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viernes, 16 de septiembre de 2011

INTOLERANCIA ILUSTRADA EN MÉXICO



(LA REVUELTA DE LOS CRISTEROS 1926-1929)

Para poder entender la revuelta de los cristeros hay que analizar primero las persecuciones que ha sufrido la Iglesia Católica por parte de los todos los regímenes influenciados por el liberalismo, la masonería y el comunismo internacional liderado por el judío-bolchevismo. Esos regímenes que se han considerados ilustrados o heredados de la ilustración tras la emancipación de la América española en el pasado siglo XIX, apoyados por las logias norteamericanas habidas de poder. Por ello, que analizar la situación de México desde su emancipación cuando la burguesía criolla americana –es decir, blanca—del siglo XIX, ansiosa de liberarse del poder de la Corona española y de la influencia de la Iglesia (para poder explotar sin trabas a los indígenas), se agruparon en logias masónicas locales, intervenidas por fracmasones del norte anglosajón, que ya entonces buscaban penetrar el solar patrio de nuestra América española. Acciones como las que efectuaron en 1810 y 1821, las veríamos recrudecidas en la Guerra hispano-norteamericana de 1898; cuando los ansiosos imperialistas americanos se lanzan a la conquista de un imperio ya muy debilitado, el Español. Perdiendo nuestras más preciadas posesiones de ultramar. Las joyas de la corona de España: Cuba, Puerto Rico y Filipinas, que pasaron a manos de EEUU y Guam, Las Carolinas y las Marianas que fueron vendidas a Alemania en 1899, por 25 millones de $ americanos.
En México las primeras leyes jacobinas y las primeras insurrecciones católicas abarcaron los años 1858-1862. Pero será a partir de 1910, con la irrupción en el panorama ilustrado de un socialismo y un marxismo rampantes cuando la situación alcance un punto crítico.
LAS PRIMERAS PERSECUCIONES RELIGIOSAS EN MÉXICO
En 1810 con el grito del cura Miguel Hidalgo: “¡¡Viva Fernando VII y muera el mal gobierno!!”, se inicia el proceso que culminaría con la independencia de México. Aunque en 1821, el “Plan de Iguala” decide la independencia completa de México como monarquía constitucional que al ser ofrecida sin éxito a Fernando VII, queda a la designación de las cortes mexicanas. Tras el breve gobierno del Emperador Agustín de Itúrbide (1821-1824), rechazado por la masonería y fusilado en Padilla, donde se proclamó la República en 1824. Algunos historiadores han visto la inusitada colaboración del clero mexicano en la independencia de México, como una forma de liberarse de la política afrancesada y anticatólica de los gobiernos españoles y, así, mantener íntegra la Fe Católica que en Europa que parece pronto a desaparecer tras el triunfo de la Revolución francesa. En 1833, siendo presidente Santa Ana, el Vicepresidente Gómez Farias, da inicio a un programa de secularización del Estado Católico mexicano, arremetiendo contra los católicos. El programa incluye leyes de prohibición de ventas y herencias de bienes eclesiásticos, desamortizaciones, desligación de monjas y frailes de su voto de obediencia. Esta política causa una reacción de motines populares que propicia la caída de Gómez Farias. Ya en 1855 se desata la revolución liberal con toda su virulencia anticristiana, cuando se hace con el poder Benito Juárez (1855-1872). Benito Juárez recibe influencia de la logia norteamericana de Nueva Orleáns, la cual impondrá la constitución de 1857, de orientación liberal, y las leyes de reforma de 1859, tanto una como la otra hostiles a la Iglesia. Aquella constitución establecía la nacionalización de los bienes eclesiásticos, supresión de las órdenes religiosas, la secularización de cementerios, hospitales y centros benéficos. En conclusión la cristiada de 1926-1931 tuvo un precedente muy parecido en los años 1858 1861. En 1857, bajo el gobierno de Juárez se determina en el artículo 3º de la Constitución, impuesta en aquel año, previendo la eliminación de la enseñanza católica. El artículo 13º pone fin a los tribunales de la Iglesia, y el artículo 123º permitiría al Estado intervenir en materia de culto religioso. El Papa condena esta Constitución anticristiana y con ello se desencadenará la Guerra de los Tres Años o llamada Guerra de la Reforma (1857-1860)
La cristiada supone y pone de manifiesto cómo lo que permitió a cualquier hombre de nuestra tierra vivir en libertad perteneciendo a ese pueblo, que es la Iglesia. Los hombres que lucharon y murieron en la guerra cristera la hicieron para afirmar su pertenencia a Cristo, reafirmando que el hombre depende de Dios y no del poder. Durante la larga dictadura del general Porfirio Díaz (1876-1910) el conflicto entre la Iglesia y el Estado conoce un período de tregua. Bajo su gobierno la Iglesia Católica llevo a cabo una “segunda evangelización” desarrollando numerosos movimientos de acción cívica y social dentro del espíritu renovador de León XIII. Pero la caída del presidente demócrata Francisco Madero (febrero de 1913) volvió a atizar la revolución y el nuevo gobierno atacaría a la Iglesia Católica. El carrancismo, que agrupa a las facciones victoriosas de la revolución se distinguiría por su furioso anticlericalismo, al contrario del villismo (Pancho Villa) y el zapatismo (Zapata). Los carrancistas destruyeron iglesias, colgaron sacerdotes y cerraron conventos, considerando a la Iglesia el enemigo del Estado. El gobierno del general Venustiano Carranza que dirigió los infortunados designios de México (1916-1920)..llevó a cabo una dura represión contra los católicos. Durante las revueltas para conseguir el poder intensificó los ataques a la Iglesia Católica. Sus tropas hicieron auténticos desmanes y tropelías de actos inhumanos contra sacerdotes y religiosas quemándolos y mutilándolos. Aún hoy en día se conoce en México “carrancear” la acción de robar y atropellar. En 1917 consiguió que el Congreso mexicano (compuesto exclusivamente de carrancistas) apruebe la Constitución de Queretano, profundamente anticlerical y atea.
En efecto, “la Cristiada” tuvo un precedente muy parecido en los años 1858-1861. También entonces la catolicidad mexicana sostuvo una lucha de tres años contra los Sin Dios de la época, aquellos laicistas de la Reforma, también jacobinos, que habían impuesto la libertad para todos los cultos excepto para los católicos. Como dato importante a destacar, tenemos que tener en cuenta que entre el siglo XIX y XX, tras la emancipación de la América española, el único presidente de México que fue Católico, ni masón ni ateo, fue Victoriano Huerta, que gobernó México entre 1913 y 1914.
La reforma liberal de Juárez no se caracterizó solamente por su sectarismo antirreligioso, sino también porque justo a la desamortización de los bienes de la Iglesia, eliminó los ejidos comunales de los indígenas. El período de Juárez se vio interrumpido por un breve período en el que por imposición de Napoleón III, en la expedición militar franco-española, ocupó el poder Maximiliano de Austria (1864-1867), y fusilado en Quereteno, poco más tarde. A Juárez le sustituyó en el poder Sebastián Lerdo Tejada (1872-1876). Quien había estudiado en el Seminario de la Puebla, Tejada acentuó la persecución religiosa, permitiendo el incendio de iglesias y el asesinato de sacerdotes. Durante ese gobierno se expulsó de México a las –Hermanas de la Caridad— que sumaban unas 500 aprox. y atendían a unas 15.000 personas. Todos estos actos provocaron otro alzamiento armado llamado de los Religioneros (1873-1876) cuando el campesinado católico se armó y luchó contra el gobierno ateo de Tejada.
Durante el Gobierno del general Álvaro Obregón (1920-1924) las relaciones entre el Estado y la Iglesia fueron aún más tensas, sin poder llegar a un acuerdo conciliador. Los choques entre los miembros del CROM organización sindical de inspiración marxista-leninista y los de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) se convirtieron en noticia cotidiana. Aunque también hay que destacar que aquellos años fueron convulsos no tan sólo por el enfrentamiento militar y la guerra civil que sacudió el país durante años sino por el sinfín de asesinatos que pusieron fin a la vida de sus presidentes; el presidente Madero fue asesinado en 1913, Zapata es asesinado en 1919, el presidente Carranza en 1920, Villa en 1923, y el general Obregón, más tarde presidente, también sucumbirá ante las balas asesinado en 1928. Las revueltas campesinas, los golpes de Estado y el crimen se convierten en la norma política.
EL CONFLICTO ENTRE EL ESTADO Y LA IGLESIA
Desde los inicios del Cristianismo en México siempre ha habido problemas entre la Iglesia y el Estado, problemas que iban desde represalias como las hubo en la Nueva España (nombre antiguo de la República Mexicana) hasta grandes rebeliones y muertes como en la cristiada. El capítulo más virulento de este enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado duró tres años, desde 1926 hasta 1929, con el movimiento armado de los Cristeros.
La Cristiada empezó cuando por decreto nacional, el presidente de aquel entonces Plutarco Elías Calles hizo valer los artículos de la Constitución Mexicana, que eran el 3º, el 5º, 24º, 27º y 130º, que atentaban contra las libertades y derechos de enseñanza, asociación y propiedad de los derechos religiosos. En el período en que gobernó México Elías Calles, tuvo que luchar, a su entender contra tres enemigos; los latifundistas nacionales, los inversionistas extranjeros y la Iglesia. La rebelión no se hizo esperar. Se trata de la epopeya trágica de los cristeros, que, como sus hermanos de la Vendée, la región de Francia, que continuó luchando por su identidad católica y monárquica, durante la Revolución Francesa en 1789. Estas revueltas contrarrevolucionarias, son un mero ejemplo de la lucha por la Fe. Tanto los vandeanos franceses, como los carlistas españoles, los miguelistas portugueses, o los propios cristeros que son la más ferviente demostración de la existencia de un verdadero pueblo contrarrevolucionario. Los cristeros mexicanos exceptuando la participación de los Requetés en la Guerra Civil Española (1936-1939), pueden considerarse en pleno siglo XX, los últimos grandes cruzados de la Cristiandad. Aquellos hombres lucharon formando bajo la Bandera del Sagrado Corazón de Jesús: 200.000 hombres armados, apoyados por las llamadas “Brigadas Bonitas” (mujeres que tomaban a su cargo la sanidad, la intendencia y las comunicaciones). En 1925 el Gobierno revolucionario de México, ante la imposibilidad de someter a la Iglesia a su voluntad, decide crear la Iglesia Nacional Mexicana, separada de Roma, en la que el poder político pueda elegir a los obispos. Se la denomina Iglesia Católica Apostólica Mexicana. Y la cabeza visible de esta iglesia herética es el cismático Joaquín Pérez, que se hace llamar Papa de la Iglesia Nacional Mexicana. La unión popular juega un papel fundamental en el oeste mexicano, en la organización de la rebelión cristera. Los enfrentamientos entre el sindicalismo revolucionario y el sindicalismo católico son frecuentes y causaran muchas víctimas. En 1925 se crea la Liga Nacional de Defensa Religiosa, cuyo principal fin es la lucha política. En 1926 Calles intensifica su política anticlerical cerrando 129 colegios y clausurando 30 iglesias. Anunciando que continuará intensificando su política antirreligiosa. Expulsado a los sacerdotes católicos extranjeros y abriendo las puertas a los metodistas norteamericanos. También acabará expulsando a los delegados apostólicos de la Santa Sede. Ese mismo año, Calles, decreta la suspensión del Culto Católico para el 31 de julio del mismo año. Entre julio y agosto del año 1926 comienzan los primeros levantamientos cristeros. Estos levantamientos se traducen en grupos de 50, 60, 100, 300, 500 hombres, con pocas armas, pero todos ellos dispuestos a morir por su fe. En 1927 llegan a ser más de 20.000 los cristeros en armas, dominando Estados enteros de México.
El ejército federal esta compuesto en 1927 por unos 80.000 hombres, sin contar las milicias agraristas que son armadas para combatir a los cristeros y que en su mejor momento cuentan con 20.000 hombres. Además el gobierno cuenta con 8.000 hombres de tropa de los Estados y unos 6.000 policías rurales. El Estado Revolucionario cuenta con unos 115.000 efectivos para combatir a las Cristiada, además de un presupuesto importante del Estado que le dedica sus mejores partidas; cuenta con fábricas de armamento, con 14.000 oficiales, asesores norteamericanos, artillería y aviación, la fuerza aérea mexicana participará en la operación con más de 60 aeronaves. Por su contra, los cristeros movilizan a más de 200.000 efectivos..mal armados al principio, sin artillería, ni aviación, ni con suficientes municiones..pero con un aliado mucho más fuerte, su fe en Dios. La infantería federal fue ineficaz y sólo sirvió para defender las guarniciones o para proteger las líneas férreas. En cuanto a la caballería federal, fue ampliamente inferior a la cristera, que se caracterizaba por sus hábiles jinetes y conocedores del terreno. Los federales utilizan la técnica de las “concentraciones”, llevada a cabo por Weyler en Cuba. Es una táctica tan sencilla como cruel. Como característica a señalar en esta guerra, decir que el ejército federal no hace prisioneros: interroga y después fusila, degüella o ahorca a los cristeros. La guerra cristera se presenta como una guerra de desgaste donde ninguno de los bandos contendientes parece capaz de someter al otro. Un agregado militar norteamericano señala la ausencia de un jefe supremo entre los cristeros como factor de su posible derrota. La persona escogida es el general Enrique Gorostieta, un antiguo héroe militar mexicano. Los cristeros se especializan en los sabotajes y asaltos a trenes, de tal forma que el ejército federal se queda prácticamente bloqueado. Las deserciones en el ejército federal empiezan a ser muy frecuentes y preocupantes, llegando a la cifra de 30.000 en 1928. La guerra se desarrolló entre 1926-1929 y el gobierno tuvo que aceptar un compromiso debido al tremendo apoyo popular que levantaron los cristeros a su paso. El avance se vio frenado por la orden llegada de la Santa Sede de deponer inmediatamente las armas, y que, a pesar de los éxitos fue inmediatamente obedecido por las tropas cristeras. Hubo muchos fusilados que morían al grito de “¡¡Viva Cristo y Nuestra Señora de Guadalupe!!” Entre ellos estaba el padre Miguel Agustín Pro, beatificado por Juan Pablo II en 1988. El 22 de noviembre de 1992, en la solemnidad de Cristo Rey, Juan Pablo II beatifica a 22 sacerdotes mexicanos y a tres jóvenes laicos de la Acción Católica, martirizados durante la Guerra Cristera.
Los combatientes católicos son conocidos despectivamente durante la guerra cristera por sus enemigos como los Cristos Reyes o los Cristeros; ya que su signo es un crucifijo en el pecho, su bandera la mexicana con la Virgen de Guadalupe y sus gritos de guerra: ¡¡Viva Cristo Rey!! y ¡¡Viva la Virgen de Guadalupe!! Por ello, no se puede entender la historia de México, sin la labor evangelizadora de los españoles. Como el vasco Juan de Zumárraga, obispo de México en 1531. Pero para entender la situación convulsa que llevó al enfrentamiento eclesiástico en México, lo debemos a la mala política de los Borbones. Con los Austrias, sus gobernantes sabían respetar a la Iglesia. No así, los Borbones que entienden la modernidad como el sometimiento de la Iglesia al poder político. La persecución del Rey Carlos III y sus ministros masones contra los Jesuitas llega a Nueva España donde 500 padres de la Compañía de Jesús son expulsados. Ya en 1767 el pueblo mexicano se arma y se amotina contra la expulsión. Con esta no será ni la primera ni la última revuelta armada de los católicos mexicanos por defender su tradicionalismo religioso.
La paradoja es que, el único país moderno que mantiene una constitución atea en vigor es México. Que además es el país que acoge con más júbilo la llegada y visitas del Papa, y el que sostiene el santuario más visitado del mundo: Guadalupe.
Los polémicos “arreglos” que significaron el fin de la primera guerra cristera ponen de relieve la heroicidad de los cristeros y su importancia a la hora de someter a la Revolución atea. En primer lugar los cristeros no se alzan obedeciendo órdenes de sus obispos, más bien se levantan en armas contra su consejo. La cristiada no es fruto de una conspiración de unas elites, sino del entusiasmo de un pueblo. La situación de la guerra es tan favorable a los cristeros que bien se puede calificar 1929 como su momento de máximo apogeo. Los arreglos fueron considerados por la masonería como un triunfo sobre la iglesia católica. Respecto al apoyo de los cristeros, cabe decir que sólo dos obispos se “echan al monte”, viviendo en clandestinidad, para poder administrar sus diócesis en medio de la guerra: Mons. Amadeo Velasco, Obispo de Colima y Mons. Orozco y Jiménez, Arzobispo de Guadalajara. Y en cuanto a los sacerdotes: unos 3.500 acataron las leyes y abandonaron sus parroquias. Se calcula que un centenar de sacerdotes se manifestaron hostiles a los cristeros. Estos sacerdotes eran miembros de la Iglesia Nacional Católica de México, una iglesia herética separada de Roma. Durante el conflicto son ejecutados 160 sacerdotes: 69 de la Archidiócesis de Guadalajara, 38 en Jalisco, 8 en Zacatecas, 28 en Granajuato, Diócesis de León, y 17 en la Diócesis de Colima. Jean Meyer, en su estudio sobre los cristeros, contabiliza una relación de unos 250 mártires que reúnen las características propias del martirio que exige la Iglesia Católica: espíritu de sacrificio martirial, amor a Cristo y a la fe, y morir asesinados por ser católicos o por simple odio a la fe y acoger la muerte perdonando a los verdugos.
En 1927 los principales jefes militares que combatieron a los cristeros fueron los generales Eulogio Ortiz, Anacleto López y Gonzalo Escobar, designándose a este último como jefe de la campaña. Y los héroes de la Cristiada, los campesinos armados que fueron dirigidos por hombres como los generales Fermín Gutiérrez, Enrique Gorostieta o Luis Ibarra; el coronel José Bejarano, o Anatolio Partida. Los capitanes; Sebastián Bañuelos, Miguel Anguiano, Sebastián Arroyo, Cisneros y Arreola entre otros. La revuelta que duró tres años, fue llevada a cabo por el movimiento campesino autónomo más importante de América Latina durante el siglo XX. El levantamiento supuso la reacción de una sociedad campesina, tradicional y católica contra el autoritarismo del Estado nacido de la Revolución de 1917. Además un evento de la historia de considerable importancia y que no es tratado en ningún libro de texto. Hay que tener en cuenta que los grandes movimientos contrarrevolucionarios de la historia moderna, y el de los cristeros en particular es un movimiento popular, que se alzó para defender un modo de vida contra una reforma anticatólica que pretendía borrar al Cristianismo de América Latina. Los Cristeros se alzaron como los antiguos Cruzados de la Edad Media para defender lo más sagrado de su existencia, la Fe en Dios. Y como tal deben ser recordados como héroes, y tratados como soldados. Porque como manda la Ordenanza del Requeté, los soldados de la Tradición, habrán de tener su puesto en el Reino de Dios. Los Cristeros al igual que los Requetés lucharon por la misma causa, su Fe en la Tradición. Y en consecuencia, no debemos olvidarnos de sus históricas hazañas y lamentablemente de las persecuciones, torturas y asesinatos a los que fueron sometidos los Cristeros por creer en Dios. Si hoy podemos hablar de existencia del cristianismo en México es gracias a los cristeros, que supieron ser fieles a Dios y a la Iglesia en todo momento y hasta las últimas consecuencias.



David Odalric de Caixal i Mata

D. DAVID ODALRIC DE CAIXAL I MATA
Historiador colaborador del Instituto de Historia y Cultura Militar del Ejército.
Historiador colaborador Foundation Ecole Militaire de Saint-Cyr.
Historiador colaborador US Army Military History Institute.
Historiador colaborador The Strategic Studies Institute of the Army War College.
Historiador colaborador del Aula de Cultura de Defensa.
Historiador Colaborador del Museo Nacional Militar del Dia-D (Universidad de Nueva Orleans-EEUU).
Miembro de la Real Hermandad de Veteranos de las Fuerzas Armadas y Guardia Civil.




domingo, 17 de julio de 2011

Así eran las mujeres cristeras


“Es una de esas callecitas pintorescas de Tlalpan, con sus largas tapias rebosantes de flores, con las ventanas llenas de macetas, con su sol vivificante poniendo sobre la dulce calma pueblerina una lluvia de oro en polvo.
Si en uno de esos bellos amaneceres en Tlalpan, algo hubiese atisbado a lo largo de esa callecita humilde, habría visto con mucha frecuencia a una señora de noble aspecto que salía con  firme paso de una modestisísima casa, tomaba calles arriba hacia las afueras de la población, y se internaba incansable y veloz, como una aparición misteriosa, en las estribaciones del Ajusco, el áspero volcán que limita el valle de México. Era la madre de Manuel Bonilla.
Intrépida señora que, como la madre de los Macabeos deseaba ver regresar a su hijo “con el escudo o sobre el escudo”. Se hallaba ya entonces el joven mártir luchando en las montañas para defender la libertad religiosa de su pueblo, y la admirable señora le buscaba a través de todos los vericuetos de la selva, entre los rudos peñascos y las escarpadas cimas, hasta dar con él.
¿Cual era el objeto de esas frecuentes visitas? Este, que parece increíble: llevar elementos de guerra, de combate a ese grupo bizarro que operaba en las montañas.
Cayó el intrépido muchacho. La infortunada madre quedó hundida en el más espantoso dolor: fue hasta el sitio donde Manuel había sido fusilado, desenterró su cadáver, le condujo a Tlalpan en la más dolorosa peregrinación que pueda imaginarse. Pero aquella heroína era demasiado grande para dejarse llevar por el abatimiento.
Una semana después, quien atisbase por las calles humildes del pueblo, hubiera reconocido sin duda alguna a la admirable señora saliendo muy de mañana, incansable y ágil como una hada, caminando con paso firme rumbo al Ajusco. Sus amistades trataron de disuadirla muchas veces. Pero ella nunca aceptó recomendaciones prudentes, a pesar de que la amargura inundaba su corazón de madre por la muerte de su hijo.
Se remontaba hasta lo más alto de los cerros, buscaba entre los bosques cerrados de aquella feraz región… ¿que iba a hacer esta heroína a aquellos peligrosos lugares?
Iba a llevar algo a los compañeros de Manuel Bonilla que aún quedaban allí, como los majestuosos cóndores que se repliegan en su nido, tremolando el pendón sagrado de la libertad religiosa. 
Así eran las mujeres cristeras”

sábado, 9 de abril de 2011

"Hoy votaremos con vidas" Beato Anacleto González Flores

“Es necesario saber y querer escribir con sangre y dejar que sobre la propia carne, magullada, sangrante, quede el propio pensamiento fijado para siempre con las torceduras del potro, con la zarpa de los leones o con la punta de la espada de los verdugos. Y por lo que se escribe con sangre, según la frase de Nietszche, queda escrito para siempre, el voto de los mártires no perece jamás… Cuando al ver herido de muerte a Enrique III de Francia todos volvieron sus ojos para buscar al asesino, se encontró a un hombre que paseaba tranquilamente con la cabeza descubierta y muy cerca un sombrero que estaban escritas las palabras : “YO HE SIDO”. La mano que acababa de matar al rey, allí estaba; a la vista de todos, clara, inconfundible. Una cosa parecida sucede con el voto del mártir. Al acabar de teñir con su sangre la mano de los verdugos ha dejado una señal inconfundible de su pensamiento. Y por encima de todos los olvidos queda escrita su afirmación suprema: YO HE SIDO. En la democracia y en los comicios, donde se vota todos los días con papeles y números, cabrá la tergiversación. El fraude y el soborno y la mentira podrán conjurarse para engañar y arrojar cómputos falsos y para encumbrar nulidades salidas de los estercoleros. Y la democracia vendrá a ser lo que es, lo que ha sido entre nosotros: un infame escamoteo de números y de violencia donde se carga de escupitajos y de ignominia al pueblo. No sucede esto con la democracia de los mártires… Hoy no votaremos con hojas de papel marcadas con el sello de una oficina municipal; hoy votaremos con vidas. Debemos regocijarnos de que la revolución se empeñe en llegar hasta el estrangulamiento de la vida de las conciencias. Así se echa a su pesar en la corriente de una democracia en que los juegos de escamoteo y de prestidigitación electoral quedarán excluidos inevitablemente . Hoy votaremos con vidas y con la vida. Con vidas, porque aunque no habrá millones de mártires, pocos o muchos, los habrá. Sobre todo, votaremos con la vida, porque los rechazos pujantes, arrasadores, del estrangulamiento de las conciencias, llevarán la corriente entera, total de la vida a una quiebra estrepitosa y a una parálisis extrema, brusca e inesperada… No habrá ni ha habido otro remedio. La democracia ha tenido y tiene que echar sobre sus hombros la clámide ensangrentada de los mártires. Solamente así, teñida de sangre, llegará a ser siquiera un día, el día del martirio, el día del estrangulamiento, la heroína salvaje bautizada por Cristo, que Ventura Ráulica saludaba con un apóstrofe radiante”.
Anacleto González Flores

jueves, 31 de marzo de 2011

EL APOSTOLADO Por el Beato Anacleto González Flores



Todas las doctrinas para triunfar y llegar a señorear los espíritus y las sociedades, necesitan de los esfuerzos y de los sacrificios del apóstol; es esta una ley que se puede demostrar principalmente con la Historia, que no es otra cosa que la experiencia de la humanidad. 


Cuando N. S. Jesucristo quiso conquistar el mundo y conseguir que su pensamiento eminentemente civilizador penetrara a todas las conciencias, puso grande empeño en formar de un modo especial hombres que por su abnegación, desinterés y amor al sacrificio se resolvieran a emprender la realización de una obra que como la de Jesús era al parecer una gran locura. Esos hombres recibieron el nombre de apóstoles, no fueron más que unos cuantos y a pesar de esto llevaron a feliz término una empresa que ha merecido la admiración de los hombres y de los siglos.


Y todo sistema que ha logrado apoderarse poco o mucho tiempo de la humanidad no lo ha podido conseguir más que por medio del apóstol. El apóstol es un hombre que profundamente apasionado de una idea hace de ella el pensamiento único de su vida, el objeto de su amor, el ideal supremo de su existencia; y por más que se le vitupere y se le ridiculice, él es, ha sido y seguirá siendo el árbitro de los destinos de los pueblos, por que con su acción constante, perpetua, incansable, conquistará las inteligencias, subyugará los corazones, será dueño de las voluntades y la humanidad le pertenecerá inevitablemente: de aquí es que en todos los grandes movimientos han agitado a los pueblos y han llevado por nuevos senderos a las generaciones, encontramos siempre el influjo, la palabra, la acción de un hombre que ha querido ser el apóstol de alguna idea que ha llegado a su realización con el sacrificio y el amor ardiente del que ha enseñado y defendido con ahínco y tesón inquebrantable. El apóstol y su acción poderosamente irresistible son indispensables sobre todo cuando se ha iniciado la decadencia de los pueblos a causa de la corrupción honda de las costumbres y de la desorientación de los espíritus extraviados con los falsos sistemas, pues entonces, perdida la estimación grande y fuerte que se les debe profesar a la verdad y a la justicia, solamente una palabra desbordante de entusiasmo y acompañada de una vida que sea la cristalización de la idea que se defiende y enseña, pueden levantar de las profundidades del abismo del mal y del error, a los espíritus caídos y llevarlos a las cumbres en que fulguran esplendorosamente la verdad, la justicia y la libertas. Si las generaciones de nuestros días se ha de salvar de naufragio en que están perdiendo y precipitando los pueblos, solamente se conseguirá con la abnegación, con el ejemplo y si se quiere con el martirio del apóstol.


Entre nosotros faltan apóstoles y aun cuando existen algunos, son bien pocos si se tiene en cuenta que el torrente del mal y del error se desborda por todas partes, y es preciso por lo mismo que cada hombre que lleve el corazón bien puesto y ame con fuerza y con ardor la causa de la civilización y consiguientemente de la humanidad, le haga frente y se oponga, a la corriente de materialismo que nos ha invadido y que está próxima a reducir a escombros el andamiaje que sirve de sostén y de punto de apoyo a las construcciones magníficas de que tanto se enorgullece el espíritu humano.
Nuestra salvación está en el apostolado y por esto hay que ejercerlo en todas sus formas y en todas sus manifestaciones: con la prensa, con la conversación, con las conferencias, con la caridad, que es el gran poder de conquistar, en fin, por otros muchos medios que la experiencia nos recelará cuando todo corazón y sólo por la gloria de Dios y la salvación del genero humano, nos entreguemos a procurar con todas nuestras energías el triunfo de la verdad y del bien.
El apóstol puede existir en todas las clases sociales: entre los obreros, entre los individuos de la clase media, entre aristócratas; en fin, en todos los distintos elementos que forman la sociedad.
Al apóstol le ha cabido y le cabrá en todo tiempo la gloria y la satisfacción inmensa de llevar a las generaciones por los senderos que a través del gran desierto de la vida van a parar a las regiones luminosas del progreso y de la prosperidad de los pueblos. Seamos apóstoles, consagrémonos a la realización de una idea noble y levantada, y así cuando la muerte hiele la sangre de nuestras venas, nos reclinaremos tranquilamente sobre el polvo del camino envuelto en las bendiciones de Dios y de los hombres.


Revista La Palabra Nº. 19, pág. 1

sábado, 27 de noviembre de 2010

EL CIERRE DE CULTOS

El cierre de cultos: Julio 31, 1926
J. Jesús Negrete Naranjo
Ecos de la Costa


“Al que has de tratar mal con hechos,
no trates mal con palabras”.
El Quijote.


I
Cayó en los corazones, como un rayo seco en mayo.
Ni la Iglesia ni el gobierno mexicano habían considerado, y rechazaban la posibilidad de una reacción popular ante el cierre de cultos.
Plutarco Elías Calles le propuso a Silvano Barba González el gobierno de Jalisco, para resolver una crisis política local. Silvano rechazó al punto el ofrecimiento: “Señor presidente, todas las circunstancias están en mi contra; usted no quiere creer que los católicos de Jalisco se van a levantar en armas. El General Joaquín Amaro, Ministro de la Defensa Nacional, tampoco me lo quiere creer, y el General Jesús Ma. Ferreira es de la opinión de ustedes”.
Esto ocurría en Julio de 1926.


II
Zuno, gobernador de Jalisco, daba nuevo impulso a la persecución religiosa; en los meses de junio y julio apretó: “En nombre de los principios filosóficos de la Revolución atacó, lleno de sevicias, a los obreros católicos de Jalisco”, según denuncia ante el presidente de la República; el 27 y el 28 de julio atacaron algunas iglesias de Guadalajara las fuerzas municipales de Guadalajara, hubo 600 heridos y numerosas detenciones; los seminarios fueron desalojados y cerrados a punta de bayoneta. Este hecho provocó gran manifestación; Zuno arengó a la multitud.
El joven Manuel Ontiveros, émulo de Anacleto, contestó: La Revolución, manchada con sangre de hermanos, ha sido y sigue siendo una farsa trágica... y en estos momentos, señor gobernador, os mofáis del pueblo, ofreciendo con largueza en público lo que habéis negado con dureza en privado”.
Aquello era un plebiscito, la multitud impidió contestar a Zuno.
Los enemigos políticos de Zuno, consiguieron procesarlo por sus actos de gobierno. Fue desaforado el 12 de febrero de 1926 (Diario de la Cámara de Senadores):
“Zuno ha causado graves males a la Revolución, pervertido los ideales, y hecho perder las bases populares y obreras en Jalisco”.


III
Por parte del gobierno exigiendo acatamiento que se echaba a andar por la violencia, se empleaba la brutalidad sin talento político, se subestimaron campañas educativas y de convencimiento; se hizo el incendio, se sobreestimaba la demagogia Callista; e inició la lucha: injusta, bárbara y estéril.
La conducta de los sacerdotes y del pueblo o de los fieles, desconcertó inmensamente por sorpresiva a Roma y al gobierno.
El pueblo y los sacerdotes tenían fe; el alto clero, el gobierno, opiniones; los mártires, los santos y los héroes florecen en medio de los ideales, bañados por la fe.
El conflicto quedó claramente sedimentado en la conciencia de los fieles, transformándose en auténtica actitud de ¡pueblo cristiano!


IV
“Pues ya lo saben ustedes: no les queda más remedio que las cámaras o las armas”. (Calles a los obispos, 21 de agosto de 1926).
En las cámaras la votación fue: 160 en contra y negando totalmente la petición de los obispos.
Las cámaras se negaron a escuchar y atender. Las armas empezaron a hablar.
El pueblo necesitaba guías y modos de organizarse. La conciencia de la asamblea popular, tiene sus ideales, sus planes, sus actitudes, sus métodos. En tres años de guerra esto se hizo claro y meridiano.

lunes, 5 de julio de 2010

Sacerdote Enrique Tomás Lozano

Aunque el Diccionario de uso del español (María Moliner) nos aclara que caudillo es el jefe que dirige y manda gente particularmente en la guerra, en sentido figurado podemos afirmar que el sacerdote Enrique Tomás Lozano, párroco del templo del Santo Niño de Atocha de Nuevo Laredo (1932-1957), clérigo de ideas avanzadas que se anticipó al aggiornamento del Concilio Vaticano Segundo, ejerció un caudillaje religioso en la ciudad, desde 1928 y desde Laredo, Texas, donde vivía un destierro voluntario, formaba parte muy activa de la Liga Católica Mexicana (a favor del movimiento cristero) que él mismo define sus metas: "Propagar la verdadera situación de México para contrarrestar la propaganda calumniosa del medio oficial"... Expliquémoslo y evoquémoslo, precisamente hoy, 20 de junio, en que se conmemoran 53 años de su muerte; porque aún viven muchos neolaredenses que lloran la orfandad del padre, del maestro, del sacerdote abierto a todas las ideas, del caudillo religioso que entendió el símbolo del guadalupanismo como lazo de unidad entre los mexicanos; del extranjero que conservó su nacionalidad española, pero que obraba y sentía como un mexicano más entre mexicanos.


a) En una carta fechada en Laredo, Texas, el 6 de febrero de 1928 que dirige a su compatriota, el sacerdote jesuita Adolfo Pulido, a Barcelona, le hace un prolijo recuento de su labor en la que le advierte que aunque "en los Estados Unidos no puede funcionar la Liga (de la Defensa religiosa de México), le alteramos un poco el nombre -Liga Católica Mexicana- y aquí tiene a la nuestra trabajando muy bonito".

b) En la misma correspondencia relata cómo estuvo antes "por espacio de siete años en Monterrey, como profesor del Seminario, prosecretario del Arzobispado, etcétera, y dedicado con especialidad a todos los trabajos de acción social (...) Quiero a los mexicanos con toda mi alma porque me quisieron, y no como extranjero, ni como español, sino como un mexicano y fueron mis brazos para todas mis obras y fui mimado y consentido por todas las clases sociales, desde los Caballeros de Colón, de los que fui capellán, hasta los presos de la Penitenciaría en donde decía misa cada domingo y asistía todos los días a una escuela que tenía para ellos, tenía su caja de ahorros, etcétera".

c) Enrique Tomás Lozano continúa su relato: "Llegaron los días aciagos de 1926 y después de haber ayudado a la magna labor que precedió al cierre de los templos, fue consejo del Excelentísimo señor Arzobispo que me trasladé a este lugar, desde el cual podría ayudarle más, según él, y sin exponerme a ser expulsado por ser mi condición de extranjero".

d) "Ya en el destierro, pensé qué podía hacer por México afligido por tantas calamidades; bien pronto el Espíritu Santo me inspiró un plan de acción que fue este: Establecer una Agrupación que ayudara a la Liga de México, y que pudiera funcionar dentro de este país entre los mexicanos católicos, debiendo además ayudar a los desterrados desde el momento que llegaran a este lugar, hasta que pudieran conseguir trabajo o establecerse de algún modo. Solicitar del venerable Episcopado español becas gratuitas en seminarios españoles para seminaristas mexicanos. Solicitar de colegios católicos en este país becas para estudiantes de universidades que por ser católicos o por haber trabajado en la Liga en México, habían sido expulsados de la Patria".

e) En este año del centenario de la Revolución, nos ha parecido oportuno divulgar a través de esta interesante misiva, la "revolución" encabezada por él y la personalidad de este sacerdote que después estuvo durante un cuarto del siglo XX entre nosotros, como pastor y guía espiritual, hasta su muerte el 20 de junio de 1957... ¿Por qué en esta nota lo identificamos como un caudillo?, porque lo fue: un caudillo religioso del movimiento cristero... Escuchemos lo que en la carta, él mismo confiesa a su compatriota: "La Liga (de la Defensa religiosa) ha confirmado su trabajo y constante defensa, contra viento y marea y a pesar de todas las tempestades del infierno conspiradas en su contra. Hoy, son más de 26 mil los libertadores que se están defendiendo (en México) como los buenos cruzados (...) Digan lo que digan los tiranuelos perseguidores, es una constante y milagrosa conservación de los héroes de Cristo Rey".

f) "Si le contara más detalles, no acabaría este largo y quizá insulso y mal urdido escrito; bástele un último para formarse idea: digo último porque aquí está (conmigo) quien fue testigo: En los días de Navidad, una persona caritativa, mandó 800 pesos a un grupo de libertadores, dice que para dulces. Al recibirlos los valientes contestaron que iban hasta descalzos, pero no querían dulces ni guaraches, sino parque, que comprarán parque con aquello. El donante les dijo que gastaran aquello y que ya iba a buscar para guaraches; nuevamente le contestaron que con aquello les compraran parque y cuando consiguieran para guaraches, compraran también parque aunque fueran ya siempre descalzos. ¿Perderán estos hombres?... Imposible".

g) Una vez arreglado el conflicto religioso entre el presidente Portes Gil y los obispos, que deja a los "libertadores" cristeros al garete..., Enrique Tomás Lozano cruza el río y toma al fin posesión de su parroquia en Nuevo Laredo... ¿Qué nos quedó como herencia espiritual de este sacerdote, después de 53 años de su partida? Lo más sorprendente es que este cristiano varón formado para la acción social, es que llega a una pequeña ciudad de menos de 25 mil habitantes y se encuentra con un indiferentismo religioso, paradójicamente asociado a ideas pacatas, mojigatas, por excesivos escrúpulos de una sociedad conservadora, en muchos aspectos hasta reaccionaria en política. El padre Lozano les da a aquella sociedad conservadora una lección de liberalidad, de apertura: predica con el ejemplo y se acerca a todas las clases, y grupos sociales, no importándole origen, ni condición, ni sus ideas y creencias... Convive igual con liberales y conservadores, con católicos y protestantes, con masones y con Caballeros de Colón, con prostitutas y con señoras de la Asociación de la Vela Perpetua... Sus armas como caudillo fueron los principios de la Acción Católica: que cada quien en su medio llevara el mensaje de Cristo, amar al prójimo; principios de un cura de almas social, en los que él se había formado como sacerdote.

Nos complace repetir ahora en esta evocación, lo que José María de Sagarra, el dramaturgo español dijo a través de uno de los protagonistas de su pieza teatral: La herida luminosa (1955): "El Evangelio no es más que una gran comprensión"... Ese fue el mensaje y el legado que Enrique Tomás Lozano dejó a Nuevo Laredo: una gran comprensión.





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