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sábado, 13 de abril de 2013

LA RESISTENCIA CRISTERA



Cuando ya había iniciado la segunda etapa de la Epopeya Cristera, el acejotamero de la vieja guardia Alfonso De la Torre Uribarren, radicado en Magdalena, Sonora, dirigió a Mons. Juan María Navarrete, Obispo de Sonora, en cuya Diócesis era tremenda la persecución, por obra del cacique Rodolfo Elías Chacón, hijo de Plutarco Elías Calles, un ocurso que fue firmado por buen número de católicos sonorenses, en el que éstos pedían a su Pastor les indicara la actitud que “como católicos y mexicanos” debían asumir en aquél Estado ante la tiranía existente, “pues por el silencio de V.R.I. y la inacción nuestra, más parecemos de la misma tiranía que defensores de nuestra Santa Religión”. A eso respondió el Prelado haciendo referencia a lo dicho por el Delegado Apostólico el 12 de diciembre de 1934 y añadiendo por cuenta propia:

«… es honesto sentir que el deber de los católicos ante la situación actual es presentar por lo menos una consistente y organizada resistencia pasiva… Si además de esto hay quien quiera resistir en otra forma, siempre que además de estar de acuerdo con los prescritos de la ley natural, ofrezca sólida probabilidad de buen éxito, juzgo que no haría más que usar de sus derechos naturales inalienables… Hay que hacer entender a los que no lo entienden que el socialismo, como se trata de imponerlo a nuestras conciencias, es un error anticristiano, antisocial y anti patriótico  que por ende, como cristianos, como hombres y como mexicanos estamos obligados en conciencia a resistir dicha imposición no sólo en nosotros sino también en los demás, en la medida de nuestras fuerzas, y que delante de Dios y delante de la sociedad seremos culpables si seguimos dejándonos arrastrar hacia el abismo como hasta aquí lo hemos hecho… ; la resistencia pasiva… es el mínimum del cumplimiento de nuestro deber… Pueden ustedes hacer el uso que gusten de esta mi contestación a su ocurso… Ruego al Señor los bendiga y llene de gracia para estar a la altura de su deber en las presentes circunstancias…»

Y los católicos firmantes de la solicitud se levantaron en armas capitaneados por De la Torre, quien murió peleando en defensa y por la reimplantación del Reinado Temporal de Cristo en México, el 13 de noviembre de 1935.

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sábado, 9 de julio de 2011

¡VIVA CRISTO REY! MENSAJE AL MUNDO CIVILIZADO


México se hunde, ¡Oh pueblos civilizados del orbe! ¡México se hunde, y quizá para siempre, en los negros abismos de la infidelidad y la barbarie! La luz de la civilización que durante más de cuatro siglos iluminara sus destinos está por extinguirse agitada por el huracán de la revolución social más espantosa que jamás haya conmovido a pueblo alguno de la tierra. Y no son los detalles del edificio social los que se vienen abajo, son los cimiento mismos los que crujen y amenazan acabar con la existencia misma del edificio.
Ya no sólo es la Iglesia Católica la que va a perecer en este gran cataclismo, son todas las instituciones sociales las que van a ser arrastradas por las furiosas corrientes de la barbarie y del odio a la cristiana civilización. Su religión ha sido proscrita, sus sacerdotes han sido bárbaramente expulsados del seno de la patria o vilmente asesinados por la insaciable clerofobia de los nuevos Nerones, sus templos han sido profanados, violadas sus vírgenes y prostituidos sus jóvenes. De las escuelas ha sido arrancada la enseña de la Redención, y sus maestros ya no son libres para transmitir a las nuevas generaciones la herencia moral que recibieran de sus antepasados, sino que fatalmente están inoculando a los nuevos vástagos el virus de la inmoralidad y de la disolución social. Nuestras riquezas han sido dilapidadas por los modernos Epulones a quienes no bastan sus pingües rentas para hartarse de placeres en bacanales y orgías. Nuestro crédito es nulo, nuestra industria está muerta; la agricultura ya no nos da el sustento necesario y por todos los campos de la Patria se agita gigantesco y terrible el espectro del hambre. Los asesinatos se multiplican, las deportaciones se aumentan y las cárceles ensanchan sus hediondos senos. El tirano, sediento cada vez más de sangre de Cristianos, ya no disculpa edad, ni sexo, ni condición de personas, siempre que las inermes víctimas no logran escapar de las garras de sus crueles sayones.
En México ya no existen la Constitución, ni leyes , ni magistrados dignos de tal nombre: el capricho del tirano es la suprema ley, y su voluntad se ha impuesto a todos los órdenes y grados de los ciudadanos. De no cambiar súbitamente el curso de los acontecimientos, México será sustraído por completo a la civilización occidental y girará en torno de la barbarie comunista; esto es: perderá la fe de sus padres que es el más rico tesoro que ahora poseemos y retrogradará a las tinieblas del viejo paganismo. Más aún: irá a las sombras de la muerte herida por la Piedra Angular contra la que van a estrellarse todos los que maquinan contra la Iglesia y su Cristo… Existe un buen número de mexicanos que han conservado la fe en sus padres y en cuyos pechos arde la caridad de Cristo.
Tales son los mártires de la presente epopeya cuya sangre generosa es suficiente para borrar nuestros crímenes y nuestras cobardías; tales son los valientes soldados que han preferido empuñar la espada vengadora en los campos de batalla a engrosar las filas de la esclavitud; tales son las pléyades de mexicanos que, sin ir a los campos de batalla, honran a su Patria y glorifican a Cristo Rey, en las mazmorras, en las cárceles, o bien en las dichosas Islas santificadas ya con la presencia de tantos confesores de Cristo… México se hunde, porque nosotros los sacerdotes, los abanderados de la causa de Dios, hemos sido también indiferentes a las lágrimas de nuestro pueblo y no hemos venido prontamente al auxilio de los buenos mexicanos que han luchado y luchan valerosamente por la causa de la libertad. Es muy cierto que estamos pobres, que hemos sido ya despojados de nuestros bienes por la avaricia insaciable del jacobinismo mexicano; pero todavía la Iglesia, pobre y desvalida, tiene en sus manos unas cuantas monedas. ¿Porque no entregarlas a los soldados de la libertad? ¿Porque no desprendernos de nuestras alhajas y muebles para salvar la causa de la civilización? ¿Porque no alentar con nuestras palabras y ejemplos a tanto acaudalados ambiciosos para quienes nuestra conducta sería un argumento decisivo para excitar su largueza y generosidad? Si hay causa justa y santa alguna vez para agotar los tesoros de la Iglesia, esta es sin duda la causa de la libertad de la Iglesia. La Iglesia sin libertad no puede ser, ni se concibe, como no se concibe un hombre sin alma o un entendimiento sin luz. Es necesario que la Iglesia exista antes que todo. No puede la Iglesia ejercitar su ministerio divino, si ella no existe, y no existirá donde carezca de libertad para ejercer su celo. Luego todos los arbitrios de que ella disponga para conseguir su fin deberían emplearse en asegurar su existencia ante todo, y recuperar aquella libertad que es de todo punto indispensable para el ejercicio de su ministerio.
Nadie puede impedir la vida de la Iglesia, sin contrariar la voluntad de Jesucristo; luego no existe ley humana alguna ni puede existir, que se oponga a esta ley de la conservación o que ponga trabas a la lucha para la conquista de la libertad. México se hunde, finalmente, porque la tiranía imperante, contando con la complicidad de todos los pueblos de la tierra, ha jurado la ruina total de la Nación Mexicana. Sus golpes han sido certeros y terribles; porque no ha habido un solo pueblo que levante su voz en medio de esta orgía de sangre y exterminio y ponga un valladar infranqueable a los desmanes de un despotismo feroz que da en rostro a todas las naciones civilizadas en la tierra.
“Verdaderamente decíamos en Nuestra Sexta Pastoral, no alcanzamos a comprender cómo los pueblos civilizados hayan contemplado impávidos los ultrajes hechos con tanta osadía y descaro, no sólo a la dignidad de un pueblo, sino aun a la civilización universal”.
Y sube de punto nuestra admiración y extrañeza al considerar que desde el asalto al Templo de la Soledad, hasta el momento presente, la tiranía no ha dado punto de reposo en su obra de destrucción y de barbarie, y sin embargo, cuente aún con la amistad y cordiales relaciones de los pueblos más grandes y cultos de la tierra. Porque nosotros, que hemos aprendido del Maestro a llamar las cosas por su nombre, no podemos que menos de hacernos la siguiente reflexión: O la obra de la barbarie que realiza Calles en México es del agrado de los pueblos, o no, si lo es,
¿porque tantas declamaciones contra el bolchevismo considerándolo como la lepra de la humanidad? ¿Porque las naciones no se arrojan a los pies de la Internacional y confiesan su derrota? Y si no, ¿porque toleran un pueblo del Mundo de Colón sea descuartizado tan bárbaramente por los enemigos de la civilización?
Porque no podemos dudar un momento que los clamores de la víctimas hayan llegado hasta las naciones civilizadas, y que las deportaciones y matanzas que el gobierno callista realiza  diario sean conocidas por nuestros hermanos.
Además, son del dominio público internacional las amenazas de Calles contra la propiedad privada, caso de no prestar obediencia a sus leyes absurdas; y debiendo observarse que dichos atentados implican la abolición del concepto clásico de la propiedad tal como es aún hoy día en el Derecho Internacional, y contra las compañías petroleras más poderosas de Norteamérica. ¿Cómo explicar, pues, la actitud pasiva, por no decir complaciente, de los Estados Unidos y de los demás pueblos de Occidente, frente a los excesos del callismo? ¿Cómo concordar con sus tradiciones libertarias su actitud medrosa y espectante ante una tiranía incalificable que ha conculcado los derechos más sagrados de su pueblo junto con los derechos más sagrados de la humanidad? ¿En donde está aquella caballerosidad de España para vengar los agravios hechos, no a una dama cualquiera, sino a la Iglesia Católica, su Madre, y a la Nación Mexicana, su hija predilecta? ¿En dónde está aquella bizarría de los franceses para sostener en todas partes el imperio de la Justicia y del Derecho de Gentes? ¿En donde aquella grandeza y heroísmo de Inglaterra para defender en todas partes, aún en las apartadas regiones, los fueros de la libertad? ¿En dónde, finalmente, aquel horror innato a la esclavitud que tanto blasonan los Estados Unidos de Norteamérica, y que les ha movido a prestar auxilio a Armenia, a Irlanda y a los pueblos de otros continentes en idénticas circunstancias, cuando a un paso de distancia encuentran a un pueblo herido de muerte por la tiranía y la revolcándose angustiosamente en un charco de sangre? ¿No seremos, por ventura, dignos los mexicanos de la atención del mundo civilizado cuando, en los estertores de la muerte, dirigimos nuestras miradas suplicantes y nuestros descarnados brazos hacia los pueblos que pueden y deben ayudarnos? El pueblo mexicano ha sido despojado por la tiranía no sólo de sus derechos más sagrados sino también de las armas necesarias para la defensa de esos mismos derechos; ha sido azotado bárbaramente por la tiranía, y robado y esquilmado por sus eternos opresores; y, sin embargo, el pueblo mexicano se defiende en los campos de batalla, y protesta en los campos del honor, y clama, y gime, y se retuerce bajo la bota opresora del tirano, y derrama su sangre generosa para alcanzar la conquista de su libertad. 
El pueblo mexicano, finalmente, se hunde en los abismos de la muerte porque, no sólo los gobiernos oficialmente le han despreciado, sino que también los pueblos católicos mismos han visto con desdén sus atroces sufrimientos. Fuera del Sumo Pontífice de la Cristiandad, que de veras se ha preocupado por México, ¿que han hecho las demás Iglesias para aliviar siquiera nuestros males y socorrernos en nuestros infortunios? Ya no queremos vanas protestas de simpatía, ni artículos de periódicos u obras literarias más o menos candentes contra el despotismo: queremos algo más efectivo… Queremos unas cuantas monedas para aliviar tanta miseria y librar a nuestros hermanos del hambre y de la muerte.
Nuestros soldados perecen en los campos de batalla acribillados por las balas de la tiranía, porque no hay quien secunde sus heroicos esfuerzos enviándoles elementos de boca y guerra para salvar a la Patria. Queremos armas y dinero para derrocar a la oprobiosa tiranía que nos oprime y fundar en México un gobierno honrado que garantice el ejercicio de las verdaderas libertades…
San Antonio, Texas, a 12 de julio de 1927.
+José de Jesús, Obispo de Huejutla

domingo, 26 de junio de 2011

A 85 años de la Ley Calles y San Miguel de la Mora

"No temeré ya más aunque me ataque 
un ejército entero:
Dios es mi protección en el combate
y en Él seguro espero"
Salmo 27


EL próximo 2 de julio, se cumplirán 85 años de la publicación de la tristemente famosa "Ley Calles", cuya aplicación dió pie para el levantamiento armado en defensa de la fe por medio de La Cristiada y sus consecuentes mártires.
"Las iglesias y las agrupaciones religiosas tendrán personalidad jurídica como asociaciones religiosas una vez que obtengan su correspondiente registro. La ley regulará dichas asociaciones y determinará las condiciones y requisitos para el registro constitutivo de las mismas..." Extracto de la Ley Calles
Al iniciar la segunda mitad del siglo XIX a raíz del establecimiento de la República Federal Laica con las perversas Leyes de Reforma, comenzaron a manifestarse fuertes encontronazos entre los sucesivos gobiernos estatales y federales con los integrantes del Clero Católico, para arrebatarle el presunto poder que éste tenía en las conciencias desde la época virreinal, y para impedir que, como había sido costumbre hasta entonces, los obispos y los sacerdotes pudieran tener cargos públicos.


Esta larga serie de desavenencias tuvo uno de sus más fuertes estallidos precisamente hace 85 años. Uno de los primeros estados en que dicho conflicto estalló, fue precisamente en Colima, donde comenzó a manifestarse a partir desde que en febrero de 1926, el presidente Plutarco Elías Calles envió a los gobernadores un telegrama instándolos a poner realmente en práctica la Constitución en materia religiosa, para meter en cintura a los obispos que, según él, se habían atrevido a desafiarlo, al republicarse una vieja declaración que uno de ellos había emitido en 1917, calificando a la Constitución de atea.
Jean Meyer comenta: "En el estado de Colima se asistía al ensayo general de lo que iba a ser la crisis nacional en julio. El 24 de marzo, la legislatura limitó a 20 el número de sacerdotes y los obligó a inscribirse ante las autoridades... Las condiciones podían parecer propicias a su tentativa: pequeño estado aislado, obispo enfermo, anciano y de carácter dulce, población pacífica, gobierno omnipotente. Para la ciudad de México, el asunto valía la pena: si el clero de Colima cedía, creábase un precedente, y las demás diócesis irían cayendo en cadena..."
Inmediatamente el licenciado Francisco Solórzano Béjar, gobernador sustituto del doctor Gerardo Hurtado, se dispuso a cumplir con las instrucciones presidenciales, para controlar a la Iglesia y restringir los derechos religiosos de la población local, pero sin tomar en cuenta que en un 99 por ciento de sus gobernados profesaba ese credo.


Los primeros actos que el gobernador Solórzano emprendió en ese mismo sentido, iniciaron con la confiscación del edificio del Seminario para transformarlo en cuartel. Luego reglamentó tan rigurosamente los toques de campana que, entre tocarlas y no tocarlas, el señor obispo prefirió en diciembre que se quedaran mudas. Más tarde Solórzano incautó el templo de La Salud para convertirlo en la sede de un sindicato y, finalmente, el 24 de marzo de 1926, mediante la publicación del decreto 126, se dispuso a imponer la insensata idea de que sólo podrían ejercer el sacerdocio 20 clérigos en todo el estado y ello a condición de que se registraran ante las autoridades municipales para conseguir su licencia. Advirtiendo que el día 5 de abril siguiente lo ordenado entraría en vigor.
"Fué entonces cuando el venerable clero, encabezado por Mons. Francisco Anaya y el Padre Don J. Jesús Ursúa, en cuerpo colegiado y con gesto de sublime heroísmo, se presentó a su anciano Obispo para decirle: Estamos todos dispuestos a sufrir y aún a morir si es necesario, antes que claudicar. Estamos prontos a echar sobre nosotros la ira de los hombres antes que entregar en manos impías los Derechos de Dios y de las almas. Será Vuestra Señoría Ilma., quien iluminado por Dios, acuerde lo conducente. Contará, ayudándonos Dios, con todo su clero. Y también fue cuando, Obispo y Sacerdotes colimenses en viril documento, manifestaron que no podían ser traidores a Cristo poniendo en manos de los hombres de  la Revolución impía a su Santa Iglesia". Spectator, Los Cristeros del Volcán de Colima. T. I págs. 43-44.

El Clero y el pueblo se solidarizaron con su Obispo animándole a la justa resistencia. El Obispo Amador Velasco, pese a estar ya muy anciano, convocó, para ese mismo 5 de abril a una gran manifestación popular que marchó hacia el jardín Libertad frente a Palacio de Gobierno para que unos representantes suyos trataran de entrevistarse con el gobernador y exigirle la derogación del Decreto, pero desafiando al pueblo, éste dijo que nada ni nadie lo haría cambiar en su decisión y, para rubricar su negativa ordenó a los policías apostados en la parte superior del Palacio que hicieran algunos disparos para dispersar a la multitud, en tanto que, algunos funcionarios de los que estaban en los balcones de Palacio, dispararon directo a la plaza y sobre la gente, corriendo la sangre, provocando los primeros héroes y mártires colimenses.


En ese contexto de represión apareció en Colima el general Benito García, furibundo anticlerical, quien comenzó a perseguir a los sacerdotes que, por haberse negado a cumplir con el dicho decreto, fueron acusados de rebelión y, de paso, a reprimir a los ciudadanos que les ayudaban a escapar o los escondían.


Algunos sacerdotes tuvieron entonces que salir del estado y seguir ejerciendo su ministerio en el ámbito más amplio de la propia diócesis; pero algunos pensaron que no era posible dejar a sus feligreses sin los auxilios espirituales y decidieron permanecer en sus respectivas parroquias, refugiándose en las casas de amigos y conocidos. 


SAN MIGUEL DE LA MORA PRIMER SACERDOTE MÁRTIR DE LA DIÓCESIS DE COLIMA


Este sacerdote, había nacido en Tecalitlán, Jalisco, el 19 de julio de 1874, y crecido en el rancho El Tigre, aprendiendo las labores de campo y convirtiéndose en un excelente jinete. Pero al entrar en la adolescencia sintió el llamado sacerdotal y pidió a sus papás que lo dejaran inscribirse en un Colegio Seminario. Como para entonces la diócesis de Colima ya había sido erigida y abarcaba entre su territorio a la parroquia de Tecalitlán, los padres del aspirante aprovecharon que ya uno de sus hijos mayores estaba viviendo en Colima, y lo inscribieron en el Seminario Conciliar de la Diócesis.
Según los datos de que disponemos, Miguel de la Mora parece haber sido un estudiante muy dedicado y recibió la ordenación sacerdotal (por datos de sus familiares) en 1906 por el Excmo. obispo Amador Velasco.


Sus primeros años como sacerdote transcurrieron atendiendo a los fieles de Tomatlán, Jalisco, de donde pasó a servir en la entonces muy próspera y muy poblada Hacienda de San Antonio, Colima, de donde fue enviado posteriormente a la vecina parroquia de Zapotitlán, que como otras poblaciones del Sur de Jalisco, sigue perteneciendo a la diócesis de Colima.
Desde Zapotitlán fue llamado para fungir como capellán de la Catedral. Cargo que estuvo desempeñando simultáneamente con el de director de la Obra Diocesana por la Propagación de la Fe, y atendiendo las necesidades espirituales de las monjas y de las alumnas del Colegio La Paz.
En 1926, como ya se dijo, el gobernador Francisco Solórzano Béjar atenazó a la Iglesia de común acuerdo con el presidente Plutarco Elías Calles, quien después de haber visto el experimento hecho en Colima y en Tabasco por los respectivos gobernadores anticlericales, el 2 de julio de ese mismo año promulgó una ley similar, pero de ordenamiento nacional, a la que se conoció simplemente como “La Ley Calles", que recibió un amplio rechazo del clero y la feligresía.


El gobernador quiso imponer el cumplimiento de la ley, pero el clero se resistió a ello, promovió un boicot contra los productos y servicios del gobierno y, finalmente, no pudiendo llegar a ningún entendimiento, el obispo se decidió a decretar la suspensión de cultos y el cierre de los templos. Los católicos se sintieron sumamente agredidos por el gobierno y éste, sin medir las consecuencias, ordenó al obispo y a los curas reabrir los templos e irse a registrar ante las autoridades como lo estipulaba la ley. Pero el clero se resistió, provocando el endurecimiento del gobierno en contra suya.


Los comerciantes de quejaron ante el gobernador de que ya casi no vendían nada porque los católicos redujeron las compras a lo mínimo indispensable. Solórzano, pese a saber la repulsa generalizada que habían generado sus disposiciones nugatorias contra los derechos religiosos, se negó a retractarse y buscó la manera de encontrar una salida que no lo dejara tan mal parado ante Calles y la opinión pública, y le solicitó a don Daniel Inda, don Andrés García y don Tiburcio Santana, tres señores muy reconocidos de Colima, que se entrevistaran con los representantes del clero para ofrecerles transigir a condición de que reiniciaran el culto. El padre Jesús Urzúa, secretario del Obispado, dijo que no había garantías sobre lo propuesto y condicionó a su vez la reanudación del culto a que se derogaran el decreto del gobernador y no se aplicara la “Ley Calles”. Propuestas que Solórzano no aceptó y, para acabar de agravar la situación, un general de apellido Talamantes comenzó a cometer graves abusos en contra de la población católica e incluso graves e inmerecidos “ajusticiamientos”, como el ocurrido en septiembre de 1926 cuando, tras de haber aprehendido a 30 ciudadanos que según él conspiraban contra el gobierno, mandó fusilar a ocho.


La noticia se publicó incluso en el periódico Excélsior, pero el general Talamantes, su perpetrador, ni se inmutó y, por el contrario, continuaron los encarcelamientos, los tormentos en las celdas clandestinas, las desapariciones y los asesinatos, como el que se cometió en contra de cinco mujeres colimenses que, un día de a principios de octubre, aparecieron colgadas en las ramas de los sabinos de junto a la "Piedra Lisa".


El año de 1926 cerró, pues, con muchas complicaciones y alteraciones sociales. En enero de 1927 un grupo de jóvenes católicos decidió finalmente, levantarse en armas para defender sus derechos y combatir la violencia con fuego. Dando inició así a La Cristiada formalmente dicha. Por lo que la persecución de los gobiernos federal y estatal se agudizó azuzando a ejidatarios y agraristas en contra de los llamados cristeros y aquello se convirtió en una guerra cívico-religiosa. Tanto que hacia mediados del año ya se sumaban decenas de muertos en las hostilidades.


Al padre Miguel de la Mora, quien seguía viviendo en Colima, le tocó que uno de los generales que estaban participando en ese conflicto, se fuera a vivir en una casa rentada situada precisamente enfrente de la suya, de manera que no tardó en ser identificado y hecho prisionero. Un grupo muy importante de ciudadanos católicos intercedió por él y pagó una fianza para que lo liberaran y así se hizo, pero le dieron la ciudad por cárcel y un plazo para que, una de dos, o reabriera la Catedral con un culto independiente de la Católica bajo vigilancia y obediencia a la autoridad civilo volviera a la cárcel.


A principios de agosto de 1927, viendo que el plazo se le iba a vencer, el padre De la Mora no quiso traicionar a su fe y decidió salir en secreto de Colima, acompañado por su hermano Regino y el padre Crispiniano Sandoval, vestidos con ropa común.
Un amigo les prestó el día 6 un coche para que, durante la madrugada del 7 los trasladara hacia la Hacienda de La Estancia, de don Luis Brizuela, en donde unos mozos los estarían esperando con cabalgaduras para tratar de escapar hasta el rancho de El Tigre, donde los dos hermanos habían nacido y crecido.
Desde La Estancia avanzaron a caballo hasta la antigua hacienda de Cardona (hoy ya desaparecida), en donde unos agraristas reconocieron al padre y aprehendieron a los tres para llevárselos presos de regreso a Colima.
Ninguno de los agraristas conocía, empero, al padre Sandoval y, como se desentendieron de él, logró escapárseles antes de llegar a la ciudad.
No hubo juicio legal en contra del padre Miguel y de su hermano Regino, pero sí una sentencia inmediata de muerte. Lo que se supo en ese sentido fue que, casi en cuanto los agraristas llegaron con sus prisioneros al edificio del antiguo y muy querido seminario donde Miguel de la Mora había hecho sus estudios (convertido en ese momento en cuartel, y que hoy es la escuela primaria Gregorio Torres Quintero), el general les formó un cuadro de fusilamiento pasado el medio día, del 7 de agosto de 1927. Convirtiéndose así, el padre Miguel, en primer sacerdote mártir de la diócesis de Colima.


En un carro fúnebre, llamado "mariposa", fue llevado al Panteón Municipal, en donde parece que unos parientes pudieron obtener el cuerpo y sepultarlo cristianamente, pero deprisa.
Días después, el General, creyendo que el padre llevaría en sus ropas dinero, mandó que durante la noche unos soldados exhumaran el cuerpo y extrajeran el dinero imaginado.
Si lo obtuvieron o no, se desconoce, lo cierto es que de golpe arrojaron nuevamente el cadáver a la fosa sin ningún detenimiento y sin depositar nuevamente el cadáver en el féretro, sino que sobre el cuerpo arrojaron la caja y la tierra que sellaría la tumba hasta dos años después, cuando, formada una comisión especial, exhumaron los restos y los trasladaron a la Catedral, en la cripta que el pueblo llama "Capilla de los Mártires", en donde espera la resurrección final.

Pedro Sánchez Ruiz. Nacimiento, grandeza, decadencia y ruina de la nación mejicana.
Abelardo Ahumada. Columna Diario de Colima
Saints.SPN.com

domingo, 12 de septiembre de 2010

El arzobispo de México se declara contra cuatro artículos constitucionales.

3 de Febrero de 1926


José Mora y del Río, arzobispo de México, declara a Ignacio Monroy, redactor del periódico El Universal que “la doctrina de la Iglesia es invariable porque es la verdad divinamente revelada. La protesta que los prelados mexicanos formulamos en 1917…permanece firme…la información que publicó El Universal de fecha 7 de enero en el sentido de que emprenderá una campaña contra las leyes injustas…es perfectamente cierta…el Episcopado, clero y católicos no reconocemos y combatiremos los artículos 3°, 5°, 27 y 130 de la Constitución vigente”.


Al día siguiente, se publicará su declaración en la que se precisará que la protesta de los prelados mexicanos contra la Constitución de 1917, específicamente en contra de los artículos que “se oponen a la libertad y dogmas religiosos, se mantiene firme; no ha sido modificada sino robustecida, porque deriva de la doctrina de la iglesia, que es invariable, pues es la Verdad divinamente revelada; además, el Episcopado, el Clero y los católicos no reconocen y combatirán los artículos 3º, 5º. 27º y 130º de la Constitución vigente y ese criterio no podrán por ningún motivo variarlo sin hacer traición a su Fe y a su Religión.


De inmediato habrá reacciones y censura en el sentido de que el arzobispo no debe promover la desobediencia a los mandatos constitucionales, ya que tales declaraciones podrían ser antesala de serios conflictos por las reacciones que pudieran desencadenar.


Este mismo día, Adalberto Tejeda, el secretario de Gobernación del presidente Calles, responderá que el tono y la actitud de lo dicho por Mora del Río, “entraña una rebeldía contra las leyes fundamentales y las instituciones de la República... El Estado permite que la Iglesia Católica ejerza sus funciones hasta el punto de no constituir un obstáculo para el progreso y desenvolvimiento de nuestro pueblo; pero no puede ni debe tolerar que 'desconozcan y combatan' las leyes constitucionales… Tiene el Gobierno la obligación de hacer respetar los postulados que las leyes le imponen y por tanto, el deber y el derecho de imponer su sanción a quienes las vulneren… esta Secretaría ya hace la consignación de los hechos, debidamente documentada, ante el señor Procurador de la República, sin perjuicio de llevar al señor Presidente los datos que ha podido recoger sobre el particular para que, con su superior acuerdo, se dicten las demás medidas que sean necesarias en relación con las actividades que desarrolla un grupo de católicos... en el papel de conspiradores contra el régimen y orden establecidos, a fin de reprimir con la energía que se requiera las actividades que fuera de la Ley pretenden ejercer. "


Dos días después, Tejada aclarará que la consignación del arzobispo se basa en la fracción IX del artículo 130 constitucional, que dice: "Los ministros de los cultos nunca podrán, en reunión pública o privada constituida en junta, ni en actos del culto o de propaganda religiosa, hacer crítica de las leyes fundamentales del país, de las autoridades en particular o en general del Gobierno; no tendrán voto activo ni pasivo, ni derecho para asociarse con fines políticos”.


El siguiente 11 de febrero, cuando ya el Procurador General de Justicia de la Nación, Romero Ortega, ha enviado al juez segundo supernumerario de Distrito, el expediente relacionado con la consignación del arzobispo Mora y del Río y éste es llamado a declarar, el arzobispo negará lo publicado por la prensa y dirá que le “ha causado extrañeza una declaración relativa a que los obispos y los católicos en general protestarían contra esos artículos, lo que está muy lejos de su manera de pensar, pues no ignoran cómo se pueden introducir las reformas constitucionales. Agrega que el asunto religioso tratado por los periodistas en estos días, no tiene el carácter de actualidad que ha querido dársele”; dirá también que sus “más vehementes deseos son y han sido cooperar a la prosperidad de la Patria, dentro de respeto mutuo de obligaciones y derechos”.


Alfonso Taracena refiere (La verdadera Revolución Mexicana) que en el proceso, Mora insistirá el 13 de febrero ante el Procurador General de la República, Romeo Ortega, que tergiversaron los comentarios que hizo a los periodistas, “que las declaraciones que se le atribuyen, y que él no las dio, mal interpretadas pueden conducir a actos reprobables, pero que manifiesta que la Iglesia Católica jamás los ejecutaría porque no es revolucionaria; que las declaraciones que publicó 'El Universal' el cuatro del que cursa, vuelve a repetir, que ni las dio ni las dictó al [periodista Ignacio] señor Monroy, pues éste escribió y leyó al que habla, solamente la parte primera de estas declaraciones, pero no el párrafo último de la citada declaración..." Al terminar de declarar el arzobispo, fue careado con el señor Ignacio Monroy, "sosteniendo el primero la declaración rendida, y el segundo convino en que, efectivamente, su careante le manifestó que era falsa la noticia relativa a la junta de obispos, pues que ni siquiera se había pensado en ella, y que en cuanto al último párrafo de las declaraciones publicadas en 'El Universal'… insistió en que el señor arzobispo se las había proporcionado en la forma en que aparecen. Por su parte el señor Mora y del Río sostuvo a su careado que no era exacto hubiese expresado las palabras que contiene dicho párrafo y que afirma nuevamente que lo único que indicó al señor Monroy fue que subsistía la Explicación-Protesta hecha por el Episcopado Mexicano el año de 1917".


Ante la actitud del clero, el secretario de Educación, José Manuel Puig Cassauranc, insistirá en que en las escuelas se debe proporcionar educación laica, por lo que el gobierno ordenará la clausura de varios colegios confesionales, templos y conventos; y se decretará la expulsión de los sacerdotes extranjeros, a los que sólo se les permitirá que permanezcan en el país, si se dedican a actividades ajenas al culto.


El 16 de abril siguiente, el delegado apostólico Jorge José Caruna, será invitado a salir del país por violaciones al artículo 130 constitucional. Obviamente, el Episcopado protestará ante el presidente Calles: “Por tercera vez el Gobierno de México hace hoy un doloroso agravio a Su Santidad, a la Iglesia Católica y a nuestro pueblo…el clero mexicano no ve con buenos ojos la expulsión del señor delegado”…


Estos hechos formarán parte del proceso que desatará la guerra cristera. Los católicos organizarán la Liga Nacional de Defensa Religiosa con el objeto de pedir a los diputados la reforma de los artículos constitucionales ya mencionados. Los incidentes y conflictos entre la iglesia católica y el gobierno se sucederán con rapidez y el 31 de julio siguiente, el Episcopado suspenderá el culto público, los ánimos se exacerbarán, habrá numerosas aprehensiones y finalmente, estallará la guerra en el Bajío a finales de este año.


Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

El gobierno de Calles

Arzobispo José Mora y del Río
El 4 de febrero de 1926 el periodista Ignacio Monroy del periódico El Universal, publicó las declaraciones hechas por el arzobispo de México José Mora y del Río en rechazo al anticlericalismo de la Constitución, esta nota aceleró toda ruptura definitiva entre el Estado y la Iglesia. Esto provocó la detención del arzobispo, mientras en Roma el Papa aconsejaba a los católicos que se abstuvieran de participar en la política. Calles por su parte consideró esta publicación como una ofensa y un reto al gobierno y se ordenó al Congreso reglamentar el artículo 130. Este decreto fue conocido como la Ley Calles que además demandaba la clausura de escuelas religiosas y la expulsión de sacerdotes extranjeros. También se limitaba el número de sacerdotes a uno por cada seis mil habitantes y se ordenaba que aquellos se registraran ante las autoridades municipales, quienes otorgarían su respectiva licencia para ejercer, incluía también delitos relativos a la enseñanza haciendo desaparecer la libertad de enseñanza y el derecho de educar a las personas en la fe.

Ante esto los obispos consideraron que no existían garantías para ejercer su ministerio y emitieron un comunicado avalado por Roma donde se anunciaba que se había decidido suspender los cultos desde el 1 de Agosto de 1926, día que entraría en vigor la Ley de Calles, el pueblo mexicano que era muy católico se congregó en las iglesias un día antes, se dice que se celebraron muchos bautizos, matrimonios, etc. Después se clausuraron numerosos templos, así como capillas particulares, conventos y escuelas religiosas en todo el país. Las casas se convirtieron en oratorios, y el Papa autorizó una liturgia breve para la misa, permitiendo a los sacerdotes celebrar en cualquier lugar y aún sin vestimenta. El Gobierno no quería cerrar las iglesias sino que pretendía que fueran inventariados y custodiados por las juntas de vecinos, lo que no le pareció a los obispos por lo que lanzaron excomunión a quienes participaran para colaborar con este fin.

También en respuesta a la Ley de Calles, se presentó ante el Congreso una demanda de reforma constitucional firmada por dos millones de católicos, pero fue rechazada. Por lo que la Liga anima a las personas a realizar un boicot con contra del Gobierno a fin de presionarlo y quitara la Ley de Calles. El boicot consistía en no pagar impuestos, minimizar el consumo de productos ofrecidos por el Gobierno, no comprar lotería, no utilizar vehículos a fin de no comprar gasolina, etc. Sin embargo el boicot no consiguió sus fines, pero tuvo grandes repercusiones en la vida económica del país.

Ya que se vio que por los medios pacíficos no se podía obtener la destitución de la Ley de Calles, en Enero de 1927 empezó la toma de armas, las primeras guerrillas estuvieron compuestas por campesinos, pero esto fue creciendo y con el grito de "Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe" fueron conocidos con el nombre de Los Cristeros.

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