«¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe! ¡Padres de familia mexicanos! Pensad que: queráis o no queráis, creáis o no, mañana o pasado, cuando menos lo esperéis, tendréis que dar estrecha cuenta a la Majestad de Dios del alma de vuestros hijos. Pensad que: la escuela socialista es una escuela de deshonestidad sistemática y premeditada. Ahí desde los doce años se impartirá la enseñanza sexual más cínica. Se prostituirá a la niña, se degenerará al varón. La escuela socialista será una antesala del lupanar. Ahí se combatirá constantemente toda idea religiosa. Se hará mofa sacrílega de la Iglesia y de Dios. Se propagará entre los niños el materialismo más grosero. Así se formará un generación deicida vergüenza de la humanidad. Pensad que: en la escuela socialista perderán los niños: el amor y veneración que deben a sus padres, el respeto a los maestros, el amor a la Patria. Si enviáis a vuestros hijos a esas escuelas serán mañana vuestra vergüenza y vuestro azote. Pensad que, si sois católicos, ya la Iglesia, nuestra Madre, pronunció un fallo definitivo e inapelable: ha excomulgado a todos los padres de familia que envían a sus hijos a la escuela socialista. Pensad que: para librarnos de esa excomunión, no basta con la absolución de un sacerdote complaciente, poco escrupuloso, inconsciente de sus deberes de Ministro de Dios vivo. Con o sin esa absolución, si mandas a tus hijos a la escuela socialista, quedas fuera de la comunión de la Iglesia, padre de familia mexicano: por tu propia dignidad y decoro, por el amor que profesas a tus hijos, ¡recházala!, apoya la huelga escolar, no te dejes engañar con sus mentiras. No hay quien pueda contra todo un pueblo, si es viril y es digno».
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sábado, 7 de septiembre de 2013
LA ESCUELA SOCIALISTA
sábado, 9 de marzo de 2013
OBISPO JOSÉ DE JESÚS MANRÍQUEZ Y ZÁRATE
José de Jesús Manríquez y Zarate
1er. Obispo de Huejutla, Hidalgo.
“El Obispo Hombre”.
Nace en León de los Aldama, Guanajuato el 9 de noviembre de 1884, hijo del Maestro Joaquín Manríquez y María de Jesús Zarate. En 1896 ingresó al Seminario Conciliar de León donde cursó Humanidades, Filosofía y los dos primeros años de Teología, trasladándose a la ciudad de Roma el 15 de agosto de 1903 para ingresar en el Pontificio Colegio Pío Latinoamericano.
Recibió la ordenación sacerdotal de manos del Cardenal Gasparri, Vicario General de Roma, el 28 de octubre de 1907, celebrando su primer misa en la Basílica de San Pedro el 1 de noviembre de ese mismo año, usando una casullos del Papa Pío IX. En 1909, alcanzó el grado de Doctor en Derecho Canónico.
En el libro de sus recuerdos, escrito en 1927, señala:
«Lleno de Bríos y de santas ilusiones para trabajar por la causa de Jesucristo, llegue a México procedente de la Ciudad Eterna en julio de 1909. Fui recibido muy fríamente por las autoridades Eclesiásticas de aquel entonces. La sede episcopal de León estaba vacante y al frente del gobierno estaba el Sr. Canónigo don Pablo Torres. Este señor me sujetó a examen sinodal y los Canónigos que me examinaron me pusieron a traducir latín, no obstante haber conquistado en Roma las tres borlas de Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Estas humillaciones no dejaron de abatir un tanto mi sensibilidad, máxime cuando en lugar de darme un cargo honorífico en el orden humano, se me nombró simplemente coadjutor de la Parroquia del Sagrario. Sin embargo, habiendo aprendido en Roma a obedecer, pronto me rehíce y me entregué completamente en las manos de Dios, sin violentar en nada las trazas de su amadísima Providencia»
De la parroquia del Sagrario, pasa en noviembre de 1909 al Seminario Conciliar como Prefecto del Clerical. Posteriormente en enero de 1911 es nombrado cura de la parroquia de Guanajuato, cargo que ocupó durante 10 años, ya que en enero de 1921 fue nombrado Canónigo Doctoral en la Catedral de León.
El 11 de diciembre de 1922 es preconizado primer Obispo de Huejutla, Hidalgo y el 4 de febrero de 1923 se consagra Obispo en la Catedral de León. Toma posesión de su Diócesis el 8 de julio de 1923.
Huejutla se erigió Diócesis por la Bula “Inter Negotia” del 24 de noviembre de 1922, ejecutada el 1 de julio de 1923. Abarcando parte de Hidalgo, Veracruz y San Luis Potosí, en la Huasteca. Lo que más abundaba en ese territorio era la pobreza. Desde luego se propuso la evangelización de esos pueblos abandonados y alejados de la civilización.
Le tocó organizar el gobierno eclesiástico de Huejutla excepcionalmente, pues fue Prelado, párroco, vicario, sacristán, campanero y hasta barrendero.
Mons. Manríquez y Zarate fue el primer Obispo en denunciar públicamente la política de Calles desde 1925. En su sexta Carta Pastoral publicada el 10 de marzo de 1926 declaró que los artículos de la Constitución violaban los derechos humanos. Y añadía:
«Reprobamos, condenamos y anatemizamos todos y cada uno de los crímenes cometidos por el Gobierno mexicano en contra de la Iglesia Católica en los últimos días, sobre todo su no bien disimulada intención de acabar de una vez para siempre con la religión Católica en México… Ha declarado (también) últimamente el señor Presidente de la República que considera que de la aplicación de los artículos atentatorios de la Constitución en materia religiosa, no ha surgido ningún problema de importancia en el país, y que todo se ha reducido a protestas más o menos escandalosas en que actúan solamente mujeres, sin tener los individuos del sexo masculino el valor suficiente para presidirlas y capitanearlas en sus heroicas empresas. Miente el Sr. Presidente de la República al asentar tal afirmación… Debe saber que acá, en estas lejanas tierras sumidas perpetuamente en la barbarie, y bañadas por un sol africano, existe un hombre, un cristiano, que tendrá el valor, con la gracia divina, de sufrir el martirio, si es necesario, por la causa sacrosanta de Jesucristo y de su Iglesia. Solo pide una gracia al jacobinismo, si es que el jacobinismo puede conceder favores: de que no se le asesine por la espalda. Si el gobierno jacobino exige de los católicos mexicanos el verdadero valor cristiano, nosotros tenemos derecho de pedir, de exigir de nuestros verdugos siquiera el valor y la osadía de los Cesares de la Roma pagana…».
La reacción del gobierno no se hizo esperar, en seguida fue consignado por el Secretario de Gobernación al Procurador General de la Nación, quien turnó el asunto al Juez de Distrito del Estado de Hidalgo, que giró una orden para que se presentara ante el a declarar pero no le obedeció. El 13 de mayo de 1926 llega a Huejutla el coronel Enrique López Leal al frente de 500 soldados con la consigna de tomar preso a Mons. Manríquez, quien es conducido a Pachuca al juzgado donde declaró “Que comparecía por la fuerza, ya que no reconocía competencia a los tribunales civiles para juzgar a las autoridades eclesiásticas”. Se le fijó como prisión los anexos del templo de La Asunción en Pachuca, donde estuvo preso por 11 meses hasta abril de 1927, cuando fue conducido a la Ciudad de México, concretamente a la Inspección de Policía. Durante su traslado le conminó un oficial militar a que se despojara de sus ropas episcopales a lo que Mons. Manríquez se negó y le pregunta al militar:
- ¿Por qué no se quita usted su uniforme?- Porque este es mi uniforme militar- Pues este es mi vestido de Obispo. – Repuso el prisionero.
El 22 de abril de 1927 fue subido en un tren con rumbo a la frontera de los Estados Unidos donde fue desterrado. No volvió a la Patria sino hasta 1944. Se estableció primero en Laredo, después en Los Ángeles, California y finalmente en San Antonio, su lugar definitivo.
Uno de los puntos para que los arreglos se llevaran a cabo el 21 de junio de 1929 fue que se le pidió a los obispos mediadores, Leopoldo Ruíz y Pascual Díaz que los obispos Manríquez y Zarate y González y Valencia no regresaran al País y que el Arzobispo Orozco y Jiménez saliera del mismo.
Nunca estuvo de acuerdo con los Arreglos con el Gobierno. Dirigiéndose al comité Directivo de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, en la persona de Miguel Palomar y Vizcarra, el 25 de junio de 1929, desde Los Ángeles, al tener noticia de los Arreglos del 29 les dice: “Esto es terrible, señores; y yo ahora me encuentro embargado de un tedio profundo y de una tristeza mortal… Quisiera que esta carta fuera una elegía, algo así como una lamentación inmensa que resonase en los ámbitos del mundo, semejante a la de Jeremías, llorando y gimiendo amargamente sobre las ruinas y escombros de la antes dichosa Jerusalén… Yo deseo que todos ustedes que aman a Jesucristo y a la Patria, desahoguen su inmenso dolor llorando también y con gemidos inenarrables, deplorando las desdichas de la Religión y de la Patria”.
El 24 de octubre de 1929 el Papa Pío XI lo recibe en audiencia especial. Durante la prolongada entrevista el Papa escucha con especial atención a Mons. Manríquez quien da detalles pormenorizados de la situación de la Iglesia en México, oprimida y atribulada.
El 6 de julio de 1939 renuncia al gobierno Diocesano de Huejutla y recibe el nombramiento como obispo titular de Verbe. Regresa por fin al País el 8 de marzo de 1944. Estuvo en el Arzobispado de México como Obispo Auxiliar y el 7 de septiembre fue nombrado Vicario General del Mismo Arzobispado. Murió el 28 de junio de 1951.
Monseñor Manríquez y Zarate fue el primer promotor de la causa de Beatificación de Juan Diego.
miércoles, 16 de mayo de 2012
LA REVOLUCIÓN INTENTA FUNDAR IGLESIA CISMÁTICA EN MÉXICO EN 1925
Como preludio de la nueva gran ofensiva que se iba a lanzar contra la Iglesia Católica en México, intentó la Revolución fundar una iglesia mexicana independiente de Roma, una iglesia cismática. No obstante la intensa propaganda que se hizo a favor del cisma, visitando en algunos lugares parroquia por parroquia, haciendo halagadoras promesas y ofreciendo elevados salarios a los sacerdotes que se adhieran a la nueva iglesia, únicamente pudo contar para el intento con Joaquín Pérez y Budar, un viejo sacerdote afiliado a la masonería, extravagante y mentalmente perturbado y con el sacerdote español Manuel L. Monge.
La noche del 22 de febrero de 1925, un grupo de cien hombres asaltó y se apoderó de la parroquia de La Santa Cruz de la Soledad de la Ciudad de México, entregándosela a Pérez, nombrado “Patriarca de la Iglesia Mexicana”, y Monge, designado Cura Párroco de la misma. Pronto se difundió por el barrio la noticia del asalto, y al día siguiente, domingo, una multitud airada se congregó a las puertas de la parroquia, y al abrirse penetró tumultuariamente protestando de manera que, tanto Pérez como Monge, quien se disponía a celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, no obstante de estar protegidos por los mismos asaltantes, tuvieron que encerrarse en la sacristía para escapar a las iras de la multitud. Acudió la policía montada y los bomberos a sofocar el motín sin conseguirlo. Llegaron fuerzas armadas de refuerzo a las cuales también atacó la multitud que se encontraba fuera, valiéndose para ello de las piedras que levantó del pavimento de la calle. El pueblo se impuso a costa de un muerto y muchos heridos. El templo fue cerrado al culto.
Los capitalinos se dispusieron a la defensa de sus templos, fracasando los intentos de apoderarse de Santo Tomás, San Hipólito, Loreto, La Inmaculada Concepción, Santa Ana, San Pablo, Santa Catarina, y algunos otros.
La gloriosa A.C.J.M. (Asociación Católica de la Juventud Mexicana), con algunas armas se hizo cargo de la permanente custodia de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Ante una alarma se tocaron rebato las campanas, acudiendo en breves minutos una impresionante multitud armada de pistolas, cuchillos, garrotes y las más diversas armas.
También en la ciudad de Aguascalientes se intentó apoderarse del templo de San Marcos. La defensa del mismo se hizo a costa de varios muertos y numerosos heridos.
«Según las previsiones de Mons. Ruíz y Flores, el pueblo cristiano se inquietó y comenzó a custodiar sus iglesias. Fué una movilización espontánea que nadie sabía a donde podría conducir.
El 27 de febrero, Nahum Toquiantzi, en nombre de los católicos de Santa Chiautempan, escribía al Presidente de la República preguntándole si era cierto que el gobierno había tomado una iglesia y tenía el propósito de tomar la Basílica, es decir el santuario de la Virgen de Guadalupe. Le comunicaba que aquí ya se están preparando para defender los templos con armas de fuego muchas personas, ya cuento con más de 3,000 hombres y creo que de mujeres es el número más grande y por todos serían unos 7,000… primero muertos que dejar perseguir al clero.
«El Arzobispo de México Mons. José Mora y del Río, no podía pasar en silencio tan graves acontecimientos y, en memorable edicto del 25 de febrero, declaró al final:
‘No podemos callar ante el escándalo ni ocultar el dolor de nuestra alma nte la prevaricación de dos mal aconsejados sacerdotes, que desconociendo la suprema autoridad del Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la Tierra, apostatan precipitándose en el abismo del cisma y la herejía. Ni podemos permanecer mudos frente a la profanación de un templo, del que, apoderándose por la fuerza, arrojaron a su pastor legítimo y a los sacerdotes que le ayudaban en la administración parroquial.
‘No, no tememos al cisma, porque no dudamos ni un momento de la fidelidad y sumisión de todos los católicos mexicanos y de todo nuestro clero a la Silla de Pedro, al Supremo Pastor de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, una y santa. Y hasta creemos que este mismo triste acontecimiento servirá para encender más la inquebrantable adhesión al Romano Pontífice…’
«El día 28, es decir, a los tres días de publicado el edicto anterior, aparecieron en El Universal las declaraciones del Padre Monge, dando a conocer su repudio al movimiento separatista al que he cooperado desgraciadamente -decía- contra mis creencias y e gran respeto que guardo a su Santidad el Romano Pontífice. Terminaba protestando su completa adhesión a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.
«Para evitar la venganza de los cismáticos, el padre Monge se ocultó en la ciudad hasta que, poco tiempo después, pudo embarcarse furtivamente para España.
«El epílogo de este drama tuvo lugar en una cama del hospital de la Cruz Roja, en la Ciudad de México, el día 9 de octubre de 1931, fecha en que falleció aquél infeliz que no tuvo sosiego en su vida pero que, a las puertas de la muerte, buscó y obtuvo la reconciliación de la Iglesia verdadera.
«Su retractación (del llamado “Patriarca Pérez”) firmada de su puño y letra, sellada con sus huellas digitales dice así:
‘Abjuro todos los errores en que he caído, sea contra la santa fe, sea contra la legítima autoridad de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, única verdadera. Me arrepiento de todos mis pecados y pido perdón a Dios, a mis prelados y a todos aquellos a quienes he escandalizado con mis errores y mi conducta. Protesto que quiero morir en el seno de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, confiando en la voluntad de Jesucristo N. S., y de mi Madre amorosa la Sma. Virgen de Guadalupe. Creo todo lo que la misma Santa Iglesia nos enseña y exhorto a todos no apartarse de ella, porque es la única arca de salvación. México, octubre 6 de 1931.’[*]
La ejemplar fidelidad del Episcopado y del clero mexicano la Silla de Pedro, y la no menos ejemplar fidelidad y valiente y decidida actuación del pueblo, convirtieron el revolucionario intento de cisma en un rotundo fracaso.
Pero indignada la Revolución siguió más violenta y furiosa la persecución. Expulsión de sacerdotes extranjeros, confiscación de obispados, curatos, seminarios, hospitales, asilos y cierre de conventos.
[*]Antonio Ruiz Facius, La juventud Católica y la Revolución Mexicana
domingo, 14 de agosto de 2011
"YO MUERO; DIOS NO MUERE"
15 DE AGOSTO DE 1926
El Pbro. Luis G. Batis, al militar jefe de los asesinos:
- “Yo le doy mi vida, disponga de ella, pero le pido por amor de Dios, por caridad, que no les haga nada a estos jóvenes. Mire, éste Manuel Morales, es casado, tiene su esposa y sus tres hijos pequeñitos. Estos dos jóvenes son el sostén de su familia, tienen a sus madres ancianas, que no cuentan con más apoyo que ellos”.
Manuel Morales Cervantes (Cristero) replicó:
-“Mire señor Cura, con gusto doy mi vida y se la entrego a Dios. Yo muero; Dios no muere: Él cuidará de mi esposa y de mis hijitos. ¡Que se haga la santísima voluntad de Dios!
El Párroco respondió:
-“Morimos por la causa de Dios. No importa: Otros verán el triunfo. Dios no muere.¡Viva Cristo Rey!
Exclamación que fue coreada por los tres jóvenes, siendo todos luego fusilados.
+Pbro. Luis G. Batis Párroco de Chalchihuites, población del Estado de Zacatecas y de la Arquidiócesis de Durango.
+Manuel Morales Cervantes: Miembro de la ACJM y Jefe local de la LNDLR en Chalchihuites.
+David Roldán Lara: Miembro de la ACJM y Sub-Jefe Local de la Liga en dicha población.
+Salvador Lara Puente: Socio de la ACJM y Secretario de la misma Jefatura Local de la Liga.
sábado, 23 de julio de 2011
¡VENID A VER COMO MUEREN LOS CRISTIANOS!
El Pbro. Gumersindo Sedano y Placencia, párroco de La Punta, población del estado de Jalisco perteneciente a la Diócesis de Colima, iba a hacerse cargo de una Capellanía Castrense en las fuerzas Cristeras del General Dionisio Eduardo Ochoa que operaban en Colima, yendo acompañado de los demás jóvenes que morirían con él, quienes marchaban a unirse con los Libertadores. Delatado por una pordisera fue encarcelado, y en la prisión respondió al jefe de los verdugos que le ordenaba se callara y le llamó bellaco:
“¿Callar?…Mientras tenga un átomo de vida no dejaré de gritar. ¡VIVA CRISTO REY!… Los católicos no somos bellacos: usted mismo lo sabe. Si mis compañeros de prisión no hicieron fuego al ser arrestados, fue porque no tenían armas; dénselas a estos Cruzados y veréis si son bellacos o héroes. Vosotros sóis bellacos y cobardes. Podéis matarme como queráis. ¡VIVA CRISTO REY!”
Al ser conducido a la estación de la población para asesinarlo, el sacerdote iba gritando con todas sus fuerzas a los transeúntes. ¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE! ¡Venid a ver como mueren los Cristianos! Y cantaba: “Corazón Santo: Tú reinarás; México tuyo siempre será”. En la estación fueron fusilados primero PEDRO TREJO, EDUARDO UGALDE y los otros tres Cristeros, colgándose luego sus cadáveres de unos árboles que allí había. El sacerdote se dirigió entonces a los católicos que tristemente presenciaban la matanza sin poder impedirla:
“Hermanos: la muerte no es lo que me arredra y atormenta, supuesto que dentro de breves momentos estaré gozando de Aquel en quien siempre he esperado y a quién siempre he servido con todas mis fuerzas en el Santo ministerio sacerdotal; lo que me arredra y atormenta es el temor de que no vaya a ser un verdadero mártir, es decir un verdadero soldado que sepa desprenderse de esta vida mortal y perecedera. Mi delito no es otro, lo confieso, sino ser del número de los que en esta vida son los encargados de llevar las almas a Cristo nuestro Redentor. Mas tengo la satisfacción de haber cumplido mi deber hasta los últimos momentos en que Dios me va a llamar a su tribunal sagrado, en donde tengo que dar cuenta de todos y cada uno de los fieles que me han sido confiados en mi Parroquia. Espero en la infinita misericordia de Dios que sabe perdonar y olvidar las ofensas de sus hijos, y que sabe absolver a los que se entregan en sus manos. No os pido otra cosa sino que siempre confeséis a Cristo en todo lugar y en todo momento: “Todo lo podemos en Aquel que nos conforta”, como dice el Espíritu Santo. Animo hermanos, y si sabéis luchar hasta el fin, nos veremos en el Cielo… Ya terminé Capitán”.
Este ordenó al mártir que se descalzara y le fueran desolladas las plantas de los pies, se le intentó ahorcar dos veces, desgajándose otras tantas la rama de que se le suspendió; entonces, apoyando su cuerpo en una grieta del árbol al que se le colgaba, se le volvió a ahorcar y se le hizo blanco para ejercitarse al tiro sus asesinos, quienes pusieron este letrero en el cuerpo inerte del sacerdote:
“ESTE ES EL CURA SEDANO”
sábado, 9 de julio de 2011
¡VIVA CRISTO REY! MENSAJE AL MUNDO CIVILIZADO
México se hunde, ¡Oh pueblos civilizados del orbe! ¡México se hunde, y quizá para siempre, en los negros abismos de la infidelidad y la barbarie! La luz de la civilización que durante más de cuatro siglos iluminara sus destinos está por extinguirse agitada por el huracán de la revolución social más espantosa que jamás haya conmovido a pueblo alguno de la tierra. Y no son los detalles del edificio social los que se vienen abajo, son los cimiento mismos los que crujen y amenazan acabar con la existencia misma del edificio.
Ya no sólo es la Iglesia Católica la que va a perecer en este gran cataclismo, son todas las instituciones sociales las que van a ser arrastradas por las furiosas corrientes de la barbarie y del odio a la cristiana civilización. Su religión ha sido proscrita, sus sacerdotes han sido bárbaramente expulsados del seno de la patria o vilmente asesinados por la insaciable clerofobia de los nuevos Nerones, sus templos han sido profanados, violadas sus vírgenes y prostituidos sus jóvenes. De las escuelas ha sido arrancada la enseña de la Redención, y sus maestros ya no son libres para transmitir a las nuevas generaciones la herencia moral que recibieran de sus antepasados, sino que fatalmente están inoculando a los nuevos vástagos el virus de la inmoralidad y de la disolución social. Nuestras riquezas han sido dilapidadas por los modernos Epulones a quienes no bastan sus pingües rentas para hartarse de placeres en bacanales y orgías. Nuestro crédito es nulo, nuestra industria está muerta; la agricultura ya no nos da el sustento necesario y por todos los campos de la Patria se agita gigantesco y terrible el espectro del hambre. Los asesinatos se multiplican, las deportaciones se aumentan y las cárceles ensanchan sus hediondos senos. El tirano, sediento cada vez más de sangre de Cristianos, ya no disculpa edad, ni sexo, ni condición de personas, siempre que las inermes víctimas no logran escapar de las garras de sus crueles sayones.
En México ya no existen la Constitución, ni leyes , ni magistrados dignos de tal nombre: el capricho del tirano es la suprema ley, y su voluntad se ha impuesto a todos los órdenes y grados de los ciudadanos. De no cambiar súbitamente el curso de los acontecimientos, México será sustraído por completo a la civilización occidental y girará en torno de la barbarie comunista; esto es: perderá la fe de sus padres que es el más rico tesoro que ahora poseemos y retrogradará a las tinieblas del viejo paganismo. Más aún: irá a las sombras de la muerte herida por la Piedra Angular contra la que van a estrellarse todos los que maquinan contra la Iglesia y su Cristo… Existe un buen número de mexicanos que han conservado la fe en sus padres y en cuyos pechos arde la caridad de Cristo.
Tales son los mártires de la presente epopeya cuya sangre generosa es suficiente para borrar nuestros crímenes y nuestras cobardías; tales son los valientes soldados que han preferido empuñar la espada vengadora en los campos de batalla a engrosar las filas de la esclavitud; tales son las pléyades de mexicanos que, sin ir a los campos de batalla, honran a su Patria y glorifican a Cristo Rey, en las mazmorras, en las cárceles, o bien en las dichosas Islas santificadas ya con la presencia de tantos confesores de Cristo… México se hunde, porque nosotros los sacerdotes, los abanderados de la causa de Dios, hemos sido también indiferentes a las lágrimas de nuestro pueblo y no hemos venido prontamente al auxilio de los buenos mexicanos que han luchado y luchan valerosamente por la causa de la libertad. Es muy cierto que estamos pobres, que hemos sido ya despojados de nuestros bienes por la avaricia insaciable del jacobinismo mexicano; pero todavía la Iglesia, pobre y desvalida, tiene en sus manos unas cuantas monedas. ¿Porque no entregarlas a los soldados de la libertad? ¿Porque no desprendernos de nuestras alhajas y muebles para salvar la causa de la civilización? ¿Porque no alentar con nuestras palabras y ejemplos a tanto acaudalados ambiciosos para quienes nuestra conducta sería un argumento decisivo para excitar su largueza y generosidad? Si hay causa justa y santa alguna vez para agotar los tesoros de la Iglesia, esta es sin duda la causa de la libertad de la Iglesia. La Iglesia sin libertad no puede ser, ni se concibe, como no se concibe un hombre sin alma o un entendimiento sin luz. Es necesario que la Iglesia exista antes que todo. No puede la Iglesia ejercitar su ministerio divino, si ella no existe, y no existirá donde carezca de libertad para ejercer su celo. Luego todos los arbitrios de que ella disponga para conseguir su fin deberían emplearse en asegurar su existencia ante todo, y recuperar aquella libertad que es de todo punto indispensable para el ejercicio de su ministerio.
Nadie puede impedir la vida de la Iglesia, sin contrariar la voluntad de Jesucristo; luego no existe ley humana alguna ni puede existir, que se oponga a esta ley de la conservación o que ponga trabas a la lucha para la conquista de la libertad. México se hunde, finalmente, porque la tiranía imperante, contando con la complicidad de todos los pueblos de la tierra, ha jurado la ruina total de la Nación Mexicana. Sus golpes han sido certeros y terribles; porque no ha habido un solo pueblo que levante su voz en medio de esta orgía de sangre y exterminio y ponga un valladar infranqueable a los desmanes de un despotismo feroz que da en rostro a todas las naciones civilizadas en la tierra.
“Verdaderamente decíamos en Nuestra Sexta Pastoral, no alcanzamos a comprender cómo los pueblos civilizados hayan contemplado impávidos los ultrajes hechos con tanta osadía y descaro, no sólo a la dignidad de un pueblo, sino aun a la civilización universal”.
Y sube de punto nuestra admiración y extrañeza al considerar que desde el asalto al Templo de la Soledad, hasta el momento presente, la tiranía no ha dado punto de reposo en su obra de destrucción y de barbarie, y sin embargo, cuente aún con la amistad y cordiales relaciones de los pueblos más grandes y cultos de la tierra. Porque nosotros, que hemos aprendido del Maestro a llamar las cosas por su nombre, no podemos que menos de hacernos la siguiente reflexión: O la obra de la barbarie que realiza Calles en México es del agrado de los pueblos, o no, si lo es,
¿porque tantas declamaciones contra el bolchevismo considerándolo como la lepra de la humanidad? ¿Porque las naciones no se arrojan a los pies de la Internacional y confiesan su derrota? Y si no, ¿porque toleran un pueblo del Mundo de Colón sea descuartizado tan bárbaramente por los enemigos de la civilización?
Porque no podemos dudar un momento que los clamores de la víctimas hayan llegado hasta las naciones civilizadas, y que las deportaciones y matanzas que el gobierno callista realiza diario sean conocidas por nuestros hermanos.
Además, son del dominio público internacional las amenazas de Calles contra la propiedad privada, caso de no prestar obediencia a sus leyes absurdas; y debiendo observarse que dichos atentados implican la abolición del concepto clásico de la propiedad tal como es aún hoy día en el Derecho Internacional, y contra las compañías petroleras más poderosas de Norteamérica. ¿Cómo explicar, pues, la actitud pasiva, por no decir complaciente, de los Estados Unidos y de los demás pueblos de Occidente, frente a los excesos del callismo? ¿Cómo concordar con sus tradiciones libertarias su actitud medrosa y espectante ante una tiranía incalificable que ha conculcado los derechos más sagrados de su pueblo junto con los derechos más sagrados de la humanidad? ¿En donde está aquella caballerosidad de España para vengar los agravios hechos, no a una dama cualquiera, sino a la Iglesia Católica, su Madre, y a la Nación Mexicana, su hija predilecta? ¿En dónde está aquella bizarría de los franceses para sostener en todas partes el imperio de la Justicia y del Derecho de Gentes? ¿En donde aquella grandeza y heroísmo de Inglaterra para defender en todas partes, aún en las apartadas regiones, los fueros de la libertad? ¿En dónde, finalmente, aquel horror innato a la esclavitud que tanto blasonan los Estados Unidos de Norteamérica, y que les ha movido a prestar auxilio a Armenia, a Irlanda y a los pueblos de otros continentes en idénticas circunstancias, cuando a un paso de distancia encuentran a un pueblo herido de muerte por la tiranía y la revolcándose angustiosamente en un charco de sangre? ¿No seremos, por ventura, dignos los mexicanos de la atención del mundo civilizado cuando, en los estertores de la muerte, dirigimos nuestras miradas suplicantes y nuestros descarnados brazos hacia los pueblos que pueden y deben ayudarnos? El pueblo mexicano ha sido despojado por la tiranía no sólo de sus derechos más sagrados sino también de las armas necesarias para la defensa de esos mismos derechos; ha sido azotado bárbaramente por la tiranía, y robado y esquilmado por sus eternos opresores; y, sin embargo, el pueblo mexicano se defiende en los campos de batalla, y protesta en los campos del honor, y clama, y gime, y se retuerce bajo la bota opresora del tirano, y derrama su sangre generosa para alcanzar la conquista de su libertad.
El pueblo mexicano, finalmente, se hunde en los abismos de la muerte porque, no sólo los gobiernos oficialmente le han despreciado, sino que también los pueblos católicos mismos han visto con desdén sus atroces sufrimientos. Fuera del Sumo Pontífice de la Cristiandad, que de veras se ha preocupado por México, ¿que han hecho las demás Iglesias para aliviar siquiera nuestros males y socorrernos en nuestros infortunios? Ya no queremos vanas protestas de simpatía, ni artículos de periódicos u obras literarias más o menos candentes contra el despotismo: queremos algo más efectivo… Queremos unas cuantas monedas para aliviar tanta miseria y librar a nuestros hermanos del hambre y de la muerte.
Nuestros soldados perecen en los campos de batalla acribillados por las balas de la tiranía, porque no hay quien secunde sus heroicos esfuerzos enviándoles elementos de boca y guerra para salvar a la Patria. Queremos armas y dinero para derrocar a la oprobiosa tiranía que nos oprime y fundar en México un gobierno honrado que garantice el ejercicio de las verdaderas libertades…
San Antonio, Texas, a 12 de julio de 1927.
+José de Jesús, Obispo de Huejutla
lunes, 7 de febrero de 2011
Misterio de la Iniquidad
"De continuar las cosas así, en nuestra desdichada Nación, al cabo de dos lustros ya no quedará en México más que un montón de ruinas humeantes sobre el que se erguirá insolente la infame bandera del crimen y de la disolución social. El pueblo mexicano, ese pueblo noble, grande y heroico tan odiado por la impiedad a causa de su fe profunda y de su nunca desmentido amor a Jesucristo habrá de ser sacrificado en las aras sangrientas de los Bárbaros del siglo XX, o habrá de refugiarse en países donde todavía impere un dejo de cristianismo.
De esta manera, y cuando ya en México hubieran sucumbido todos los valientes, y marchado al destierro todos los hombres de bien; cuando sólo alentaran los verdugos de la raza, los infantes mercenarios, los traidores, los hombres que durante una centuria no han hecho más que preparar el camino a la invasión; rotos ya todos los vínculos sociales, derruídos los templos y hechos pedazos los altares de Dios vivo, se desprendería de las heladas regiones del Norte el ejercito de piratas que, en nombre de la civilización y de la humanidad, vendrían a ocupar un pueblo que reputarían dejado de la mano de Dios, pero que en realidad ellos mismos habrían sumergido antes en el abismo de todas las desgracias. De éste modo quedaría consumado el "Misterio de la Iniquidad" por el que la perfidia y la hipocresía aparecerían prestando un gran servicio a la familia humana, cuando en realidad no habrían hecho otra cosa que destruir la fe de un pueblo para apoderarse completamente de sus destinos".
Mons. José de Jesús Manríquez y Zárate , Obispo de Huejutla.
sábado, 29 de enero de 2011
¡No digas hijo, no digas!
"Un 29 de enero cerca de Guadalajara, Jalisco; un niño de doce años fue cogido porque andaba repartiendo hojitas del boicot. Pregúntanle quién se las han dado; pero no le sacan palabra. Le amenazan con azotes y con la muerte; pero no cede. Azótanle de veras, y el niño no profiere sino gemidos de dolor. Esperan con plan diabólico, a que su pobre madre, que le busca desolada, vaya a ver si está en la cárcel. Llega, en efecto, la infeliz mujer con alimento para su hijito. Allí delante de ella azotan cruelmente al valeroso niño; pero la madre como la de los Macabeos, lo alienta a cumplir con su deber, repitiéndole entre sollozos: ¡NO DIGAS, HIJO, NO DIGAS! Acometidos de rabia infernal los sayones al verse vencidos por una mujer y un niño, quiebran los brazos al héroe de doce años, que de resultas murió". Pbro. Nicolás Marín Neguerela
domingo, 16 de enero de 2011
LOS CRISTEROS DE COLIMA Primera Parte
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| Catedral Basílica Menor. Colima, Col. |
En la nueva y pequeña diócesis de Colima, regida por el más anciano de los prelados, quiso la revolución hacer un ensayo o una prueba de la aplicación de la legislación, haciendo efectiva la imposición de la obligatoriedad de la determinación del numero de sacerdotes y su registro, para después hacerla extensiva a todo el país.
La legislatura local expidió el 24 de marzo de 1926 un decreto reduciendo a veinte el numero de sacerdotes para toda la diócesis, quienes debía además registrarse en las oficinas municipales para poder ejercer su ministerio, dando diez días de plazo para efectuar el registro.
"En el Estado de Colima se asistía al ensayo general de lo que iba a ser la crisis nacional en julio. El 24 de marzo, la legislatura limitó a 20 el número de sacerdotes y los obligó a inscribirse ante las autoridades...
Las condiciones podían parecer propicias a su tentativa: pequeño estado aislado, obispo enfermo, anciano y de carácter dulce, población pacífica, gobierno omnipotente. Para la ciudad de México, el asunto valía la pena: si el clero de Colima cedía, creábase un precedente, y las demás diócesis irían cayendo en cadena."
Fue entonces cuando el venerable clero, encabezado por Mons. Francisco Anaya y el padre Don J. Jesús Urzúa, en cuerpo colegiado y con gesto de sublime heroísmo, se presentó a su anciano Obispo para decirle: Estamos todos dispuestos a sufrir y aun a morir si es necesario, antes que claudicar. Estamos prontos a echar sobre nosotros la ira de los hombres antes que entregar en anos impías los Derechos de Dios y de las almas. Será Vuestra Señoría Ilma., quien iluminado por Dios, acuerde lo conducente. Contará, ayudándonos Dios, con todo su clero. Y fue también cuando, Obispos y sacerdotes colimenses, en viril documento, manifestaron que no podían ser traidores a Cristo poniendo en manos de los hombres de la Revolución impía a su Santa Iglesia"
El día uno de abril contestó el prelado a los tiranos manifestando su absoluta inconformidad con el decreto expedido el 24 de febrero, por el cual osaban legislar sobre el gobierno eclesiástico de su diócesis.
"Delante de Dios y de todos mis amados diocesanos declaro también, que antes quiero ser juzgado con dureza por aquellos que sobre este delicado asunto han provocado mi actitud, que aparecer lleno de oprobio y de vergüenza en el tribunal del Juez Divino, y merecer la reprobación del Supremo Jerarca de la Iglesia"
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| Palacio de Gobierno |
El siete de abril ordenó el Ilmo. Sr. Obispo suspender el culto público, actitud que poco después sería adoptada por el Comité Episcopal.
A medida que se acercaba el día en el cual debería celebrarse el último acto de culto público, crecía el fervor del pueblo que, llorando cantando y rezando, llenaba no sólo el recinto de la Catedral y de todos los templos, sino los atrios y las calles adyacentes. Los cánticos ponían de manifiesto el sentido que el pueblo daba a la epopeya que se iniciaba:
"Tu reinarás, este es el grito
que ardiente exhala nuestra fe.
Tú reinarás, oh Rey Bendito,
pues tu dijiste: reinaré.
¡Reine Jesús por siempre,
reine su corazón,
en nuestra Patria, en nuestro suelo
que es de María la Nación!"
martes, 7 de diciembre de 2010
Sermón para Mártires Cristeros
12 de Mayo de 1921
Catedral de Morelia, Michoacán
Sr. Cgo. Lic. Don Luis María Martínez
"Solamente la Iglesia con su decisión infalible puede otorgar a un hombre el dictado glorioso de mártir. Pero sin prevenir ese juicio supremo, nosotros podemos afirmar que la muerte de nuestros hermanos sacrificados el 12 del mes de mayo que acaba de pasar, fue heroica, fue gloriosa, fue una gracia insigne de Dios para ellos y para nosotros.
Mas la gracia de Dios no es algo aislado, sino algo que forma parte de una maravillosa cadena; no es una estrella perdida en el caos, sino un astro que entra en el concierto armonioso del universo; no es una flor que languidece en la soledad, sino que abre su cáliz para mezclar su aroma con todos los perfumes de una primavera; no es un relámpago que se pierde en la oscuridad de la noche, sino una espléndida mañana que brotó de una aurora y tendrá su mediodía.
Dios eligió a sus víctimas; Dios preparó a sus mártires. Si nos fuera dado sorprender los misterios de las almas, si pudiéramos escrutar la íntima, la sacratísima acción de Dios en los corazones, hubiéramos descubierto en la frente delas víctimas la señal de predilección y hubiéramos seguido en el secreto de su vida interior el hilo celestial que preparaba su fin glorioso. A través del tiempo atrevámonos, hermanos míos, a sondear el misterio, que siempre será dulce para el corazón evocar el recuerdo de los hermanos muertos. Miradlos.
Es el primero un anciano que consagró su vida a las nobles tareas del magisterio católico". Julián Vargas-. " Su virtud característica fue la firmeza inquebrantable de sus convicciones. Guardo incólume en su grande corazón la fe de Cristo sin flexibilidad ni timidez, y cuando pasó por nuestra Patria la racha revolucionaria doblegando los espíritus,como barre el huracán los flexibles tallos en los áureos trigales, él permaneció erguido, digno, sin que lo inclinaran hacia la tierra ni el peso de sus años ni la carga de su pobreza. Fue un hombre, fue un cristiano. Merecía ser mártir. En pos de él va un obrero, un representante de esa clase dignísima a la que en vano pretenden corromper los modernos agitadores porque tiene echadas hondas raíces en la tierra fecundada en la Iglesia; -Joaquín Cornejo- "de alma de niño y corazón de fuego. Paréceme estarlo viendo, como tantas lo vi desde esta cátedra santa, reflejando en sus ojos las santas emociones de su corazón, vibrando al impulso de todos sus nobles sentimientos. Su pasión fue la Eucaristía: acercábase a menudo al banquete de los fuertes, y ¡Cuántas veces después del ímprobo trabajo, ya muy tarde, a la mitad del día, buscaba afanoso en este mismo lugar al sacerdote que pusiera en sus labios la Hostia Santa! Tuvo el anhelo, casi diría la obsesión del martirio, y pienso que con santa tenacidad arrancó al Señor esa gracia suprema. Vosotros obreros que me escucháis, compañeros suyos que recibisteis sus confidencias y fuisteis testigos de su virtud sencilla, decidme si exagero las nobles prendas de nuestro hermano muerto".
"También cayó gloriosamente bajo la guadaña de la muerte, en la flor de su edad, un miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana" -Rómulo González Figueroa- "Haré cumplidamente su elogio si digo que poseía el espíritu, todo el espíritu de la benemérita institución: pureza de alma, entusiasmo juvenil, actividad de Apóstol; era lo que debe de ser un joven cristiano: una primavera, con sus floras, con sus perfumes, con sus esperanzas.
-Yo os felicito jóvenes, porque habéis tenido un mártir y plegue al cielo que, templados vuestros espíritus por su fuerte ejemplo, troquéis mañana el noble entusiasmo de la juventud por el esfuerzo varonil que salve a la Patria.-No olvidaré, mis hermanos, al sencillo, al oculto, al humildísimo cristiano" -Felipe López- "que tantas veces vimos por las calles de esta ciudad con la maroma al hombro. Era muy bueno. No os referiré rasgo alguno de su vida,porque recibió el precioso don de ocultarse siempre. Si pueden las cosas pequeñas compararse a las grandes, el humilde aguador me hace pensar en el prodigioso obrero de Nazaret cuya vida interior fue vulgar a los ojos de los hombres, cuya vida interior fue admirable a los ojos de Dios. -Y después ... vienen los héroes ocultos de quienes desconocemos hasta el nombre: la doncella, que a pesar de ruda persecución tenía el valor de ostentar sobre su pecho la cinta azul y la dulce imagen de María Inmaculada. Esta Madre tiernísima le dio sin duda a la fragilidad de su sexo el valor del heroísmo. -Y tantos otros cristianos heroicos que nosotros desconocemos, pero que Dios conoce.
Mañana, en el día de la eterna justicia, nosotros los conoceremos y estrecharemos su mano fortísima y escucharemos sus íntimas confidencias en el seno de Dios. Dios eligió sus víctimas; Dios preparó sus mártires y nosotros los preparamos también. Sí, nosotros, ¿por qué no decirlo? Cada muerte gloriosa fue sin duda el fruto de una vida cristiana; pero todas ellas son nuestra obra, son el fruto de nuestros esfuerzos de todos por la causa de Dios.
Cuando hace más de un lustro vimos horrorizados en nuestra Patria la abominación de la desolación, dejamos los católicos el ocioso lecho donde yacíamos, sacudimos el indigno sopor y con los ojos fijos en la Virgen de Guadalupe y estrechando fraternalmente nuestras manos nos decidimos a obrar, a obrar como lo demanda nuestra fe que no ha muerto, a obrar como lo exigen las vigorozas tradiciones de nuestra raza. Comenzamos a unirnos, comenzamos a obrar; si queréis sin orden, sin método, como se agita el ejército entregado al sueño de vivac a quien sorprende el enemigo; por todas partes surgen combatientes, requieren las armas abandonadas en el suelo y entre el confuso rumor de gritos y de órdenes se aprestan al combate.
Así surgieron, como indicio ciertísimo de que aún quedaba fe y fortaleza en la Nación Mexicana, primero la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, y después la Asociación Nacional de Padres de Familia y los Centros de Obreros y las Damas Católicas, y hasta las jóvenes quisieron tomar parte en el glorioso combate bajo la égida celestial de Santa Juana de Arco.
Muchos pensaron que aquello nada era: ¡torpes! No acertaron a adivinar la copiosa mies futura en aquellas débiles agujas que verdegueaban en los húmedos terrones. La vida es así; se elabora lentamente, en el silencio. La organización católica comienza a producir sus frutos: frutos de valor, de sangre de bendición. Nuestros mártires son obra de Dios, pero ¡son también obra nuestra!¡Bendito sean! Esa aurora celestial produjo una mañana radiosa; para describirla es preciso buscar una forma de bronce en aquel libro del Antiguo Testamento que es como la epopeya de la fortaleza y la libertad; es preciso repetir la frase heroica que uno de los esforzados Macabeos arrojó, como un latigazo, sobre el rostro del tirano: "Quid quaeris et quid vis dicere a nobis? parati sumus mori, magis quam patrias Dei leges praevaricari (II Mac. VII-2). ¿Qué buscas? ¿Qué nos pides?, estamos dispuestos a morir más bien que quebrantar las leyes de Dios que recibimos de nuestros padres". ¡Que actitud tan gallarda, tan digna la del mártir cristiano! Es el tipo del hombre fuerte, porque ha vencido la suprema fuerza, que es la muerte; es el tipo de hombre libre, porque ha roto la última cadena de la esclavitud, que es el temor de morir. Cuando Cristo dijo a los suyos: "No temáis a los que matan el cuerpo" pronunció la última palabra de la libertad. El postrer baluarte del tirano en su lucha contra la libertad es la bayoneta homicida; cuando se acaba el miedo a las bayonetas el miedo a las bayonetas, el tirano se desconcierta y la libertad canta su triunfo.
Solamente el cristiano posee el secreto de la verdadera libertad, porque solamente él puede gloriarse de vencer a la muerte.
La actitud del mártir cristiano no es la fría y salvaje del estoico; es más humana; es más divina: el cristiano muere con el amor en el corazón, con las lágrimas en los ojos y en sus labios un grito sublime : el grito del entusiasmo, del amor, de la esperanza. ¿No escuchasteis, hermanos míos, ese grito heroico en la tarde inmortal del 12 de mayo? En medio de los rugidos de rabia de los verdugos, de los ayes de dolor de las víctimas, del ruido de la fusilería, del sorbo rumor de la multitud azorada, ¿No oísteis brotar de los labios moribundos de un anciano ese grito vigoroso, libérrimo, triunfante. ¡VIVA CRISTO REY!, ¡VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE!? Tu escuchaste Señora, el grito de fe y de amor de nuestro hermano heroico, Tú lo guardas en los íntimos repliegues de tu corazón tiernísimo. ¡Madre!, por ese grito, perdónanos. ¡Madre! por ese grito, sálvanos.
Tú lo escuchaste también, Patria Mexicana, antaño gloriosa y hoy sacudida por terribles convulsiones, y ese grito llevó a tu corazón lacerado el regocijo y la esperanza; no todos tus hijos se han afeminado, no todos se han hundido en el cieno; todavía hay hombres, todavía hay héroes; que sea ese grito la aurora de tu libertad y el presagio de tu salvación. Porque nuestros hermanos murieron por Dios y por la Patria, como lo expresaron muy bien los organizadores de este funeral.
Más hondamente que las balas homicidas penetró la imagen bendita de María de Guadalupe, y por ella, por su gloria, por defender su honor ultrajado, fueron al sacrificio. Esa imagen bendita prodigiosamente pintada por las rosas del Tepeyac, humedecida con las lágrimas de tantas generaciones, ungida con el amor de todos los mexicanos, encarna para nosotros la Religión y la Patria. ¿Me atreveré a decirlo? Mejor que nuestra gloriosa Bandera, la que conserva en sus pliegues nuestras glorias, la que simboliza nuestros anhelos, mejor que esa bendita Bandera, la Virgen de Guadalupe expresa las profundidades de nuestra alma nacional. ¿Lo dudáis? Cuando en el mes que acaba de pasar, obedeciendo tenebrosa consigna, los socialistas quisieron sustituir en nuestros templos la santa Bandera de la Patria por el exótico pabellón rojo y negro, emblema de odio y de sangre; en muchas ciudades de la República hubo sin duda viriles protestas y actitudes dignas; pero todo esto fue nada ante la inmensa conmoción que provocó en la Patria Mexicana el atentado contra la Virgen de Guadalupe; de todas partes se levantó un clamor de protesta, un grito de indignación resonó en la República entera; el socialismo se suicidó pretendiendo destruir la religión; y supo el mundo que para México hay algo que vale más que su Bandera, la Virgen de Guadalupe; que tocarla es tocar el alma nacional y que morir por ella es morir por Dios y por la Patria. ¡Dichosos nuestros hermanos que lograron enlazar y en un sólo heroísmo los dos más grandes amores de su alma! ¡Benditos ellos que en un solo holocausto ofrecieron su sangre al Dios del cielo y a la Patria de la tierra! ¡Pudiéramos nosotros imitar su ejemplo!
Para el católico mis queridos hermanos, no es algo raro y extraordinario el heroísmo, porque la Iglesia Católica es la única que posee la Eucaristía, que es la semilla del martirio. Ambiente de heroísmo respiramos al nacer bajo las bóvedas sagradas de las catacumbas; salpicada de sangre de mártires está nuestra Historia; y nunca faltará entre nosotros el martirio como nunca faltará la Eucaristía.
La Iglesia vive de dos principios, de dos sangres: de la sangre de Cristo que se vierte místicamente en el altar, y de la sangre de los mártires que se derrama de manera cruenta sobre la tierra. Ni la Misa ni el martirio faltarán jamás en la Iglesia. Estas dos sangres, hermanos míos, o más bien esa sangre, porque la sangre de los mártires forma con la de Cristo una sola sangre; esa sangre única es nuestra esperanza, es dulce, nuestra indestructible esperanza. Yo he tenido la audacia de haber esperado siempre la salvación de nuestra Patria; aún en aquellos momentos trágicos en que todo parecía hundirse en horrible catástrofe, yo esperé contra toda esperanza. Me parecía imposible que la Virgen de Guadalupe nos abandonara; no olvidé jamás que hay unos ojos dulcísimos que sin cesar nos miran, un corazón maternal que no cesa de amarnos, y cuando el espantoso cataclismo, vi hundirse el pasado, volví los ojos al Tepeyac para ver si se hundía también la sagrada colina; y al contemplar erguida, firme, serena la celestial imagen, miré tranquilo el porvenir, no vacilaría ahora; y si vacilara, buscaría en la inolvidable calzada de Guadalupe las huellas sagradas de la sangre cristiana, evocaría el recuerdo de la tarde gloriosa, escucharía en lo íntimo del alma aquel grito de vida en los labios del que iba a morir" -Julián Vargas-, "y estoy cierto de que la evocación me devolvería la fortaleza y la esperanza, y que yo gritaría también con todo el entusiasmo de mi alma: ¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE! La sangre de la esperanza.
Creyeron nuestros enemigos que iban a ahogar en sangre nuestros derechos y nuestro valor: ¡ciegos! No sabían que el tónico mejor para el espíritu es la sangre y que la que ellos hicieron derramar fructificaría en la República entera. ¿No veis mis amados hermanos, que en todas partes surgen compactos,organizados, valerosos, grupos de católicos resueltos a defender sus derechos y a morir si es preciso por su Religión? ¿Qué ha pasado? ¿Qué aura divina de fortaleza y libertad sopla sobre la Patria Mexicana? ¡Nada! Es que ha resonado por donde quiera el grito del moribundo, es que la sangre de nuestros hermanos muertos, por todas partes ha fructificado. La sangre es la esperanza. Su voz elocuentísima, que lleva el valor a los corazones humanos, sube a los cielos como una plegaria ardorosa y triunfante y arranca la misericordia al corazón de Dios. ¡Señor!, si nuestras oraciones no han sido suficientes para hacerte olvidar nuestros pecados; ¡Señor!, si nuestras lágrimas no han podido borrar nuestras culpas y nuestros gritos de arrepentimiento no han ofuscado las blasfemias de nuestros enemigos: que la sangre de las víctimas unida a la sangre de tu Hijo traiga a México el perdón y la paz.
Hermanos: la mañana espléndida de la sangre nos hace esperar el ardiente mediodía de la salvación y de la felicidad. Por eso la muerte de nuestros hermanos nos parece amable y nimbada con la aureola de la gloria; por eso nos sentimos tentados a sustituir los negros crespones por los atavíos jubilosos y a trocar las notas tristísimas del Dies irae por los acentos regocijados del Te Deum glorioso.
Más, mientras la Iglesia no pronuncie su fallo inapelable, nosotros tenemos el deber de rogar por las almas de nuestros hermanos, por si todavía necesitan ser purificadas por la oración y por el sacrificio".
Catedral de Morelia, Michoacán
Sr. Cgo. Lic. Don Luis María Martínez
"Solamente la Iglesia con su decisión infalible puede otorgar a un hombre el dictado glorioso de mártir. Pero sin prevenir ese juicio supremo, nosotros podemos afirmar que la muerte de nuestros hermanos sacrificados el 12 del mes de mayo que acaba de pasar, fue heroica, fue gloriosa, fue una gracia insigne de Dios para ellos y para nosotros.
Mas la gracia de Dios no es algo aislado, sino algo que forma parte de una maravillosa cadena; no es una estrella perdida en el caos, sino un astro que entra en el concierto armonioso del universo; no es una flor que languidece en la soledad, sino que abre su cáliz para mezclar su aroma con todos los perfumes de una primavera; no es un relámpago que se pierde en la oscuridad de la noche, sino una espléndida mañana que brotó de una aurora y tendrá su mediodía.
Dios eligió a sus víctimas; Dios preparó a sus mártires. Si nos fuera dado sorprender los misterios de las almas, si pudiéramos escrutar la íntima, la sacratísima acción de Dios en los corazones, hubiéramos descubierto en la frente delas víctimas la señal de predilección y hubiéramos seguido en el secreto de su vida interior el hilo celestial que preparaba su fin glorioso. A través del tiempo atrevámonos, hermanos míos, a sondear el misterio, que siempre será dulce para el corazón evocar el recuerdo de los hermanos muertos. Miradlos.
Es el primero un anciano que consagró su vida a las nobles tareas del magisterio católico". Julián Vargas-. " Su virtud característica fue la firmeza inquebrantable de sus convicciones. Guardo incólume en su grande corazón la fe de Cristo sin flexibilidad ni timidez, y cuando pasó por nuestra Patria la racha revolucionaria doblegando los espíritus,como barre el huracán los flexibles tallos en los áureos trigales, él permaneció erguido, digno, sin que lo inclinaran hacia la tierra ni el peso de sus años ni la carga de su pobreza. Fue un hombre, fue un cristiano. Merecía ser mártir. En pos de él va un obrero, un representante de esa clase dignísima a la que en vano pretenden corromper los modernos agitadores porque tiene echadas hondas raíces en la tierra fecundada en la Iglesia; -Joaquín Cornejo- "de alma de niño y corazón de fuego. Paréceme estarlo viendo, como tantas lo vi desde esta cátedra santa, reflejando en sus ojos las santas emociones de su corazón, vibrando al impulso de todos sus nobles sentimientos. Su pasión fue la Eucaristía: acercábase a menudo al banquete de los fuertes, y ¡Cuántas veces después del ímprobo trabajo, ya muy tarde, a la mitad del día, buscaba afanoso en este mismo lugar al sacerdote que pusiera en sus labios la Hostia Santa! Tuvo el anhelo, casi diría la obsesión del martirio, y pienso que con santa tenacidad arrancó al Señor esa gracia suprema. Vosotros obreros que me escucháis, compañeros suyos que recibisteis sus confidencias y fuisteis testigos de su virtud sencilla, decidme si exagero las nobles prendas de nuestro hermano muerto".
"También cayó gloriosamente bajo la guadaña de la muerte, en la flor de su edad, un miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana" -Rómulo González Figueroa- "Haré cumplidamente su elogio si digo que poseía el espíritu, todo el espíritu de la benemérita institución: pureza de alma, entusiasmo juvenil, actividad de Apóstol; era lo que debe de ser un joven cristiano: una primavera, con sus floras, con sus perfumes, con sus esperanzas.
-Yo os felicito jóvenes, porque habéis tenido un mártir y plegue al cielo que, templados vuestros espíritus por su fuerte ejemplo, troquéis mañana el noble entusiasmo de la juventud por el esfuerzo varonil que salve a la Patria.-No olvidaré, mis hermanos, al sencillo, al oculto, al humildísimo cristiano" -Felipe López- "que tantas veces vimos por las calles de esta ciudad con la maroma al hombro. Era muy bueno. No os referiré rasgo alguno de su vida,porque recibió el precioso don de ocultarse siempre. Si pueden las cosas pequeñas compararse a las grandes, el humilde aguador me hace pensar en el prodigioso obrero de Nazaret cuya vida interior fue vulgar a los ojos de los hombres, cuya vida interior fue admirable a los ojos de Dios. -Y después ... vienen los héroes ocultos de quienes desconocemos hasta el nombre: la doncella, que a pesar de ruda persecución tenía el valor de ostentar sobre su pecho la cinta azul y la dulce imagen de María Inmaculada. Esta Madre tiernísima le dio sin duda a la fragilidad de su sexo el valor del heroísmo. -Y tantos otros cristianos heroicos que nosotros desconocemos, pero que Dios conoce.
Mañana, en el día de la eterna justicia, nosotros los conoceremos y estrecharemos su mano fortísima y escucharemos sus íntimas confidencias en el seno de Dios. Dios eligió sus víctimas; Dios preparó sus mártires y nosotros los preparamos también. Sí, nosotros, ¿por qué no decirlo? Cada muerte gloriosa fue sin duda el fruto de una vida cristiana; pero todas ellas son nuestra obra, son el fruto de nuestros esfuerzos de todos por la causa de Dios.
Cuando hace más de un lustro vimos horrorizados en nuestra Patria la abominación de la desolación, dejamos los católicos el ocioso lecho donde yacíamos, sacudimos el indigno sopor y con los ojos fijos en la Virgen de Guadalupe y estrechando fraternalmente nuestras manos nos decidimos a obrar, a obrar como lo demanda nuestra fe que no ha muerto, a obrar como lo exigen las vigorozas tradiciones de nuestra raza. Comenzamos a unirnos, comenzamos a obrar; si queréis sin orden, sin método, como se agita el ejército entregado al sueño de vivac a quien sorprende el enemigo; por todas partes surgen combatientes, requieren las armas abandonadas en el suelo y entre el confuso rumor de gritos y de órdenes se aprestan al combate.
Así surgieron, como indicio ciertísimo de que aún quedaba fe y fortaleza en la Nación Mexicana, primero la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, y después la Asociación Nacional de Padres de Familia y los Centros de Obreros y las Damas Católicas, y hasta las jóvenes quisieron tomar parte en el glorioso combate bajo la égida celestial de Santa Juana de Arco.
Muchos pensaron que aquello nada era: ¡torpes! No acertaron a adivinar la copiosa mies futura en aquellas débiles agujas que verdegueaban en los húmedos terrones. La vida es así; se elabora lentamente, en el silencio. La organización católica comienza a producir sus frutos: frutos de valor, de sangre de bendición. Nuestros mártires son obra de Dios, pero ¡son también obra nuestra!¡Bendito sean! Esa aurora celestial produjo una mañana radiosa; para describirla es preciso buscar una forma de bronce en aquel libro del Antiguo Testamento que es como la epopeya de la fortaleza y la libertad; es preciso repetir la frase heroica que uno de los esforzados Macabeos arrojó, como un latigazo, sobre el rostro del tirano: "Quid quaeris et quid vis dicere a nobis? parati sumus mori, magis quam patrias Dei leges praevaricari (II Mac. VII-2). ¿Qué buscas? ¿Qué nos pides?, estamos dispuestos a morir más bien que quebrantar las leyes de Dios que recibimos de nuestros padres". ¡Que actitud tan gallarda, tan digna la del mártir cristiano! Es el tipo del hombre fuerte, porque ha vencido la suprema fuerza, que es la muerte; es el tipo de hombre libre, porque ha roto la última cadena de la esclavitud, que es el temor de morir. Cuando Cristo dijo a los suyos: "No temáis a los que matan el cuerpo" pronunció la última palabra de la libertad. El postrer baluarte del tirano en su lucha contra la libertad es la bayoneta homicida; cuando se acaba el miedo a las bayonetas el miedo a las bayonetas, el tirano se desconcierta y la libertad canta su triunfo.
Solamente el cristiano posee el secreto de la verdadera libertad, porque solamente él puede gloriarse de vencer a la muerte.
La actitud del mártir cristiano no es la fría y salvaje del estoico; es más humana; es más divina: el cristiano muere con el amor en el corazón, con las lágrimas en los ojos y en sus labios un grito sublime : el grito del entusiasmo, del amor, de la esperanza. ¿No escuchasteis, hermanos míos, ese grito heroico en la tarde inmortal del 12 de mayo? En medio de los rugidos de rabia de los verdugos, de los ayes de dolor de las víctimas, del ruido de la fusilería, del sorbo rumor de la multitud azorada, ¿No oísteis brotar de los labios moribundos de un anciano ese grito vigoroso, libérrimo, triunfante. ¡VIVA CRISTO REY!, ¡VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE!? Tu escuchaste Señora, el grito de fe y de amor de nuestro hermano heroico, Tú lo guardas en los íntimos repliegues de tu corazón tiernísimo. ¡Madre!, por ese grito, perdónanos. ¡Madre! por ese grito, sálvanos.
Tú lo escuchaste también, Patria Mexicana, antaño gloriosa y hoy sacudida por terribles convulsiones, y ese grito llevó a tu corazón lacerado el regocijo y la esperanza; no todos tus hijos se han afeminado, no todos se han hundido en el cieno; todavía hay hombres, todavía hay héroes; que sea ese grito la aurora de tu libertad y el presagio de tu salvación. Porque nuestros hermanos murieron por Dios y por la Patria, como lo expresaron muy bien los organizadores de este funeral.
Más hondamente que las balas homicidas penetró la imagen bendita de María de Guadalupe, y por ella, por su gloria, por defender su honor ultrajado, fueron al sacrificio. Esa imagen bendita prodigiosamente pintada por las rosas del Tepeyac, humedecida con las lágrimas de tantas generaciones, ungida con el amor de todos los mexicanos, encarna para nosotros la Religión y la Patria. ¿Me atreveré a decirlo? Mejor que nuestra gloriosa Bandera, la que conserva en sus pliegues nuestras glorias, la que simboliza nuestros anhelos, mejor que esa bendita Bandera, la Virgen de Guadalupe expresa las profundidades de nuestra alma nacional. ¿Lo dudáis? Cuando en el mes que acaba de pasar, obedeciendo tenebrosa consigna, los socialistas quisieron sustituir en nuestros templos la santa Bandera de la Patria por el exótico pabellón rojo y negro, emblema de odio y de sangre; en muchas ciudades de la República hubo sin duda viriles protestas y actitudes dignas; pero todo esto fue nada ante la inmensa conmoción que provocó en la Patria Mexicana el atentado contra la Virgen de Guadalupe; de todas partes se levantó un clamor de protesta, un grito de indignación resonó en la República entera; el socialismo se suicidó pretendiendo destruir la religión; y supo el mundo que para México hay algo que vale más que su Bandera, la Virgen de Guadalupe; que tocarla es tocar el alma nacional y que morir por ella es morir por Dios y por la Patria. ¡Dichosos nuestros hermanos que lograron enlazar y en un sólo heroísmo los dos más grandes amores de su alma! ¡Benditos ellos que en un solo holocausto ofrecieron su sangre al Dios del cielo y a la Patria de la tierra! ¡Pudiéramos nosotros imitar su ejemplo!
Para el católico mis queridos hermanos, no es algo raro y extraordinario el heroísmo, porque la Iglesia Católica es la única que posee la Eucaristía, que es la semilla del martirio. Ambiente de heroísmo respiramos al nacer bajo las bóvedas sagradas de las catacumbas; salpicada de sangre de mártires está nuestra Historia; y nunca faltará entre nosotros el martirio como nunca faltará la Eucaristía.
La Iglesia vive de dos principios, de dos sangres: de la sangre de Cristo que se vierte místicamente en el altar, y de la sangre de los mártires que se derrama de manera cruenta sobre la tierra. Ni la Misa ni el martirio faltarán jamás en la Iglesia. Estas dos sangres, hermanos míos, o más bien esa sangre, porque la sangre de los mártires forma con la de Cristo una sola sangre; esa sangre única es nuestra esperanza, es dulce, nuestra indestructible esperanza. Yo he tenido la audacia de haber esperado siempre la salvación de nuestra Patria; aún en aquellos momentos trágicos en que todo parecía hundirse en horrible catástrofe, yo esperé contra toda esperanza. Me parecía imposible que la Virgen de Guadalupe nos abandonara; no olvidé jamás que hay unos ojos dulcísimos que sin cesar nos miran, un corazón maternal que no cesa de amarnos, y cuando el espantoso cataclismo, vi hundirse el pasado, volví los ojos al Tepeyac para ver si se hundía también la sagrada colina; y al contemplar erguida, firme, serena la celestial imagen, miré tranquilo el porvenir, no vacilaría ahora; y si vacilara, buscaría en la inolvidable calzada de Guadalupe las huellas sagradas de la sangre cristiana, evocaría el recuerdo de la tarde gloriosa, escucharía en lo íntimo del alma aquel grito de vida en los labios del que iba a morir" -Julián Vargas-, "y estoy cierto de que la evocación me devolvería la fortaleza y la esperanza, y que yo gritaría también con todo el entusiasmo de mi alma: ¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE! La sangre de la esperanza.
Creyeron nuestros enemigos que iban a ahogar en sangre nuestros derechos y nuestro valor: ¡ciegos! No sabían que el tónico mejor para el espíritu es la sangre y que la que ellos hicieron derramar fructificaría en la República entera. ¿No veis mis amados hermanos, que en todas partes surgen compactos,organizados, valerosos, grupos de católicos resueltos a defender sus derechos y a morir si es preciso por su Religión? ¿Qué ha pasado? ¿Qué aura divina de fortaleza y libertad sopla sobre la Patria Mexicana? ¡Nada! Es que ha resonado por donde quiera el grito del moribundo, es que la sangre de nuestros hermanos muertos, por todas partes ha fructificado. La sangre es la esperanza. Su voz elocuentísima, que lleva el valor a los corazones humanos, sube a los cielos como una plegaria ardorosa y triunfante y arranca la misericordia al corazón de Dios. ¡Señor!, si nuestras oraciones no han sido suficientes para hacerte olvidar nuestros pecados; ¡Señor!, si nuestras lágrimas no han podido borrar nuestras culpas y nuestros gritos de arrepentimiento no han ofuscado las blasfemias de nuestros enemigos: que la sangre de las víctimas unida a la sangre de tu Hijo traiga a México el perdón y la paz.
Hermanos: la mañana espléndida de la sangre nos hace esperar el ardiente mediodía de la salvación y de la felicidad. Por eso la muerte de nuestros hermanos nos parece amable y nimbada con la aureola de la gloria; por eso nos sentimos tentados a sustituir los negros crespones por los atavíos jubilosos y a trocar las notas tristísimas del Dies irae por los acentos regocijados del Te Deum glorioso.
Más, mientras la Iglesia no pronuncie su fallo inapelable, nosotros tenemos el deber de rogar por las almas de nuestros hermanos, por si todavía necesitan ser purificadas por la oración y por el sacrificio".
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