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sábado, 7 de septiembre de 2013

LA ESCUELA SOCIALISTA

«¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe! ¡Padres de familia mexicanos! Pensad que: queráis o no queráis, creáis o no, mañana o pasado, cuando menos lo esperéis, tendréis que dar estrecha cuenta a la Majestad de Dios del alma de vuestros hijos. Pensad que: la escuela socialista es una escuela de deshonestidad sistemática y premeditada. Ahí desde los doce años se impartirá la enseñanza sexual más cínica. Se prostituirá a la niña, se degenerará al varón. La escuela socialista será una antesala del lupanar. Ahí se combatirá constantemente toda idea religiosa. Se hará mofa sacrílega de la Iglesia y de Dios. Se propagará entre los niños el materialismo más grosero. Así se formará un generación deicida vergüenza de la humanidad. Pensad que: en la escuela socialista perderán los niños: el amor y veneración que deben a sus padres, el respeto a los maestros, el amor a la Patria. Si enviáis a vuestros hijos a esas escuelas serán mañana vuestra vergüenza y vuestro azote. Pensad que, si sois católicos, ya la Iglesia, nuestra Madre, pronunció un fallo definitivo e inapelable: ha excomulgado a todos los padres de familia que envían a sus hijos a la escuela socialista. Pensad que: para librarnos de esa excomunión, no basta con la absolución de un sacerdote complaciente, poco escrupuloso, inconsciente de sus deberes de Ministro de Dios vivo. Con o sin esa absolución, si mandas a tus hijos a la escuela socialista, quedas fuera de la comunión de la Iglesia, padre de familia mexicano: por tu propia dignidad y decoro, por el amor que profesas a tus hijos, ¡recházala!, apoya la huelga escolar, no te dejes engañar con sus mentiras. No hay quien pueda contra todo un pueblo, si es viril y es digno».

 José de Jesús, Obispo Cristero de Huejutla.


domingo, 18 de diciembre de 2011

MENSAJES PARA LOS CRISTEROS


“… enseñar al mundo que el Reinado Temporal de Cristo es pacifica y hay que implantarlo, sostenerlo y defenderlo por medios normalmente pacíficos, porque cuando se hace necesario debe implantarse y sostenerse y defenderse con sangre de mártires y heroísmo de cristeros.”
Así como no basto la palabra sola de Cristo para que su Doctrina arraigara y fue necesario que el redentor muriera en la Cruz, en el mas rotundo de los humanos fracasos, y que cientos de miles de mártires dieran su vida en testimonio de su Fe Cristiana, para que el catolicismo arraigara solidamente en la tierra; del a misma manera, fue preciso que el culto a la potestad real de Jesús, que la necesidad de reimplantar el imperio social, cívico y político del Reinado Temporal de Cristo, fuera predicado por nuestros mártires y nuestros Cristeros, combatiendo estos y muriendo unos y otros al grito de ¡Viva Cristo Rey!, para que aquel culto y esta aclamación se generalizara en todos los pueblos del orbe católico, y para que, mas tarde fructificara espléndidamente su enseñaza y su ejemplo sobre la restauración del Reinado Social, Cívico y político del Rey de Reyes.
Pío XI
El 17 de julio de 1927 dirigió al Diario de El Paso Mons. Alejandro Macchi, Obispo de Andria, Italia, un mensaje en el que decía:
“También desde este lejano rincón de las Puglias, quiero que llegue el mas ferviente y entusiasta saludo del Obispo, del Clero de os Fieles y de todas sus asociaciones, al fuerte y valiente pueblo mexicano, perseguido y bañado con sangre en defensa de su Fe, por la admirable fortaleza con que hace frente y resiste al inicuo tirano. Semejante fortaleza edifca y conmueve al mundo, y no encuentra ejemplo en la historia, sino en los primeros siglos del Cristianismo, cuando la sangre de los mártires era semilla de cristianos” 
El 27 de julio del mismo año, escribía Mons. Nicolás Charikiopulos, Obispo de Chios Grecia:

“El torrente de sangre que se esta derramando con tan grande generosidad por los perseguidos católicos mexicanos por la causa de Cristo, no solo abrirá a sus almas las puertas del Cielo, según la infalible promesa de Nuestro Señor : Beati qui persecutionem patiuntur propter justitiam”, sino que además fecundará la tierra de México, de la que brotaran juntamente con al paz, almas escogidas, dignas del nombre cristiano, soldados valientes de Cristo Nuestro Señor. Sepan los valientes católicos mexicanos, nuestros hermanos en la fe, que su admirable ejemplo ha producido un bien inmenso en el mundo católico. Ellos con su ejemplo han hecho revivir la Fe y han inspirado el mas puro amor, respeto y veneración para nuestra religión católica”
El mismo 27 de julio de 1927, escribía el Obispo de Basilea y Lugano, Suiza:
“Recibimos con sumo interés las noticias de lo que tiene que sufrir por su fe nuestros hermanos mexicanos. Admiramos su heroísmo y el magnifico ejemplo que nos dan de valor y de la fidelidad a la causa de Jesucristo, nos sirve de estimulo y edificación”.
El 25 de agosto del mismo año, transcribía Mons. Pedro Vera y Zuria, Arzobispo de la Puebla de los Ángeles, el siguiente mensaje de Mons. Miguel Akras, Arzobispo Maronita de Alep, Siria:
“La terrible calamidad que se desencadeno sobre la Iglesia en México desde hace mas de un año con el fin de aniquilarla, no podía dejarnos insensibles. Con ansiedad y con esperanza recibíamos las noticias de los sufrimientos heroicos y de las ignominias indecibles que han tenido que padecer numerosos mártires. Las noticias traídas por los periódicos y revistas las anunciábamos al pueblo desde el pulpito. Los fieles las escuchaban con visible emoción, recordando los primeros siglos del cristianismo… El mundo entero mientras, condena y estigmatiza el infame proceder de los actuales gobernantes de México, admira en el Clero y en los católicos de aquella gloriosa Nación el heroísmo inteligente y perseverante con el cual sostienen el rudo combate. Con inquebrantable confianza esperamos que por medio de ellos triunfe Cristo Rey”. 

El 27 de septiembre del mismo año, escribía Mons. Luis Zaffarami, Obispo de Todi, Italia: 
“¡Que ejemplo tan insigne y admirable de unión y disciplina y de fortaleza dan a todos los fieles cristianos los católicos mexicanos!. Lucha ese pueblo por vindicar y conservar la libertad de su Iglesia, para implantar y consolidar el reino propicio de Cristo Rey; por doquiera se ve oprimido de la persecución y de los padecimientos; sujetos al destierro y al martirio, más no vencidos, renuevan ellos ejemplos de los cristianos de la era primitiva y siguen fielmente sus huellas”.
El 5 de marzo de 1928, escribía Mons. Joseph Lo Gonaze, Arzobispo coadjutor de Port au Prince, Haití:
“Con la Iglesia Católica entera, la Iglesia de Haití, sigue con profundo dolor y grande admiración para nuestros hermanos de México, los sombríos acontecimientos que se desarrollan en ese país. Nuestros corazones sangran ante las torturas que un gobierno perseguidor dirige contra los queridos católicos mexicanos; pero nuestra fe se aviva con la actitud maravillosamente valiente de las victimas de Calles”.

Poco antes, el 19 de febrero, se reunió en la ciudad de Budapest, Hungría, el congreso de Protesta Contra las Tiranías del Perseguidor de la Iglesia en México, al que acudieron miles de Católicos, siendo presidido el mitin, por l a eminencia, el Cardenal Justiniano Seredi, Arzobispo – Primado – Duque de Hungría, quien abrió el congreso diciendo:
“Amadísimos hijos míos, Católicos de Hungría:
Las grandes calamidades que padecen ahora nuestros hermanos los católicos de México, nos han reunido en este lugar, para confesar ante la faz del mundo entero que sus desgracias son también las nuestras, que sus padecimientos nos llegan a nosotros en el alma… pero no solo nos hemos reunido aquí para demostrar nuestro dolor, sino también para reanimar nuestra fe, y enardecer nuestro valor cristiano ante los ejemplos sublimes del heroísmo de nuestros hermanos perseguidos, que nos recuerdan los tiempos de los Macabeos. Hemos venido aquí para rendir tributo de admiración a los que en estos mismos días han dado su sangre por Jesucristo, en defensa de su fe coronados del martirio. Finalmente nos hemos reunido para impetrar de los mártires gloriosos bendiciones y gracias celestiales”.
Poco después, se congregaron centenares de Católicos Germanos en las dos grandes salas de la Unión de Católicos Alemanes de la ciudad teutona de Friburgo, en la que dijo el prelado Friburgues Mons. Brettle, al exponer el fin del a reunión:
“Queremos que nuestros corazones latan de amor y de entusiasmo por la religión y que se fortalezcan con el ejemplo y la grandeza del alma de nuestros hermanos de México; queremos demostrar nuestra simpatía y compasión hacia aquellas pobres gentes, perseguidas y maltratadas por defender sus creencias; queremos aprender de ellos a conservar el tesoro de nuestras creencias y a cumplir nuestros deberes presentes y futuros; queremos demostrar que somos una comunidad cuya cabeza es Cristo y la visible, el Papa”.
En lo anterior no hay ninguna exageración, pues dos años antes, en plena epopeya Cristera, la Santidad de Pío XI dijo en la carta que el Emmo. Srio. De estado, Cardenal Gasparri dirigió el 27 de julio de 1927 al Obispo de Oviedo:
“El pensamiento y el magnánimo corazón del Santo Padre están fijos constantemente en la desolada Nación Mexicana y en los angustiosos sufrimientos de que son blanco aquellos fieles, tanto mas queridos y dignos de su amorosa solicitud, cuanto mas hoy a la prueba del dolor y hechos espectáculo ante el mundo, ante la historia y ante Dios, para demostrar de que heroísmo sea inspiradora la Fe, y como en el nombre de Cristo, su Iglesia y sus seguidores están siempre prontos a renovar las gloriosas hazañas de los Mártires”.

***

lunes, 14 de noviembre de 2011

LA GÉNESIS


POR: ANACLETO GONZÁLEZ FLORES

El ojo penetrante de un observador profundo y conocedor de las leyes de la Historia, al percibir los nubarrones que obscurecieron el cielo de la Patria en los comienzos de la Revolución iniciada por Don Francisco I. Madero, pudo descubrir a través de la superficie de los hechos entonces desarrollados y de las cosas entonces sacudidas el fondo obscuro y aterrador de una tragedia que llevaría el temblor de la catástrofe a las leyes, a las instituciones y a todas partes. En efecto, todo estaba magníficamente preparado para un sacudimiento que lo había de conmover y ensangrentar todo: el poder público, el hogar, el templo, la escuela, en una palabra, todo.
Que ¿quién fue el obrero que realizó tan acertadamente la labor de preparación, el cíclope que con sus nervudos brazos acumuló en las entrañas del organismo nacional la fuerza explosiva que agrietaría las construcciones más sólidas y pasaría después, como oleada de fuego y de exterminio, sobre nuestros campos y ciudades?
La ceguera de algunos señala a los caudillos que alzaron la bandera de la rebelión; la miopía de otros la intervención de los católicos en la política; el odio sectario de no pocos la actuación del Clero y, la desorientación y casi todos, las ansias pujantes de libertad de las muchedumbres. La crítica serena, imparcial y profunda alza su mano sobre todos los prejuicios y sobre la estrechez de miras, vuelve su rostro hacia el pasado, germen fecundo e inagotable del presente y del porvenir, y con la majestad imperturbable de la verdad, que es luz y de la justicia, que algunas veces es galardón y que en este caso es anatema implacable, señala a un hombre, al viejo dictador y a su obra que fue un mausoleo gigantesco donde fueron sepultadas todas las libertades y donde juntamente con todos los rebajamientos y degradaciones, incubaron los gérmenes de una disolución que, al desbordarse sobre la superficie, nos ha llenado de estupor y asombro. Parece esto un sarcasmo y es indudablemente una paradoja, pero al mismo tiempo una realidad innegable. Augusto abrió con sus propias manos la tumba de todas las libertades del pueblo romano y más tarde los bárbaros danzaron en torno del coloso herido en la mitad del corazón por sus orgías y por su molicie. El viejo dictador apuntaló el edificio que levantó con su espada, con los despojos de la libertad profanada en todas sus manifestaciones y, a trueque de un progreso material que a muchos deslumbró y a no pocos hizo renunciar a las prerrogativas del hombre y del ciudadano, lo empujó todo hacia el abismo.
Los gobiernos ante todo necesitan prevenir y echar en las regiones del pensamiento y de las costumbres los cimientos sólidos del orden y de la paz; la dictadura, que siempre ofreció una ayuda decidida y entusiasta a todo lo que es corrupción de las costumbres y anarquía en el pensamiento, preparó la anarquía en todos los órdenes y consiguientemente la hecatombe que acabamos de presenciar. De aquí que los que habían sabido ahondar en el andamiaje de la dictadura y llegaron a convencerse de que tarde o temprano haría erupción el volcán de apetitos, de pasiones, de odios y de errores sobre que reposaba el régimen dictatorial, pudieron muy bien comprender que la cuestión política y electoral de 1910, tendría que ser muy poco después una cuestión más trascendental, más profunda y que abarcaría en su conjunto todas las cuestiones que pesan sobre nosotros. Así se explica que bien pronto haya sido planteada la cuestión religiosa en una forma sangrienta, brutal, espantosa, en pocas palabras, en la forma que fue planteada en la revolución francesa: la persecución.
D. Francisco I. Madero llegó a hablar muy seriamente, al parecer, de la derogación de las Leyes de Reforma, que fueron un yugo que el liberalismo hacía pesar sobre la libertad de conciencia; pero seguramente se trataba de un recurso y nada más. Y es muy posible que el resurgimiento de los católicos en política hubiera llevado al vencedor de Díaz, hasta empuñar la espada del perseguidor. Sea de esto lo que fuere, lo incuestionable es que so pretexto de que el Clero y los católicos prestaron su apoyo a Huerta, el movimiento constitucionalista hizo formal juramento de perseguir de un modo ciego e implacable a la Iglesia Mexicana. Que este propósito existía lo demuestra, además de la persecución y destierro de sacerdotes y la clausura de templos en toda la República, el aplauso unánime, entusiasta con que recibieron los convencionistas de Aguascalientes el discurso que pronunció el general Antonio I. Villarreal después de jurar la bandera en la sesión del día catorce de octubre de 1914. “Aniquilados nuestros tres enemigos: el privilegio, el clericalismo y el militarismo, podremos entrar de lleno en el período constitucional que todos anhelamos”. Esta amenaza, que es un programa de persecución desarrollado en todo el país, fue aplaudido estruendosamente por todos los militares que asistieron a la Convención de Aguascalientes y revela muy claramente que la revolución constitucionalista fue y es antirreligiosa. Es verdad que se ha querido esgrimir como arma de defensa el argumento gastado de que el Clero y la Religión son cosas perfectamente distintas y el de que se ha querido perseguir a los sacerdotes y no la libertad de cultos. Este argumento fue el arma que esgrimió, sobre todo en la ciudad de Guadalajara, el Boletín Militar, hoja periódica pésimamente escrita y que fue el portavoz de las ideas revolucionarias por espacio de algún tiempo. Sin embargo, la Constitución de 1917, monumento de estulticia jurídica, política y social y código en que condensaron los revolucionarios sus ansias y sus aspiraciones, se alza delante de nosotros como una prueba irrefutable de las tendencias antirreligiosas del constitucionalismo.
Y hay que convenir en que la consigna, en que el programa de persecución implacable, tal como lo formuló Villarreal en la Convención, fue realizado con verdadero lujo de crueldad y de barbarie. Ya con alguna anterioridad a la celebración de la Asamblea que se reunió en Aguascalientes y donde fueron a chocar estrepitosamente las ruines y feroces ambiciones d los caudillos, Villarreal había expedido un decreto en que ordenó la expulsión de los sacerdotes, la clausura de los templos y la prohibición de la confesión sacramental. Y en el manifiesto publicado por Carranza para contestar a Villa, cuando éste se separó del Constitucionalismo, el entonces Primer Jefe transcribe una felicitación que el mencionado Villa le dirigió a Villarreal por el decreto de persecución. El mismo Carranza al contestar los cargos que se le hacen por haber permitido a los jefes principales la persecución, no desmiente esto categóricamente y se limita a afirmar que Villa no se halla limpio de la mancha de perseguidor.
La persecución religiosa, por más que en apariencia reconoce otras causas, arranca, como de su verdadera y genuina raíz, no de este o aquél hecho aislado y que en todo caso no reviste más que el carácter de pretexto; sino de la enorme dosis de laicismo que la dictadura inyectó en el cuerpo de la patria esclavizada y escarnecida. Se trabajó con una tenacidad digna de una noble y santa causa en arrancar de lo íntimo, de las entrañas de la sociedad las tesis salvadoras del Evangelio, en arraigar en lo profundo del alma del pueblo los principios demoledores del positivismo enseñado y sostenido en la cátedra, en la prensa, en la apoteosis de los maestros y en los espectáculos públicos. Y así se formó una generación que por instinto, por un impulso espontáneo, ciego y pujante ha tenido, primero, que hacer oír el célebre grito del jacobinismo agudo y devorador que pronunció Gambetta“El clericalismo, he ahí el enemigo”; y después que ir a descargar sus iras sobre el altar, sobre el templo, sobre el dogma y sobre el sacerdote. ¿Que se quiere, que se desea respetar todos los cultos? Sí, todos, menos el Católico, menos lo que es la verdadera religión en nuestro país, lo que puede despertar muy vivamente los odios de la generación laica amamantada por la dictadura.
Por tanto, si la revolución maderista, de cuestión política tuvo que transformarse en sacudimiento social profundo que aún no termina y que cuando mucho solamente nos dará una tregua, y vino a plantear un problema religioso amplio, trascendental y de carácter jurídico o legal, no es porque hayan aparecido en la escena estos o aquellos hombres o este o aquel partido; sino porque la lógica de los hechos, incontenible, ciega, inexorable ha seguido su camino y ha llegado por ahora a una de las escarpaduras que se hallan en la pendiente por donde empezamos a caer; ya llegaremos, si antes no se tuerce el curso de los acontecimientos bajo el influjo de laProvidencia y del esfuerzo de los hombres de acción, a dar de cara en lo más hondo del abismo. Preciso es, pues, convenir en que la explosión de odios que ha agrietado el edificio y que nos ha sorprendido y después nos ha azotado y herido, tuvo su punto de partida en la trabazón poco perceptible, pero real, innegable de los hechos, pues ante esa corriente que se desborda y se precipita y lo inunda todo, un hombre es un accidente, un factor que bien puede desaparecer sin que lo sustancial de las cosas se modifique; un partido es una fuerza que puede revestir una forma cualquiera; un sistema, una fórmula que sin el conjunto de los acontecimientos carecerá de sentido. Fue Bossuet, uno de los primeros oradores de Francia, quien afirmó que el hombre se agita y Dios lo conduce; ante el cuadro de nuestros desastres y el punto obscuro de donde han arrancado y han tomado sus ímpetus, se puede afirmar que el hombre se revuelve y los hechos lo arrastran. Con esto no se pretende suprimir la responsabilidad humana reconocida siempre por la Historia y consecuencia natural de la libertad del hombre, sino que se desea muy vivamente orientar los espíritus hacia el rumbo por donde es posible descubrir las hondas y ocultas raíces de nuestros males políticos y sociales, y señalar o hacer presentir siquiera el remedio supremo de esa enfermedad vieja, rebelde e ignorada, pues nuestros estadistas han preferido tener a sus pies el alma envilecida del esclavo a encontrarse frente al gesto imperturbable de Catón.
Por tanto, tengamos el valor y la serenidad suficiente para confesar que detrás de esta catástrofe que nos ha herido con el vértigo del abismo se halla un sistema, una serie de ideas, un pensamiento y sobre todo un hecho o conjunto de hechos: la dictadura, con la significación honda y fuerte que tiene esta palabra y con las consecuencias que hoy nos hacen abrir los ojos sobre la ruina que se interpone a nuestro paso, y que nos habla de un pasado de ignominia y de un porvenir incierto, pavoroso, pero que puede entrar bajo el dominio de nuestro brazo conquistador.

sábado, 30 de julio de 2011

DISCURSO DEL GENERAL GOROSTIETA

Desde el cuartel general de El Triunfo, en el Estado de Jalisco, el Jefe Supremo de la Guardia Nacional, generalísimo Enrique Gorostieta Velarde a los miembros del Comité Directivo de la L.N.D.L.R. (Liga Nacional en Defensa de la Lucha Religiosa). 16 de Mayo de 1929

“Desde que comenzó nuestra lucha, no ha dejado de ocuparse esporádicamente la prensa nacional y aún la extranjera, de posibles arreglos entre el llamado Gobierno y algún miembro señalado del Episcopado Mexicano, para terminar el problema religioso.
Siempre que esta noticia ha aparecido, han sentido los hombres en lucha que un escalofrío de muerte los invade, peor, mil veces peor que todas las amarguras que han debido apurar. Cada vez que la prensa nos dice de un Obispo posible parlamentario con el callismo, sentimos como una bofetada en pleno rostro, tanto más dolorosa cuanto que viene de quien podíamos esperar un consuelo, una palabra de aliento en nuestra lucha; aliento y consuelo que con una honorabilísima excepción de nadie hemos recibido.
Estas noticias que de manera tan irregular ha dado la prensa y las que nunca han sido desmentidas de manera oficial por nuestros Obispos, siempre han sido de fatales consecuencias para nosotros; los que dirigimos en el campo siempre hemos podido notar que a raíz de una de ellas se suspende el crecimiento de nuestra organización y para volver a obtenerlo hemos debido hacer grandes esfuerzos.
Siempre han sido estas noticias como duchazos de agua helada a nuestro cálido entusiasmo.
Una vez más, en los momentos en que el déspota regresa chorreando sangre, después de dominar por malas artes (oro y apoyo extranjero) a un grupo de sus mismos corifeos que le fueron infidentes; ahora ante el fracaso de los sublevados del Norte, la Nación tiembla de pavor ante la perspectiva del desenfreno del tirano; ahora que este pavor se comunica hasta a diversos grupos nuestros; ahora que los que dirigimos en el campo necesitamos hacer un esfuerzo casi sobrehumano para evitar que ese desaliento contamine a los que luchan; en los momentos precisos en que más necesitamos de un apoyo moral por parte de las fuerzas directoras, de manera especial de las espirituales, vuelve la prensa a esparcir el rumor de las posibles pláticas entre el actual Presidente y el Sr. Arzobispo Ruiz y Flores, pláticas que tienden a solucionar el conflicto religioso y rumor que toma cuerpo con las ambiguas, hipócritas y torpes declaraciones de Portes Gil hechas en Puebla el día cinco del presente.
No sé lo que haya de cierto en el asunto, pero como la Guardia Nacional es institución interesada en él, quiero de una vez por todas y por el digno conducto de ustedes exponer la manera de sentir de los que luchamos en el campo, a fin de que llegue a conocimiento del Episcopado Mexicano y a fin también de que sean ustedes servidos en tomar las providencias que sean necesarias para que llegando hasta Roma obtengamos de nuestro Santo Vicario un remedio a nuestros males… La Guardia Nacional es el pueblo mismo; es la Institución que en el pasado y en el presente de esta lucha se ha hecho solidaria de la ofensa inferida al pueblo mexicano, en un tiempo indefenso, por mexicanos traidores; la Guardia es el contrincante natural de todo lo que en México hay de indigno y espurio. La Guardia tiene ya algunas armas y son éstas la única seguridad que tenemos de vivir en un relativo ambiente de justicia.
Si se nos objetara que la fuerza material con que contamos no es de tomarse en consideración, podemos desmentir tal dicho con sólo hacer notar que es nuestra actitud la que provoca el intento del tirano para solucionar el conflicto. Esto está en la conciencia de todos. Pero aún hay más: nuestra fuerza está constituida por un pequeño ejército, pobre en armas, riquísimo en virtudes militares, que lucha cada día con más éxito por libertarse de una jauría rabiosa que los esclavizaba; por un pueblo entero que está decidido a conquistar todas las libertades y que tiene puestos sus ojos no en la promesa banal que puede hacerse al Episcopado, sino en la obligada transacción a que tiene que someterse el grupo que ahora nos tiraniza.
Lo que nos hace falta en fuerza material no le pedimos al Episcopado, lo obtendremos de nuestro esfuerzo; sí pedimos al Episcopado fuerza moral que nos haría omnipotentes y está en nuestras manos dársela, con sólo unificar su criterio y orientar a nuestro pueblo para que cumpla con su deber aconsejándole una actitud digna y viril, propia de cristianos y no de esclavos… Que los señores Obispos tengan paciencia, que no se desesperen, que día llegará en que podamos con orgullo llamarlos en unión de nuestros sacerdotes a que vengan entre nosotros a desarrollar su Sagrada Misión, entonces sí en un país de libres. ¡Todo un ejército de muertos nos manda obrar así!”

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