebelión no se hizo esperar. Se trata de la epopeya trágica de los cristeros, que, como sus hermanos de la Vendée, la región de Francia, que continuó luchando por su identidad católica y monárquica, durante la Revolución Francesa en 1789. Estas revueltas contrarrevolucionarias, son un mero ejemplo de la lucha por la Fe. Tanto los vandeanos franceses, como los carlistas españoles, los miguelistas portugueses, o los propios cristeros que son la más ferviente demostración de la existencia de un verdadero pueblo contrarrevolucionario. Los cristeros mexicanos exceptuando la participación de los Requetés en la Guerra Civil Española (1936-1939), pueden considerarse en pleno siglo XX, los últimos grandes cruzados de la Cristiandad. Aquellos hombres lucharon formando bajo la Bandera del Sagrado Corazón de Jesús: 200.000 hombres armados, apoyados por las llamadas “Brigadas Bonitas” (mujeres que tomaban a su cargo la sanidad, la intendencia y las comunicaciones). En 1925 el Gobierno revolucionario de México, ante la imposibilidad de someter a la Iglesia a su voluntad, decide crear la Iglesia Nacional Mexicana, separada de Roma, en la que el poder político pueda elegir a los obispos. Se la denomina Iglesia Católica Apostólica Mexicana. Y la cabeza visible de esta iglesia herética es el cismático Joaquín Pérez, que se hace llamar Papa de la Iglesia Nacional Mexicana. La unión popular juega un papel fundamental en el oeste mexicano, en la organización de la rebelión cristera. Los enfrentamientos entre el sindicalismo revolucionario y el sindicalismo católico son frecuentes y causaran muchas víctimas. En 1925 se crea la Liga Nacional de Defensa Religiosa, cuyo principal fin es la lucha política. En 1926 Calles intensifica su política anticlerical cerrando 129 colegios y clausurando 30 iglesias. Anunciando que continuará intensificando su política antirreligiosa. Expulsado a los sacerdotes católicos extranjeros y abriendo las puertas a los metodistas norteamericanos. También acabará expulsando a los delegados apostólicos de la Santa Sede. Ese mismo año, Calles, decreta la suspensión del Culto Católico para el 31 de julio del mismo año. Entre julio y agosto del año 1926 comienzan los primeros levantamientos cristeros. Estos levantamientos se traducen en grupos de 50, 60, 100, 300, 500 hombres, con pocas armas, pero todos ellos dispuestos a morir por su fe. En 1927 llegan a ser más de 20.000 los cristeros en armas, dominando Estados enteros de México.
El ejército federal esta compuesto en 1927 por unos 80.000 hombres, sin contar las milicias agraristas que son armadas para combatir a los cristeros y que en su mejor momento cuentan con 20.000 hombres. Además el gobierno cuenta con 8.000 hombres de tropa de los Estados y unos 6.000 policías rurales. El Estado Revolucionario cuenta con unos 115.000 efectivos para combatir a las Cristiada, además de un presupuesto importante del Estado que le dedica sus mejores partidas; cuenta con fábricas de armamento, con 14.000 oficiales, asesores norteamericanos, artillería y aviación, la fuerza aérea mexicana participará en la operación con más de 60 aeronaves. Por su contra, los cristeros movilizan a más de 200.000 efectivos..mal armados al principio, sin artillería, ni aviación, ni con suficientes municiones..pero con un aliado mucho más fuerte, su fe en Dios. La infantería federal fue ineficaz y sólo sirvió para defender las guarniciones o para proteger las líneas férreas. En cuanto a la caballería federal, fue ampliamente inferior a la cristera, que se caracterizaba por sus hábiles jinetes y conocedores del terreno. Los federales utilizan la técnica de las “concentraciones”, llevada a cabo por Weyler en Cuba. Es una táctica tan sencilla como cruel. Como característica a señalar en esta guerra, decir que el ejército federal no hace prisioneros: interroga y después fusila, degüella o ahorca a los cristeros. La guerra cristera se presenta como una guerra de desgaste donde ninguno de los bandos contendientes parece capaz de someter al otro. Un agregado militar norteamericano señala la ausencia de un jefe supremo entre los cristeros como factor de su posible derrota. La persona escogida es el general Enrique Gorostieta, un antiguo héroe militar mexicano. Los cristeros se especializan en los sabotajes y asaltos a trenes, de tal forma que el ejército federal se queda prácticamente bloqueado. Las deserciones en el ejército federal empiezan a ser muy frecuentes y preocupantes, llegando a la cifra de 30.000 en 1928. La guerra se desarrolló entre 1926-1929 y el gobierno tuvo que aceptar un compromiso debido al tremendo apoyo popular que levantaron los cristeros a su paso. El avance se vio frenado por la orden llegada de la Santa Sede de deponer inmediatamente las armas, y que, a pesar de los éxitos fue inmediatamente obedecido por las tropas cristeras. Hubo muchos fusilados que morían al grito de “¡¡Viva Cristo y Nuestra Señora de Guadalupe!!” Entre ellos estaba el padre Miguel Agustín Pro, beatificado por Juan Pablo II en 1988. El 22 de noviembre de 1992, en la solemnidad de Cristo Rey, Juan Pablo II beatifica a 22 sacerdotes mexicanos y a tres jóvenes laicos de la Acción Católica, martirizados durante la Guerra Cristera.
Los combatientes católicos son conocidos despectivamente durante la guerra cristera por sus enemigos como los Cristos Reyes o los Cristeros; ya que su signo es un crucifijo en el pecho, su bandera la mexicana con la Virgen de Guadalupe y sus gritos de guerra: ¡¡Viva Cristo Rey!! y ¡¡Viva la Virgen de Guadalupe!! Por ello, no se puede entender la historia de México, sin la labor evangelizadora de los españoles. Como el vasco Juan de Zumárraga, obispo de México en 1531. Pero para entender la situación convulsa que llevó al enfrentamiento eclesiástico en México, lo debemos a la mala política de los Borbones. Con los Austrias, sus gobernantes sabían respetar a la Iglesia. No así, los Borbones que entienden la modernidad como el sometimiento de la Iglesia al poder político. La persecución del Rey Carlos III y sus ministros masones contra los Jesuitas llega a Nueva España donde 500 padres de la Compañía de Jesús son expulsados. Ya en 1767 el pueblo mexicano se arma y se amotina contra la expulsión. Con esta no será ni la primera ni la última revuelta armada de los católicos mexicanos por defender su tradicionalismo religioso.
La paradoja es que, el único país moderno que mantiene una constitución atea en vigor es México. Que además es el país que acoge con más júbilo la llegada y visitas del Papa, y el que sostiene el santuario más visitado del mundo: Guadalupe.
Los polémicos “arreglos” que significaron el fin de la primera guerra cristera ponen de relieve la heroicidad de los cristeros y su importancia a la hora de someter a la Revolución atea. En primer lugar los cristeros no se alzan obedeciendo órdenes de sus obispos, más bien se levantan en armas contra su consejo. La cristiada no es fruto de una conspiración de unas elites, sino del entusiasmo de un pueblo. La situación de la guerra es tan favorable a los cristeros que bien se puede calificar 1929 como su momento de máximo apogeo. Los arreglos fueron considerados por la masonería como un triunfo sobre la iglesia católica. Respecto al apoyo de los cristeros, cabe decir que sólo dos obispos se “echan al monte”, viviendo en clandestinidad, para poder administrar sus diócesis en medio de la guerra: Mons. Amadeo Velasco, Obispo de Colima y Mons. Orozco y Jiménez, Arzobispo de Guadalajara. Y en cuanto a los sacerdotes: unos 3.500 acataron las leyes y abandonaron sus parroquias. Se calcula que un centenar de sacerdotes se manifestaron hostiles a los cristeros. Estos sacerdotes eran miembros de la Iglesia Nacional Católica de México, una iglesia herética separada de Roma. Durante el conflicto son ejecutados 160 sacerdotes: 69 de la Archidiócesis de Guadalajara, 38 en Jalisco, 8 en Zacatecas, 28 en Granajuato, Diócesis de León, y 17 en la Diócesis de Colima. Jean Meyer, en su estudio sobre los cristeros, contabiliza una relación de unos 250 mártires que reúnen las características propias del martirio que exige la Iglesia Católica: espíritu de sacrificio martirial, amor a Cristo y a la fe, y morir asesinados por ser católicos o por simple odio a la fe y acoger la muerte perdonando a los verdugos.
En 1927 los principales jefes militares que combatieron a los cristeros fueron los generales Eulogio Ortiz, Anacleto López y Gonzalo Escobar, designándose a este último como jefe de la campaña. Y los héroes de la Cristiada, los campesinos armados que fueron dirigidos por hombres como los generales Fermín Gutiérrez, Enrique Gorostieta o Luis Ibarra; el coronel José Bejarano, o Anatolio Partida. Los capitanes; Sebastián Bañuelos, Miguel Anguiano, Sebastián Arroyo, Cisneros y Arreola entre otros. La revuelta que duró tres años, fue llevada a cabo por el movimiento campesino autónomo más importante de América Latina durante el siglo XX. El levantamiento supuso la reacción de una sociedad campesina, tradicional y católica contra el autoritarismo del Estado nacido de la Revolución de 1917. Además un evento de la historia de considerable importancia y que no es tratado en ningún libro de texto. Hay que tener en cuenta que los grandes movimientos contrarrevolucionarios de la historia moderna, y el de los cristeros en particular es un movimiento popular, que se alzó para defender un modo de vida contra una reforma anticatólica que pretendía borrar al Cristianismo de América Latina. Los Cristeros se alzaron como los antiguos Cruzados de la Edad Media para defender lo más sagrado de su existencia, la Fe en Dios. Y como tal deben ser recordados como héroes, y tratados como soldados. Porque como manda la Ordenanza del Requeté, los soldados de la Tradición, habrán de tener su puesto en el Reino de Dios. Los Cristeros al igual que los Requetés lucharon por la misma causa, su Fe en la Tradición. Y en consecuencia, no debemos olvidarnos de sus históricas hazañas y lamentablemente de las persecuciones, torturas y asesinatos a los que fueron sometidos los Cristeros por creer en Dios. Si hoy podemos hablar de existencia del cristianismo en México es gracias a los cristeros, que supieron ser fieles a Dios y a la Iglesia en todo momento y hasta las últimas consecuencias.



David Odalric de Caixal i Mata

D. DAVID ODALRIC DE CAIXAL I MATA
Historiador colaborador del Instituto de Historia y Cultura Militar del Ejército.
Historiador colaborador Foundation Ecole Militaire de Saint-Cyr.
Historiador colaborador US Army Military History Institute.
Historiador colaborador The Strategic Studies Institute of the Army War College.
Historiador colaborador del Aula de Cultura de Defensa.
Historiador Colaborador del Museo Nacional Militar del Dia-D (Universidad de Nueva Orleans-EEUU).
Miembro de la Real Hermandad de Veteranos de las Fuerzas Armadas y Guardia Civil.




sábado, 30 de julio de 2011

Cristeros toman el cine

Tras casi 40 años de silencio, el tema de la Cristiada reaparece con tres filmes: Cristiada, Cristeros y federales y la Guerra de los Cristeros.




Los últimos cristeros, esos que durante meses pelearon contra el gobierno de Plutarco Elías Calles para “proteger” su religión, estaban flacos por la falta de comida y, para engañar a los soldados, se dividían la pólvora de las balas para simular que tenían municiones. “Lo que importaba era que al menos tronaran”, dice el cineasta Matías Meyer.

Él, junto con otro grupo de cineastas, se ha dedicado a recrear durante los últimos meses, esa cruda etapa histórica en la pantalla grande.

Y esta mañana, en el marco del Festival Internacional de Cine que se realiza en esta ciudad, habrá una mesa de trabajo sobre la importancia de esta parte de la historia en la cinematografía nacional.

Meyer trae bajo el brazo Los Últimos Cristeros, basado en Rescoldo, libro escrito por Antonio Estrada, quien a su vez se inspiró en su papá, un coronel de la época.

“Es sobre los últimos días de unos guerreros que están en una guerra perdida”, señala el hijo del historiador Jean Meyer.

“Es un poco la lucha de David contra Goliat, un gobierno enorme de hierro y unos campesinos que no tiene idea de la guerra y tienen la misión de defender lo que ellos creen, gente a quienes se les quitó la tierra y ahora también su creencia. Es su última dignidad”, agrega Meyer.

Para esta aventura, el director utilizó locaciones donde realmente hubo cristeros y el elenco es de “no actores”, algunos de los cuales bajaron diez kilos para dar el look de su personaje.

Los últimos cristeros, con una inversión de 16 millones de pesos (por abajo del promedio de una cinta nacional), se rodó entre noviembre y diciembre.

“Era impresionante sentir la vibra de ahí, donde se afilaban cien caballos y ahora es una cueva vacía. Se sienten presencias fuertes, de muerte, es algo que tiene la película.

“Resulta que buscando locaciones, me encontré con una persona que era guía del lugar y que usaba un vocabulario muy parecido al del libro. Él aparece en la película”, recordó.

La nueva ola

La guerra de los cristeros, que se llevó a cabo entre 1926 y 1929 en diversas entidades del país, ha sido poco tocado en el cine mexicano de décadas pasadas.

En 1972 Raúl de Anda filmó Sucedió en Jalisco, protagonizada por Pedro Armendáriz Jr., Jorge Lavat, Rodolfo de Anda y Alicia Bonet, que tuvo poca respuesta entre la gente.

Ahora, además del proyecto de Meyer, la estrella hollywoodense Andy García filmó el suyo a mediados del 2010, bajo el título Cristiada.

Junto con Eva Longoria, Eduardo Verástegui, Leticia Huijara, Adrián Alonso, Rubén Blades y la leyenda Peter O’Toole, interpretó la vida de Enrique Gorostieta Velarde, un regiomontano que participó en la Revolución y quien, durante la guerra cristera, se puso al frente de los rebeldes católicos.

A estas películas se suma el cortometraje de la directora Isabel Cristina Fregoso quien presenta en el festival de Guanajuato Cristeros y Federales. 

miércoles, 13 de julio de 2011

“MIS CONFIDENCIAS AL HÉROE DESCONOCIDO”


En realidad no te conocen, nunca se habla de tus proezas, ni se nombran tus hazañas. No has figurado en esa pléyade de nombres grandes, heroicos que valerosamente supieron dar su vida por Cristo, y que se llaman mártires.
Has permanecido oculto, no te conocen, no saben que fuiste un héroe. No es justo, pues, que quedes en el olvido, quiero que seas conocido, no por ostentación ni vanidad, sino para que Dios sea glorificado y su Iglesia, hoy tan perseguida, sea exaltada y colocarte a la vez , en el lugar que a ti te corresponde.
No saben que fuiste un héroe, porque ignoran que fuiste uno de los primeros luchadores; que cuando la Iglesia estaba amenazada y perseguida por sus ingratos hijos; cuando ya Dios se había ausentado de los Sagrarios, y las lámparas de los templos se apagaron y no tenían ya vida; cuando las multitudes agobiadas por el sufrimiento con los ojos llenos de lágrimas buscaban como la esposa lo cantares al Dios ausente; cuando la confusión reinaba en los hogares y corazones de los Católicos estaban poseídos de infinita amargura, entonces tú lleno de santa indignación, dijiste: “yo iré a defender a Cristo y a su Iglesia, ofrendaré mi vida por conquistar nuestras libertades, y sabré cumplir con mi deber como cristiano, aunque para eso tenga que sacrificar lo más querido y grande para mí en la tierra”; y sin pensar que dejabas a la esposa amada, y a los hijos queridos, te lanzaste al campo de batalla, empuñaste el arma y te fuiste a engrosar el núcleo luchador, y henchido de amor santo, al incorporarte en las filas, el primer saludo que diste, ritual entre vosotros, fue el ¡VIVA CRISTO REY!
Entonces cual león rugiente te abalanzaste sobre tu presa, combatiendo tres días muy cerca del pueblo que te vió nacer. Allí, derramaste las primeras gotas de tu sangre. He aquí el triunfo. Fueron las primicias que dieras al Divino perseguido. Tu esposa y tus hijos cuando tuvimos conocimiento de que ya tu cuerpo tenía cicatrices, lloramos de ternura y de orgullo santo. ¡Cuánto sufriste entonces!, y el cielo es testigo de que nosotros no sufrimos menos.
Combatiste en varios puntos de Michoacán y Jalisco, sufriendo además de la persecución constante del enemigo, hambres, falta de ropa… Fuiste removido a una región tropical, cuyos desiertos se asemejan a los del Sahara. Era la arena tan candente que tus pies al pisarla se quemaban. Largos dos años luchaste con denuedo, siendo tu martirio más grande que el de los Mártires del Circo Romano, porque el de ellos consistía en unas cuantas horas y el tuyo fue muy prolongado. Pero nada te hizo desistir, ni ofrecimientos pingües, ni las lágrimas de tu esposa, ni los sollozos de tus hijos.
“No puedo -decías, con frases que en nuestro corazón quedarían grabadas-, dejar de considerar el sufrir de los seres que amo; pero hay una cosa más grande que supera ese amor y es Cristo, por quien lucho y por quien he dejado cuanto poseía”. No tuviste más que un ideal: vencer o morir. “De no ser, -decías- como lo hemos pretendido, que Dios me quite la existencia”. Y así fue: como no se consiguió lo que deseabas, oyó Dios tu plegaria, y por permisión de Él fuiste removido al lugar donde los ángeles te esperaban con tu palma y tu corona. Ya habías cumplido tu misión, ya habías dado pruebas de hombre y de cristiano; si no obtuviste tus deseos, la culpa no fue tuya. Ya habías terminado y ¡oh designios de Dios! precisamente al ofrecer el sacerdote la Víctima del Holocausto, en esos mismos momentos tu cuerpo hizo blanco a las balas enemigas, y al pie del Sacrificio del Altar, tú también ofreciste tu vida y diste tu sangre. Tu cuerpo, pues, cayó sin vida sobre el frío pavimento en un lago de sangre. Ya habías dejado escritas tus instrucciones, y como no tenías herencia que legarnos, nos dejaste bellísimos consejos que en nuestro corazón quedarán grabados con caracteres de oro y jamás se borrarán.
¡Sangre bendita! Yo quisiera cubrir de besos la tierra que te sostuvo. Moriste tan pobre, que aún en ésto imitaste a tu Divino Maestro y como Él, no tuviste en los instantes supremos dónde reclinar tu cabeza. Ahora yo quiero preguntarte: ¿Que el sacrificio tuyo y de millares de mártires será estéril? ¿No ves cómo la Iglesia se halla nuevamente encadenada y sus ministros perseguidos con más furia? ¿No sabes que quieren extinguir el nombre de Aquel por quien moriste? ¿No sabes que quieren corromper el corazón del niño evitando ya que en las escuelas se pronuncie el nombre de Dios? ¿No te acuerdas que tus hijos también son niños? Levántate, pues, y anda al solio donde se halla la Divina Esencia, preséntale tus llagas que aún chorrean de sangre y dile: que la tome para que con ella inyecte a los hombres para que vigorizados con ella, sepan defender sus derechos, tengan valor para aprestar a la lucha y vayan también sin miedo, sin cobardía al campo de batalla. No olvides a tus hijos, también hostilizados por los mismos tuyos. ¡Quién lo creyera! Vela por ellos, pues por sus venas también corre sangre guerrera, y mañana, cuando el clarín llame a la lucha, cuando las huestes del Divino Maestro se apresten a la defensa, también ellos, tus hijos, seguirán tu ejemplo y saldrán a la defensa de su Dios y de su Patria. No te olvides, como lo ofreciste, de pedir por todos los que nos hicieran bien, para todos, un lugar en la gloria.
+María Trinidad Martínez Viuda de Fernández, habiendo dirigido estas palabras a su esposo +José María Fernández muerto en campaña.  (aquí)
Epístola que fue publicada en el número del semanario católico La Palabra correspondiente al 18 de Octubre de 1931.

sábado, 9 de julio de 2011

¡VIVA CRISTO REY! MENSAJE AL MUNDO CIVILIZADO


México se hunde, ¡Oh pueblos civilizados del orbe! ¡México se hunde, y quizá para siempre, en los negros abismos de la infidelidad y la barbarie! La luz de la civilización que durante más de cuatro siglos iluminara sus destinos está por extinguirse agitada por el huracán de la revolución social más espantosa que jamás haya conmovido a pueblo alguno de la tierra. Y no son los detalles del edificio social los que se vienen abajo, son los cimiento mismos los que crujen y amenazan acabar con la existencia misma del edificio.
Ya no sólo es la Iglesia Católica la que va a perecer en este gran cataclismo, son todas las instituciones sociales las que van a ser arrastradas por las furiosas corrientes de la barbarie y del odio a la cristiana civilización. Su religión ha sido proscrita, sus sacerdotes han sido bárbaramente expulsados del seno de la patria o vilmente asesinados por la insaciable clerofobia de los nuevos Nerones, sus templos han sido profanados, violadas sus vírgenes y prostituidos sus jóvenes. De las escuelas ha sido arrancada la enseña de la Redención, y sus maestros ya no son libres para transmitir a las nuevas generaciones la herencia moral que recibieran de sus antepasados, sino que fatalmente están inoculando a los nuevos vástagos el virus de la inmoralidad y de la disolución social. Nuestras riquezas han sido dilapidadas por los modernos Epulones a quienes no bastan sus pingües rentas para hartarse de placeres en bacanales y orgías. Nuestro crédito es nulo, nuestra industria está muerta; la agricultura ya no nos da el sustento necesario y por todos los campos de la Patria se agita gigantesco y terrible el espectro del hambre. Los asesinatos se multiplican, las deportaciones se aumentan y las cárceles ensanchan sus hediondos senos. El tirano, sediento cada vez más de sangre de Cristianos, ya no disculpa edad, ni sexo, ni condición de personas, siempre que las inermes víctimas no logran escapar de las garras de sus crueles sayones.
En México ya no existen la Constitución, ni leyes , ni magistrados dignos de tal nombre: el capricho del tirano es la suprema ley, y su voluntad se ha impuesto a todos los órdenes y grados de los ciudadanos. De no cambiar súbitamente el curso de los acontecimientos, México será sustraído por completo a la civilización occidental y girará en torno de la barbarie comunista; esto es: perderá la fe de sus padres que es el más rico tesoro que ahora poseemos y retrogradará a las tinieblas del viejo paganismo. Más aún: irá a las sombras de la muerte herida por la Piedra Angular contra la que van a estrellarse todos los que maquinan contra la Iglesia y su Cristo… Existe un buen número de mexicanos que han conservado la fe en sus padres y en cuyos pechos arde la caridad de Cristo.
Tales son los mártires de la presente epopeya cuya sangre generosa es suficiente para borrar nuestros crímenes y nuestras cobardías; tales son los valientes soldados que han preferido empuñar la espada vengadora en los campos de batalla a engrosar las filas de la esclavitud; tales son las pléyades de mexicanos que, sin ir a los campos de batalla, honran a su Patria y glorifican a Cristo Rey, en las mazmorras, en las cárceles, o bien en las dichosas Islas santificadas ya con la presencia de tantos confesores de Cristo… México se hunde, porque nosotros los sacerdotes, los abanderados de la causa de Dios, hemos sido también indiferentes a las lágrimas de nuestro pueblo y no hemos venido prontamente al auxilio de los buenos mexicanos que han luchado y luchan valerosamente por la causa de la libertad. Es muy cierto que estamos pobres, que hemos sido ya despojados de nuestros bienes por la avaricia insaciable del jacobinismo mexicano; pero todavía la Iglesia, pobre y desvalida, tiene en sus manos unas cuantas monedas. ¿Porque no entregarlas a los soldados de la libertad? ¿Porque no desprendernos de nuestras alhajas y muebles para salvar la causa de la civilización? ¿Porque no alentar con nuestras palabras y ejemplos a tanto acaudalados ambiciosos para quienes nuestra conducta sería un argumento decisivo para excitar su largueza y generosidad? Si hay causa justa y santa alguna vez para agotar los tesoros de la Iglesia, esta es sin duda la causa de la libertad de la Iglesia. La Iglesia sin libertad no puede ser, ni se concibe, como no se concibe un hombre sin alma o un entendimiento sin luz. Es necesario que la Iglesia exista antes que todo. No puede la Iglesia ejercitar su ministerio divino, si ella no existe, y no existirá donde carezca de libertad para ejercer su celo. Luego todos los arbitrios de que ella disponga para conseguir su fin deberían emplearse en asegurar su existencia ante todo, y recuperar aquella libertad que es de todo punto indispensable para el ejercicio de su ministerio.
Nadie puede impedir la vida de la Iglesia, sin contrariar la voluntad de Jesucristo; luego no existe ley humana alguna ni puede existir, que se oponga a esta ley de la conservación o que ponga trabas a la lucha para la conquista de la libertad. México se hunde, finalmente, porque la tiranía imperante, contando con la complicidad de todos los pueblos de la tierra, ha jurado la ruina total de la Nación Mexicana. Sus golpes han sido certeros y terribles; porque no ha habido un solo pueblo que levante su voz en medio de esta orgía de sangre y exterminio y ponga un valladar infranqueable a los desmanes de un despotismo feroz que da en rostro a todas las naciones civilizadas en la tierra.
“Verdaderamente decíamos en Nuestra Sexta Pastoral, no alcanzamos a comprender cómo los pueblos civilizados hayan contemplado impávidos los ultrajes hechos con tanta osadía y descaro, no sólo a la dignidad de un pueblo, sino aun a la civilización universal”.
Y sube de punto nuestra admiración y extrañeza al considerar que desde el asalto al Templo de la Soledad, hasta el momento presente, la tiranía no ha dado punto de reposo en su obra de destrucción y de barbarie, y sin embargo, cuente aún con la amistad y cordiales relaciones de los pueblos más grandes y cultos de la tierra. Porque nosotros, que hemos aprendido del Maestro a llamar las cosas por su nombre, no podemos que menos de hacernos la siguiente reflexión: O la obra de la barbarie que realiza Calles en México es del agrado de los pueblos, o no, si lo es,
¿porque tantas declamaciones contra el bolchevismo considerándolo como la lepra de la humanidad? ¿Porque las naciones no se arrojan a los pies de la Internacional y confiesan su derrota? Y si no, ¿porque toleran un pueblo del Mundo de Colón sea descuartizado tan bárbaramente por los enemigos de la civilización?
Porque no podemos dudar un momento que los clamores de la víctimas hayan llegado hasta las naciones civilizadas, y que las deportaciones y matanzas que el gobierno callista realiza  diario sean conocidas por nuestros hermanos.
Además, son del dominio público internacional las amenazas de Calles contra la propiedad privada, caso de no prestar obediencia a sus leyes absurdas; y debiendo observarse que dichos atentados implican la abolición del concepto clásico de la propiedad tal como es aún hoy día en el Derecho Internacional, y contra las compañías petroleras más poderosas de Norteamérica. ¿Cómo explicar, pues, la actitud pasiva, por no decir complaciente, de los Estados Unidos y de los demás pueblos de Occidente, frente a los excesos del callismo? ¿Cómo concordar con sus tradiciones libertarias su actitud medrosa y espectante ante una tiranía incalificable que ha conculcado los derechos más sagrados de su pueblo junto con los derechos más sagrados de la humanidad? ¿En donde está aquella caballerosidad de España para vengar los agravios hechos, no a una dama cualquiera, sino a la Iglesia Católica, su Madre, y a la Nación Mexicana, su hija predilecta? ¿En dónde está aquella bizarría de los franceses para sostener en todas partes el imperio de la Justicia y del Derecho de Gentes? ¿En donde aquella grandeza y heroísmo de Inglaterra para defender en todas partes, aún en las apartadas regiones, los fueros de la libertad? ¿En dónde, finalmente, aquel horror innato a la esclavitud que tanto blasonan los Estados Unidos de Norteamérica, y que les ha movido a prestar auxilio a Armenia, a Irlanda y a los pueblos de otros continentes en idénticas circunstancias, cuando a un paso de distancia encuentran a un pueblo herido de muerte por la tiranía y la revolcándose angustiosamente en un charco de sangre? ¿No seremos, por ventura, dignos los mexicanos de la atención del mundo civilizado cuando, en los estertores de la muerte, dirigimos nuestras miradas suplicantes y nuestros descarnados brazos hacia los pueblos que pueden y deben ayudarnos? El pueblo mexicano ha sido despojado por la tiranía no sólo de sus derechos más sagrados sino también de las armas necesarias para la defensa de esos mismos derechos; ha sido azotado bárbaramente por la tiranía, y robado y esquilmado por sus eternos opresores; y, sin embargo, el pueblo mexicano se defiende en los campos de batalla, y protesta en los campos del honor, y clama, y gime, y se retuerce bajo la bota opresora del tirano, y derrama su sangre generosa para alcanzar la conquista de su libertad. 
El pueblo mexicano, finalmente, se hunde en los abismos de la muerte porque, no sólo los gobiernos oficialmente le han despreciado, sino que también los pueblos católicos mismos han visto con desdén sus atroces sufrimientos. Fuera del Sumo Pontífice de la Cristiandad, que de veras se ha preocupado por México, ¿que han hecho las demás Iglesias para aliviar siquiera nuestros males y socorrernos en nuestros infortunios? Ya no queremos vanas protestas de simpatía, ni artículos de periódicos u obras literarias más o menos candentes contra el despotismo: queremos algo más efectivo… Queremos unas cuantas monedas para aliviar tanta miseria y librar a nuestros hermanos del hambre y de la muerte.
Nuestros soldados perecen en los campos de batalla acribillados por las balas de la tiranía, porque no hay quien secunde sus heroicos esfuerzos enviándoles elementos de boca y guerra para salvar a la Patria. Queremos armas y dinero para derrocar a la oprobiosa tiranía que nos oprime y fundar en México un gobierno honrado que garantice el ejercicio de las verdaderas libertades…
San Antonio, Texas, a 12 de julio de 1927.
+José de Jesús, Obispo de Huejutla

domingo, 26 de junio de 2011

A 85 años de la Ley Calles y San Miguel de la Mora

"No temeré ya más aunque me ataque 
un ejército entero:
Dios es mi protección en el combate
y en Él seguro espero"
Salmo 27


EL próximo 2 de julio, se cumplirán 85 años de la publicación de la tristemente famosa "Ley Calles", cuya aplicación dió pie para el levantamiento armado en defensa de la fe por medio de La Cristiada y sus consecuentes mártires.
"Las iglesias y las agrupaciones religiosas tendrán personalidad jurídica como asociaciones religiosas una vez que obtengan su correspondiente registro. La ley regulará dichas asociaciones y determinará las condiciones y requisitos para el registro constitutivo de las mismas..." Extracto de la Ley Calles
Al iniciar la segunda mitad del siglo XIX a raíz del establecimiento de la República Federal Laica con las perversas Leyes de Reforma, comenzaron a manifestarse fuertes encontronazos entre los sucesivos gobiernos estatales y federales con los integrantes del Clero Católico, para arrebatarle el presunto poder que éste tenía en las conciencias desde la época virreinal, y para impedir que, como había sido costumbre hasta entonces, los obispos y los sacerdotes pudieran tener cargos públicos.


Esta larga serie de desavenencias tuvo uno de sus más fuertes estallidos precisamente hace 85 años. Uno de los primeros estados en que dicho conflicto estalló, fue precisamente en Colima, donde comenzó a manifestarse a partir desde que en febrero de 1926, el presidente Plutarco Elías Calles envió a los gobernadores un telegrama instándolos a poner realmente en práctica la Constitución en materia religiosa, para meter en cintura a los obispos que, según él, se habían atrevido a desafiarlo, al republicarse una vieja declaración que uno de ellos había emitido en 1917, calificando a la Constitución de atea.
Jean Meyer comenta: "En el estado de Colima se asistía al ensayo general de lo que iba a ser la crisis nacional en julio. El 24 de marzo, la legislatura limitó a 20 el número de sacerdotes y los obligó a inscribirse ante las autoridades... Las condiciones podían parecer propicias a su tentativa: pequeño estado aislado, obispo enfermo, anciano y de carácter dulce, población pacífica, gobierno omnipotente. Para la ciudad de México, el asunto valía la pena: si el clero de Colima cedía, creábase un precedente, y las demás diócesis irían cayendo en cadena..."
Inmediatamente el licenciado Francisco Solórzano Béjar, gobernador sustituto del doctor Gerardo Hurtado, se dispuso a cumplir con las instrucciones presidenciales, para controlar a la Iglesia y restringir los derechos religiosos de la población local, pero sin tomar en cuenta que en un 99 por ciento de sus gobernados profesaba ese credo.


Los primeros actos que el gobernador Solórzano emprendió en ese mismo sentido, iniciaron con la confiscación del edificio del Seminario para transformarlo en cuartel. Luego reglamentó tan rigurosamente los toques de campana que, entre tocarlas y no tocarlas, el señor obispo prefirió en diciembre que se quedaran mudas. Más tarde Solórzano incautó el templo de La Salud para convertirlo en la sede de un sindicato y, finalmente, el 24 de marzo de 1926, mediante la publicación del decreto 126, se dispuso a imponer la insensata idea de que sólo podrían ejercer el sacerdocio 20 clérigos en todo el estado y ello a condición de que se registraran ante las autoridades municipales para conseguir su licencia. Advirtiendo que el día 5 de abril siguiente lo ordenado entraría en vigor.
"Fué entonces cuando el venerable clero, encabezado por Mons. Francisco Anaya y el Padre Don J. Jesús Ursúa, en cuerpo colegiado y con gesto de sublime heroísmo, se presentó a su anciano Obispo para decirle: Estamos todos dispuestos a sufrir y aún a morir si es necesario, antes que claudicar. Estamos prontos a echar sobre nosotros la ira de los hombres antes que entregar en manos impías los Derechos de Dios y de las almas. Será Vuestra Señoría Ilma., quien iluminado por Dios, acuerde lo conducente. Contará, ayudándonos Dios, con todo su clero. Y también fue cuando, Obispo y Sacerdotes colimenses en viril documento, manifestaron que no podían ser traidores a Cristo poniendo en manos de los hombres de  la Revolución impía a su Santa Iglesia". Spectator, Los Cristeros del Volcán de Colima. T. I págs. 43-44.

El Clero y el pueblo se solidarizaron con su Obispo animándole a la justa resistencia. El Obispo Amador Velasco, pese a estar ya muy anciano, convocó, para ese mismo 5 de abril a una gran manifestación popular que marchó hacia el jardín Libertad frente a Palacio de Gobierno para que unos representantes suyos trataran de entrevistarse con el gobernador y exigirle la derogación del Decreto, pero desafiando al pueblo, éste dijo que nada ni nadie lo haría cambiar en su decisión y, para rubricar su negativa ordenó a los policías apostados en la parte superior del Palacio que hicieran algunos disparos para dispersar a la multitud, en tanto que, algunos funcionarios de los que estaban en los balcones de Palacio, dispararon directo a la plaza y sobre la gente, corriendo la sangre, provocando los primeros héroes y mártires colimenses.


En ese contexto de represión apareció en Colima el general Benito García, furibundo anticlerical, quien comenzó a perseguir a los sacerdotes que, por haberse negado a cumplir con el dicho decreto, fueron acusados de rebelión y, de paso, a reprimir a los ciudadanos que les ayudaban a escapar o los escondían.


Algunos sacerdotes tuvieron entonces que salir del estado y seguir ejerciendo su ministerio en el ámbito más amplio de la propia diócesis; pero algunos pensaron que no era posible dejar a sus feligreses sin los auxilios espirituales y decidieron permanecer en sus respectivas parroquias, refugiándose en las casas de amigos y conocidos. 


SAN MIGUEL DE LA MORA PRIMER SACERDOTE MÁRTIR DE LA DIÓCESIS DE COLIMA


Este sacerdote, había nacido en Tecalitlán, Jalisco, el 19 de julio de 1874, y crecido en el rancho El Tigre, aprendiendo las labores de campo y convirtiéndose en un excelente jinete. Pero al entrar en la adolescencia sintió el llamado sacerdotal y pidió a sus papás que lo dejaran inscribirse en un Colegio Seminario. Como para entonces la diócesis de Colima ya había sido erigida y abarcaba entre su territorio a la parroquia de Tecalitlán, los padres del aspirante aprovecharon que ya uno de sus hijos mayores estaba viviendo en Colima, y lo inscribieron en el Seminario Conciliar de la Diócesis.
Según los datos de que disponemos, Miguel de la Mora parece haber sido un estudiante muy dedicado y recibió la ordenación sacerdotal (por datos de sus familiares) en 1906 por el Excmo. obispo Amador Velasco.


Sus primeros años como sacerdote transcurrieron atendiendo a los fieles de Tomatlán, Jalisco, de donde pasó a servir en la entonces muy próspera y muy poblada Hacienda de San Antonio, Colima, de donde fue enviado posteriormente a la vecina parroquia de Zapotitlán, que como otras poblaciones del Sur de Jalisco, sigue perteneciendo a la diócesis de Colima.
Desde Zapotitlán fue llamado para fungir como capellán de la Catedral. Cargo que estuvo desempeñando simultáneamente con el de director de la Obra Diocesana por la Propagación de la Fe, y atendiendo las necesidades espirituales de las monjas y de las alumnas del Colegio La Paz.
En 1926, como ya se dijo, el gobernador Francisco Solórzano Béjar atenazó a la Iglesia de común acuerdo con el presidente Plutarco Elías Calles, quien después de haber visto el experimento hecho en Colima y en Tabasco por los respectivos gobernadores anticlericales, el 2 de julio de ese mismo año promulgó una ley similar, pero de ordenamiento nacional, a la que se conoció simplemente como “La Ley Calles", que recibió un amplio rechazo del clero y la feligresía.


El gobernador quiso imponer el cumplimiento de la ley, pero el clero se resistió a ello, promovió un boicot contra los productos y servicios del gobierno y, finalmente, no pudiendo llegar a ningún entendimiento, el obispo se decidió a decretar la suspensión de cultos y el cierre de los templos. Los católicos se sintieron sumamente agredidos por el gobierno y éste, sin medir las consecuencias, ordenó al obispo y a los curas reabrir los templos e irse a registrar ante las autoridades como lo estipulaba la ley. Pero el clero se resistió, provocando el endurecimiento del gobierno en contra suya.


Los comerciantes de quejaron ante el gobernador de que ya casi no vendían nada porque los católicos redujeron las compras a lo mínimo indispensable. Solórzano, pese a saber la repulsa generalizada que habían generado sus disposiciones nugatorias contra los derechos religiosos, se negó a retractarse y buscó la manera de encontrar una salida que no lo dejara tan mal parado ante Calles y la opinión pública, y le solicitó a don Daniel Inda, don Andrés García y don Tiburcio Santana, tres señores muy reconocidos de Colima, que se entrevistaran con los representantes del clero para ofrecerles transigir a condición de que reiniciaran el culto. El padre Jesús Urzúa, secretario del Obispado, dijo que no había garantías sobre lo propuesto y condicionó a su vez la reanudación del culto a que se derogaran el decreto del gobernador y no se aplicara la “Ley Calles”. Propuestas que Solórzano no aceptó y, para acabar de agravar la situación, un general de apellido Talamantes comenzó a cometer graves abusos en contra de la población católica e incluso graves e inmerecidos “ajusticiamientos”, como el ocurrido en septiembre de 1926 cuando, tras de haber aprehendido a 30 ciudadanos que según él conspiraban contra el gobierno, mandó fusilar a ocho.


La noticia se publicó incluso en el periódico Excélsior, pero el general Talamantes, su perpetrador, ni se inmutó y, por el contrario, continuaron los encarcelamientos, los tormentos en las celdas clandestinas, las desapariciones y los asesinatos, como el que se cometió en contra de cinco mujeres colimenses que, un día de a principios de octubre, aparecieron colgadas en las ramas de los sabinos de junto a la "Piedra Lisa".


El año de 1926 cerró, pues, con muchas complicaciones y alteraciones sociales. En enero de 1927 un grupo de jóvenes católicos decidió finalmente, levantarse en armas para defender sus derechos y combatir la violencia con fuego. Dando inició así a La Cristiada formalmente dicha. Por lo que la persecución de los gobiernos federal y estatal se agudizó azuzando a ejidatarios y agraristas en contra de los llamados cristeros y aquello se convirtió en una guerra cívico-religiosa. Tanto que hacia mediados del año ya se sumaban decenas de muertos en las hostilidades.


Al padre Miguel de la Mora, quien seguía viviendo en Colima, le tocó que uno de los generales que estaban participando en ese conflicto, se fuera a vivir en una casa rentada situada precisamente enfrente de la suya, de manera que no tardó en ser identificado y hecho prisionero. Un grupo muy importante de ciudadanos católicos intercedió por él y pagó una fianza para que lo liberaran y así se hizo, pero le dieron la ciudad por cárcel y un plazo para que, una de dos, o reabriera la Catedral con un culto independiente de la Católica bajo vigilancia y obediencia a la autoridad civilo volviera a la cárcel.


A principios de agosto de 1927, viendo que el plazo se le iba a vencer, el padre De la Mora no quiso traicionar a su fe y decidió salir en secreto de Colima, acompañado por su hermano Regino y el padre Crispiniano Sandoval, vestidos con ropa común.
Un amigo les prestó el día 6 un coche para que, durante la madrugada del 7 los trasladara hacia la Hacienda de La Estancia, de don Luis Brizuela, en donde unos mozos los estarían esperando con cabalgaduras para tratar de escapar hasta el rancho de El Tigre, donde los dos hermanos habían nacido y crecido.
Desde La Estancia avanzaron a caballo hasta la antigua hacienda de Cardona (hoy ya desaparecida), en donde unos agraristas reconocieron al padre y aprehendieron a los tres para llevárselos presos de regreso a Colima.
Ninguno de los agraristas conocía, empero, al padre Sandoval y, como se desentendieron de él, logró escapárseles antes de llegar a la ciudad.
No hubo juicio legal en contra del padre Miguel y de su hermano Regino, pero sí una sentencia inmediata de muerte. Lo que se supo en ese sentido fue que, casi en cuanto los agraristas llegaron con sus prisioneros al edificio del antiguo y muy querido seminario donde Miguel de la Mora había hecho sus estudios (convertido en ese momento en cuartel, y que hoy es la escuela primaria Gregorio Torres Quintero), el general les formó un cuadro de fusilamiento pasado el medio día, del 7 de agosto de 1927. Convirtiéndose así, el padre Miguel, en primer sacerdote mártir de la diócesis de Colima.


En un carro fúnebre, llamado "mariposa", fue llevado al Panteón Municipal, en donde parece que unos parientes pudieron obtener el cuerpo y sepultarlo cristianamente, pero deprisa.
Días después, el General, creyendo que el padre llevaría en sus ropas dinero, mandó que durante la noche unos soldados exhumaran el cuerpo y extrajeran el dinero imaginado.
Si lo obtuvieron o no, se desconoce, lo cierto es que de golpe arrojaron nuevamente el cadáver a la fosa sin ningún detenimiento y sin depositar nuevamente el cadáver en el féretro, sino que sobre el cuerpo arrojaron la caja y la tierra que sellaría la tumba hasta dos años después, cuando, formada una comisión especial, exhumaron los restos y los trasladaron a la Catedral, en la cripta que el pueblo llama "Capilla de los Mártires", en donde espera la resurrección final.

Pedro Sánchez Ruiz. Nacimiento, grandeza, decadencia y ruina de la nación mejicana.
Abelardo Ahumada. Columna Diario de Colima
Saints.SPN.com

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